El horror de la muerte
Si el más radical enemigo de la pena de muerte viera cómo el asesino -hoy condenado a sufrirla- la había dado a sus víctimas implacable y sin piedad, quizá cambiara de opinión haciéndose partidario de la soga, la inyección letal o los gases de cianuro.Si el más desaforado convencido de que el que mata debe purgar por su delito muriendo a su vez pudiera asistir al desfile del siniestro cortejo que conduce al reo al lugar de su ejecución, tras a veces largos años de angustiosa espera y bien enterado de que a las ocho y cuarto de aquella mañana ha de morir, quizá, considerando bien purgado el alevoso crimen con tanto sufrimiento y convertido en sincero abolicionista, se apresurara a pedir el indulto para el convicto.
Porque sólo sabiendo por anticipado la hora y el minuto en que hemos de morir se nos muestra en toda su extensión el horror de la muerte.-


























































