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Tribuna:

El momento de la reforma

Cuenta Robert Dahl que a veces en política el nacimiento precede a la concepción. Esto es lo que acaba de pasar tras los resultados de las elecciones primarias del PSOE. Se ha dado a luz a un nuevo modelo de partido, sin que nadie con anterioridad se lo hubiera planteado. Pero que el alumbramiento no haya sido previamente concebido, ni iba a ahorrar los dolores del parto y, desde luego, no autoriza a desembarazarse de la criatura. De ahí que si, por un lado, son normales las tensiones entre un escenario imprevisto y un horizonte con incertidumbres, por otro, resultaría un despropósito la convocatoria de un congreso extraordinario con la pretensión, inconfesada por inconfesable, de volver al status quo anterior a las primarias. De momento parece que esto último se ha desechado; pero ahí queda el aviso, con su potencial de disuasión y amenaza.Ocurre que aquellos a quienes más incomodan unos resultados electorales y más desearían eludir sus consecuencias son normalmente los primeros en pedir que no se hagan interpretaciones, apelando, por supuesto, al respeto a la voluntad de los votantes. Por fortuna en esta ocasión hay poco con lo que especular. Los resultados de las primarias son tan tozudos que no cabe retorcerlos desacreditando a los exégetas o escogiéndolos a conveniencia. Los afiliados, convocados en las primarias para que refrendaran el criterio de los dirigentes, no se han dejado arrebatar su autonomía de juicio y conciencia, su capacidad de deliberación y decisión, y han expresado su deseo de jubilar un estilo de política y una práctica de partido. Con su entusiasmo y con su voto han querido poner fin a una ciudadanía de baja intensidad. Han desarbolado una delegación excesiva que subrogaba la mayoría de los recursos políticos en un líder y sus notables, en los barones territoriales y sus clientes. Además, este impulso de rectificación emprendido en la propia casa anticipa con su ejemplo lo que a la postre se terminará realizando en todas las demás.

Al igual que en Italia o en Francia, también aquí la desafección hacia los gobiernos de izquierda no significó un giro del electorado a la derecha, sino el hastío ante una forma de política que, atrapada en un triángulo perverso de burocracia, ausencia de responsabilidad y corrupción, devenía un negocio infamante. Por eso, cuando en esos países la mayoría de los seguidores ha gozado de la oportunidad de expresarse, su respuesta ha tenido un aire de revuelta contra los antiguos padrinos políticos. El desajuste entre las pretensiones de los dirigentes y la voluntad de los afiliados revelaba además el agotamiento de un modo de socialización política. Resulta, por lo tanto, estéril resistirse al desmantelamiento de un régimen de poder interno, que de un modo casi clónico se reproduce en los distintos colectivos y estratos políticos y que basa el mantenimiento de la unidad del grupo en los siguientes puntales: la fidelidad personal a cambio de recompensas particulares, la sustitución casi total de la militancia voluntaria por la remunerada, y la concentración de las decisiones en unas cúpulas con gran margen de maniobra.

Con la ayuda de una opinión pública al menos plural y, sobre todo, ejerciendo su autonomía personal, la mayoría de los afiliados del PSOE han expresado su firme convencimiento de que esa forma de partido produce ya más daños que beneficios. Así que, cuando por primera vez se les ha presentado la oportunidad de alzar la voz, han reaccionado activamente frente a una estructura partidaria impenetrable e incapaz de representar adecuadamente sus problemas. Han desautorizado la práctica de la política como coto vedado de unos activistas profesionalizados, tan obsesionados con mantener sus puestos a perpetuidad como poco sensibles a los compromisos contraídos con los votantes. Y puesto que nada desalienta tanto a un colectivo como la ostentación de la mentira, los afiliados han querido licenciar el cinismo excedente de quienes por norma practican lo contrario de lo que proclaman, hartos ya de que los argumentos valgan sólo como estrategia dilatoria, las palabras no comprometan a nada y las intenciones innovadoras terminen siempre arrumbadas en la estación del verbalismo.

Se dice que es más fácil desmontar lo viejo que acertar con lo que vendrá a reemplazarlo. No es éste el caso. En primer lugar, las primarias han logrado su objetivo: hacer que los procesos de decisión partidaria no sean un recurso privativo de una pequeña minoría, sino una oportunidad y un incentivo disponibles para la gran masa de afiliados y simpatizantes. En segundo lugar, para ello resulta imprescindible reintegrar al interior del partido dos principios reguladores: el de ciudadanía y el pluralismo. Según el primero, todo afiliado se percibe a sí mismo como ciudadano si por lo menos puede elegir individualmente a quienes le mandan y someterlos a la obligación de rendir cuentas. En razón del segundo, la organización tiene que desarollar el arte de acomodar las diferencias, armonizando la diversidad de voces que provienen tanto de una sociedad compleja y heterogénea como de individuos informados y con una autoestima desarrollada. De ese modo el pluralismo interno y el ejercicio de los derechos funcionarán como fuente de innovación y freno a la inercia autoreferencial de las luchas entre facciones.

Además de un objetivo y dos principios, en las primarias se ha habilitado, sobre todo, un procedimiento, el cual nada más arrancar ha producido resultados evidentes para la recuperación del PSOE y ha hecho emerger protagonistas nuevos y activistas inéditos. En ese sentido, casi todos los comentarios se han centrado en Borrell. Pero se ha obviado que su triunfo, aparte de a su genio, se debe a la eficacia de un conjunto de colaboradores anónimos, convencidos y desinteresados, sin pedigrí político y sin padrinos, una especie de voluntariado para la reforma de la política que ha inaugurado otro estilo y anuncia la hora de los políticos a tiempo parcial. Si este movimiento no queda en flor de un día, poco a poco irá reapareciendo la llamada «izquierda sumergida», ese conjunto de personas que abandonaron la política activa desmoralizadas tanto por los escándalos como por el ventajismo oportunista de muchos de sus incombustibles ocupantes. A la reacción de estos últimos dedicaré parte del comentario final.

Extraña competición la de la política, donde hay gente siempre dispuesta a administrar todas las victorias ajenas y ninguna derrota propia. Oficiantes del «viva quien vence» convierten hoy en bendición del cielo lo que ayer vaticinaban como catástrofe. Para ellos toda evaluación de resultados termina siendo autoconfirmatoria y cualquier horizonte de cambios en el que ellos no figuren les parece inconcebible. Así que blindan su remanente de poder asimilando cualquier situación nueva pro domo sua, y con una voluntad de permanencia inasequible al desaliento saltan de líder en líder, de sensibilidad en sensibilidad, con la esperanza de que sean otros y no ellos los llamados a ser relevados. Sin duda que por ese flanco asomarán riesgos sin cuento para el proceso que se acaba de inaugurar. Haría falta que no sólo Borrell estuviera sobre aviso, sino también Almunia. Éste, creo, no ha permanecido en su puesto para complacer a los del «no te vayas para salvarme yo». Sería ilógico. Almunia ha acrecentado su proyección desde el momento en que, ejerciendo su autonomía, convocó primarias, garantizó su limpieza y encajó dignamente la derrota. Hoy, y porque los resultados le comprometen tanto o más que a los demás, debe prestar su concurso al momento de la reforma que él mismo alumbró. Para eso lo más saludable sería que, desoyendo otros consejos, se ponga junto a Borrell a la cabeza de la manifestación y al frente de la marea reformadora.

Ramón Vargas-Machuca Ortega es profesor de Filosofía Política de la Universidad de Cádiz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 15 de mayo de 1998