El exito de lo irreal
Ahora, cada día un cónyuge le prende fuego al otro cónyuge, o un mozo, de improviso, clava un cuchillo en la garganta de su amor. La gente se pregunta, con razón, si siempre fue así y no habíamos tenido conocimiento suficiente o es que una nueva ferocidad se ha instalado entre nosotros. ¿La verdad? Nadie sabe la verdad. Ni tampoco parece interesar demasiado dar con ella. Las noticias siguen a las noticias y en su sucesión no dejan intervalos para la investigación. El modelo es el teletipo. Cada suceso queda sepultado por el suceso ulterior y la realidad consiste en impactos, fulgores, episodios tan veloces como imposibles de articular. En conclusión, las cosas pasan sin que se sepa por qué pasan y, especialmente, si pasan de verdad.Poco a poco, la realidad se ha doblado por una segunda realidad. Una hiperrealidad o una irrealidad en la que definitivamente estamos acostumbrándonos a vivir como en un estado de excepción permanente. Ocurre en variados aspectos y cada vez en número mayor. Efectivamente, no es seguro -ni se sabe, ni se tiende a saber- si la violencia doméstica, como la pedofilia o la desaparición de personas son asuntos propios de este fin de siglo. Tampoco hay la consciencia de si la violencia hoy es mayor, menor o igual que la de otras etapas, ni existe, en fin, certeza de que la corrupción política es en estos años superior a la de tiempos antiguos. La historia, por lenta y minuciosa, no interesa a nadie. Pesa demasiado para la aceleración que reclaman las noticias y es en exceso pródiga para mezclarla con la simplicidad de la información. Como consecuencia, sin referencias históricas, sin análisis, sin contrastes, la realidad flota en un vacío, planea sobre un nivel sin fundamentos, se trasforma en ilusión de realidad. Y su medio natural son los media.
Por ejemplo: ¿es efectivamente cierto que a la ciudadanía población interesa tanto los programas de cotilleos, tanto los encuentros de fútbol, tanto la política nacional? Los medios se diseñan y se ofrecen saturados de esos ingredientes mientras los clientes se quejan de que no es eso lo que en realidad les importa más. Pero ¿importando la realidad, es todavía posible dar con ella? En España, dicen las estadísticas, hay dos millones de desempleados. ¿Se vive, se habla, se actúa políticamente de acuerdo con esa tragedia nacional?
En España, dicen los censos, hay más universitarios por habitante que en ningún país de Europa, ¿existe algun reflejo de esa cultura en el alrededor? Los medios, los sondeos, los diagnósticos, han hundido las referencias de verdad. Si la meteorología es incapaz de acreditarse como centinela de lo más inmediato, a la economía, en su grado más alto, le viene ocurriendo igual. Tanto la Reserva Federal norteamericana como el informe para 1997 del Fondo Monetario Internacional felicitaban en octubre del año pasado "los sanos fundamentos del crecimiento asiático", cuando unas semanas después se desmoronaban las bolsas del Pacífico y con ellas la economía real. Del mismo modo que el "efecto mariposa" decide las catástrofes más colosales e imprevisbles, el momento actual o su contiguo se han vuelto tan viciosamente huidizos que la realidad se ha fugado con ellos.
Paradójicamente, en la época de la supercomunicación vivimos más desconectados de la realidad que nunca y, como en otros suministros y provisiones modernos, sólo saboreamos sucedáneos. Pocos negocios conocen actualmente un desarrollo más próspero que los de la realidad virtual. Desde los parques norteamericanos de diversiones firmados por Disney, MCA, Time-Warner, Paramount-Viacom a los japoneses de Wonderstore o Sega -con sus "Joypolis" capaces de recibir hasta un millón de visitantes-, las grandes urbes del mundo se doblan gradualmente en triunfantes metrópolis virtuales. Por las grandes redes que hoy tejen de información el mundo se ha colado la realidad y nada en medio del agitado vendaval hace confiar en un próximo rescate.
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