El ordenador
El otro día me llamó un ordenador. Debo decir que fue de lo más amable, teniendo en cuenta que estaba devolviéndome una llamada en la que le proferí unos cuantos insultos. Yo había llamado para averiguar si el aparato de música que había dejado hacía unas semanas había sido reparado ya. El ordenador, que no me dio oportunidad de hablar con ningún ser humano, fue exasperantemente lento hasta que, por fin, me preguntó por el número de reparación que figuraba en una esquina de mi recibo. Resultó ser sordo, ya que a pesar de que le repitiera en voz viva varias veces dicho número, no hacía más que contestarme de lo más impertinentemente que hablara más fuerte o que no había leído mi número correctamente. Básicamente, me estaba diciendo que no sabía leer. Después de la enésima lectura de mi número, no me pude contener más y le dije de todo, ante lo que no pareció inmutarse. Finalmente, le colgué el teléfono y busqué en la guía telefónica un número de teléfono alternativo, pensando en la cantidad de gente que hay en la calle sin trabajo que ni es sorda ni impertinente ni exasperantemente lenta. Lo curioso es que en su llamada el ordenador me comunicó que mi aparato de música había sido reparado sin ningún tipo de cargo. Me pregunto si será como compensación a las molestias causadas o porque realmente el aparato no tenía nada. De cualquier forma, cuando esta tarde pase a recogerlo, difícilmente podré ocultar mi vergüenza ante la severa mirada de todos los ordenadores presentes y me preguntaré si estarán cuchicheando entre ellos si ese que entra tan disimuladamente es el energúmeno que el otro día por teléfono faltó al respeto a uno de sus colegas.- . .


























































