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Tribuna:

Tanatos

El acuerdo alcanzado entre las direcciones de la Federación Madrileña del PSOE (FSM) y el Partido Democrático de la Nueva Izquierda (PDNI) para presentar candidaduras conjuntas en las elecciones municipales y autonómicas de junio de 1999 ha reabierto la caja de los truenos socialistas, bastante mal cerrada en el 34º Congreso. El PSOE nunca ha tenido en Madrid una existencia pacífica. Cuatro destacados dirigentes socialistas de la transición se hallan actualmente fuera de sus filas: mientras Luis Gómez Llorente y Francisco Bustelo se han apartado de la vida política, Pablo Castellano y Alonso Puerta militan en el Partido de Acción Socialista (Pasoc), integrado subalternamente en Izquierda Unida. La división aflorada de 1990 entre los renovadores del llamado clan de Chamartín y los guerristas liderados por José Acosta ha conocido nuevos reagrupamientos, pero continúa siendo operativa, sin que ninguno de los bandos haya conseguido una clara mayoría estable; Izquierda Socialista y la plataforma municipalista del Sur de la región tienen en sus manos la capacidad para inclinar la balanza en la FSM. La victoria en las primarias de Borrell, abandonado por algunos de sus antiguos compañeros del clan de Chamartín (como Leguina y Pérez Rubalcaba), le ha convertido en el líder de un sector de la militancia madrileña pequeño pero dinámico.El acuerdo alcanzado por arriba para presentar a Cristina Almeida (presidenta y diputada del PDNI) como candidata a la presidencia de la Comunidad Autónoma y a Joaquín Leguina (diputado del PSOE y presidente autonómico entre 1983 y 1995) como candidato a la alcaldía de Madrid ha complicado todavía más la situación y encrespado los ánimos. Ese pacto, negociado en secreto por los aparatos de los dos partidos, suprime -o cuando menos condiciona- el derecho recién otorgado a los socialistas madrileños para elegir directamente a sus candidatos regionales y municipales. Es cierto que la militancia de Almeida en el PDNI le exime del requisito de ser votada por los afiliados al PSOE para convertirse en candidata; sin embargo, también es verdad que el Reglamento de Primarias aprobado el pasado 21 de marzo, "de obligado cumplimiento en todos los ámbitos orgánicos" del PSOE y amparado por el artículo 75 de sus Estatutos, no menciona ese supuesto excepcional. ¿Es razonable que Almeida no reciba el visto bueno de los militantes socialistas, muchísimo más numerosos que los afiliados al PDNI? ¿Y qué repercusiones tendría sobre el acuerdo interpartidista la eventual derrota de Leguina en las primarias municipales?

Tras su victoria de 1987 en las elecciones municipales y autonómicas, los socialistas madrileños no han hecho más que retroceder en las urnas: sólo una oferta de caras nuevas y programas movilizadores les permitiría volver a ganar los comicios locales y regionales en 1999. Como candidato para alcalde, Barranco quedó en 1991 a 13 puntos porcentuales y 191.000 votos del PP; y a 25 puntos y 449.000 votos en 1995. Como candidato para presidente autonómico, Joaquín Leguina quedó en 1991 a 6 puntos porcentuales y 136.000 votos; y a 21 puntos y 626.000 votos en 1995. Pero la profesionalización de la política produce a veces el aberrante fenómeno de que el candidato no pretenda tanto ganar las elecciones como obtener simplemente los votos suficientes para ser un resignado jefe de la oposición. Tras la inquietante experiencia de las primarias a escala nacional, algunos dirigentes del PSOE podrían sentir la tentación de confiar las candidaturas para alcaldes y presidentes regionales a militantes disciplinados que les garantizasen sobre todo el control interno de la organización: aunque tuvieran menos posibilidades de ganar en las urnas que otros aspirantes con mayor personalidad pero más independientes e imprevisibles.

Ante la espiral de decisiones precipitadas, reacciones oportunistas, ambiciones personales, respuestas rígidas y luchas intestinas desatada en la FSM cuando todavía queda un año largo para las elecciones municipales y autonómicas, cabría aventurar que la pulsión de muerte, residenciada en el ámbito biológico por el entristecido Sigmund Freud de Más allá del principio del placer, opera también dentro de los partidos. Pero si Tanatos -hijo de la noche y hermano gemelo del sueño en la mitología griega- tuviese realmente carta de ciudadanía en las formaciones políticas, las tendencias autodestructivas en el PSOE terminarían por imponerse a los instintos de conservación y depararían al PP la soñada oportunidad de ocupar tranquilamente el poder durante largos años con una desahogada mayoría absoluta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 20 de mayo de 1998