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Tribuna:

Podatala: un clamor

La protesta no cesa, crece, va convirtiéndose en clamor. Redoblan las quejas de los lectores, el malestar y la angustia de la ciudadanía, pero el Ayuntamiento sigue haciendo befa del raciocinio, la sensibilidad y la cultura. Sus hordas continúan, dale que dale, propinando un espantoso castigo a los árboles madrileños.En su día fueron asesinados por medio de la mezquina podatala los plátanos de la avenida de Séneca o los chopos del parque del Oeste, a punto ya de convertirse en asquerosas carreteras; el año pasado cayeron el proverbial olmo del paseo de La Habana o las anónimas moreras de Pablo Neruda; hoy y siempre sufren horrendos y absurdos atentados los sufridísimos árboles (o lo que de ellos va quedando) de Moratalaz, La Elipa, Doctor Esquerdo, zona mártir si las hay. Citemos también el atrabiliario desmoche de ciertos árboles en el paseo del Prado, en la Castellana esquina a San Juan de la Cruz, en Bretón de los Herreros, en Presidente Carmona. Lo más curioso de esta calle sin ley es que tiene seis tramos. de aceras (destrozadas) y sólo uno, el que poseía los plátanos más hermosos, fue mutilado con saña. ¿Vendetta, incoherencia, tontuna?

Tampoco respetaron los jardincillos del bulevar: allá donde los prunos obsequiaban a los paseantes, por estas fechas, con la hermosa eclosión de sus nutridas copas, hoy quedan unos tristes muñones. Uno de los ejemplares, el cabeza de turco del sinsentido, sólo ha encontrado sitio para abrir una florecilla patética. De modo que consolémonos, doña María Consuelo Polo, de Pozuelo de Alarcón, a cuyo parque -según contaba recientemente en Opinión del lector-" Ilegan los mutiladores armados de hachas y empiezan la faena haciendo verdaderas matanzas, pues es gente inexperta en estos quehaceres...", consolémonos aunque sólo nos quede el recurso de acogernos al "mal de muchos", etcétera, ya que por la vía del sentido común jamás lograremos convencer a nuestros munícipes ensoberbecidos, con sus máquinas iconoclastas, de la inutilidad de la poda. No les suenan palabras tales como "belleza", "solaz", "oxígeno", referidas a ese enemigo público número uno que es para ellos el árbol. No les interesa la opinión del Instituto Superior de Investigaciones Científicas, ni por ende, del Jardín Botánico, ni en consecuencia les importa un rábano la apreciación del arbolista de fama mundial Kermeth W. Allen, cuyo manual Poda de árboles ornamentales fue patrocinado y publicado por dichas instituciones (de hecho, el brutal y consuetudinario castigo que anualmente se propina a los árboles de Madrid constituye exactamente la antítesis de lo que en esa obra se propugna).

Y lo más triste es, ¿para qué nos vamos a engañar?, que ni siquiera, mediante el ejercicio de nuestros inalienables derechos democráticos en las urnas, podremos librarnos de tamaña lacra: la imperdonable ignorancia que preside el macabro ritual de la poda, el derecho de pernada sobre un bien ajeno (los árboles son de los madrileños; este señor, por ejemplo, viene de Sevilla, nos cortará todo y se irá algún día, digo yo), el estólido tercermundismo que abona este tipo de actuación municipal nos aflige a los madrileños, y masacra nuestros árboles desde los tiempos de maricastaña: talapodó la dictadura, talapodaron UCD, el PSOE y, como bien sabemos, el PP. Como las desgracias nunca vienen solas, los madrileños de hogaño tenemos, aparte del obsceno y vigente rito de la poda, otra espada de Damocles: el Gobierno municipal madrileño anunció el verano pasado que pagaría 500 millones al mejor postor (la cifra, idéntica al coste de las excavaciones arqueológicas de la plaza de Oriente, parece gustar a nuestros ediles) para que hiciese un inventarlo minucioso de los árboles madrileños, y para que detectase cuáles son los 7.000 que están enfermos y procediese a su ejecución sumaria.

Es curioso, sabían el número exacto, pero no cuáles eran ni dónde estaban.

Por lo que se refiere a la causa de la enfermedad de los árboles, yo pregunto: ¿cómo no han de estar enfermos los árboles de Madrid, víctimas de una barbarie multisecular? Y repregunto: ¿acaso no estaría enfermo el señor Manzano si le desmocharan los brazos cada dos o tres años?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de marzo de 1998