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Tribuna:

Niños perdidos en la intemperie

IMANOL ZUBERO Eric Hobsbawn, uno de los más importantes estudiosos de la historia social de nuestro siglo, ha escrito que el principal efecto del derrumbe del mundo comunista a partir de 1989 es que el capitalismo y los ricos han dejado de tener miedo. No hay nada que les obligue a preocuparse por otra cosa que no sean sus propios intereses. El capitalismo de finales de siglo se ha convertido en un bestial turbocapitalismo, autonomizado de cualquier control político que atempere su voracidad. En este contexto, vuelven a generalizarse prácticas económicas que creíamos definitivamente superadas por la evolución histórica. En todos los países se produce un fenómeno de refeudalización de las relaciones laborales caracterizado por el reforzamiento de la representación corporativa en las empresas y la dificultad de los sindicatos de clase para reclutar sus miembros entre unos empleados que perciben que su futuro laboral depende no tanto de las garantías colectivas negociadas por los sindicatos como de su comportamiento personal y su disposición a aceptar toda exigencia que, en nombre de la competitividad, le sea "propuesta". Paralelamente a la extensión de los sistemas de producción just in time, la producción por encargo y sin caros almacenes de existencias, crece el contingente de just in time workers, de trabajadores que, como nuevos jornaleros, sólo acuden a las empresas por los limitados periodos de tiempo en que sean necesarios para responder a las exigencias de la producción al menor coste: unos meses, unas semanas, unos días, unas horas incluso. Del total de contratos temporales firmados en España en 1995, el 25% tuvo una duración de un mes o menos, y sólo un 4% superaba los seis meses; en 1996, la situación fue aún peor, manteniéndose el mismo porcentaje para los contratos que superaban los seis meses y aumentando hasta el 31% los contratos de un mes o menos. A nivel mundial, un nuevo comercio de esclavos se desarrolla de la mano de la globalización. Indonesia y Malasia se han convertido en un apreciado mercado de fuerza de trabajo barata y sin derechos, generalmente femenina, explotada con el beneplácito de sus gobiernos por multinacioneles cuyos gestores se parecen más a vulgares proxenetas que a modernos capitanes de empresa. En su fábrica malaya de chips, Siemens mantiene a 600 trabajadoras indonesias que trabajan por salarios de miseria durante seis días a la semana y viven en un albergue de la empresa que durante la noche se cierra como una prisión. Para evitar su fuga antes de finalizar su contrato de tres años, el director general de la empresa llega a retirarles los pasaportes. A pesar de lo dispuesto por la Convención sobre los Derechos del Niño, se estima que en el mundo trabajan alrededor de 250 millones de niños, la mayoría de ellos en los países pobres del Sur: en América Latina trabaja uno de cada cinco niños; en África, uno de cada tres; en Asia, uno de cada dos. En la agricultura, en la minería, en la industria, en el trabajo doméstico (expuestos a todas las violencias, particularmente las sexuales), millones de niños y niñas sufren la peor de las privaciones: la privación de su infancia. Como denuncia el libro de Claire Brisset Un monde qui dévore ses enfants (París, 1997), vivimos en un mundo que devora a sus hijos por un asqueroso porcentaje. El próximo viernes 8 de mayo, la Marcha Mundial contra la Explotación Laboral de la Infancia llegará a Bilbao; el sábado estará en Vitoria. Como se indica en la convocatoria de la misma, esta realidad no cambiará si no mostramos cada uno y cada una nuestra voluntad de cambio. Galeano ha escrito que en todo el mundo somos muchos los que nos sentimos como un niño perdido en la intemperie cuando conocemos la barbarie provocada por el capitalismo. Nuestra presencia será una oportunidad para manifestar nuestra voluntad de cambio. Y nuestra fuerza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de mayo de 1998