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Tribuna:

Mar

Transparencia y lentitud es lo mejor que se nos puede desear a los vivos para un año que de nuevo estará dedicado a un grave problema ambiental. Porque lo opaco y lo raudo son dos de las principales categorías de la degradación. Tanto de la cultural como de la natural.Nos despedimos de 1997 con los aires maltrechos y poca coherencia para remediarlo. Con todo, la despeñada cumbre de Kioto nos refrescó a todos la memoria de que respiramos y que, aunque nada hay más preciso, nos dedicamos con tesón a asfixiar al aire. Y su sofoco tiende a sofocar al conjunto de planeta, para mayor esplendor de los consumados consumismos. Y esto ya linda con el hartazgo.

La sociedad, al menos, se está cansando de la apatía de los poderes para lo crucial y comienza a recobrar algo de la responsabilidad sobre su propio destino, que es la mejor terapia para no sacrificarlo todo a la velocidad y lo sucio. El 98 acaso sea un buen año para el arranque de la inaplazable profundización democrática. Que si es oportuna para todo, acaso más en lo que se refiere a la gestión de los sistemas y procesos básicos para cualquiera de nuestras actividades. La continuidad de lo vivo compete a todos y no puede seguir siendo delegada en quienes de oficio la traicionan.

Ahora. da comienzo el año que las Naciones Unidas quieren que dediquemos a reflexionar sobre el trato que le damos al segundo elemento más vital para la vida: el mar.

Seguramente se nos pasará también esta pretendida solemnidad sin mucho más que otro puñado de buenas pretensiones, ésas que se plasmarán en varias decenas de congresos, dos o tres mil artículos en prensa, no menos crónicas radiofónicas y televisivas y por lo menos doscientos libros y otros tantos documentales. Información que de nuevo nos desbordará, como esa actual mar confusa del Atlántico, que es el precioso y oportuno término que los meteorólogos dan a los grandes alborotos de la superficie del mar y que recuerda a los de su uso y gestión por parte de los gobiernos.De ahí que convenga recordar una vez más que hemos rebasado ya los límites máximos del hasta ayer ilimitado océano. El saqueo de todos los mares del planeta resulta evidente. Hace ya casi un decenio que las capturas pesqueras no aumentan, porque la mayor parte de los caladeros más importantes están claramente exhaustos. Y hace ya casi un decenio que los problemas de escasez se están saldando con una creciente e ilegal privatización por parte de las flotas de los países ricos. La contaminación que desemboca en los océanos -formada por más de 100.000 compuestos químicos diferentes y por los sedimentos procedentes de la erosión directamente provocada por la actividad humana- equivale al volumen de agua de todos los ríos europeos, es decir, más de una tonelada métrica por habitante del planeta y año.

Cuatro millones de toneladas de petróleo vertidas anualmente al mar invalidan la capacidad fotosintética y depuradora del pláncton marino de otros tantos millones de hectáreas de superficie oceánica. El principal sumidero del CO2 queda así empequeñecido. La mayor parte de los mamíferos de los océanos se desvanecen, no menos la calidad de las aguas costeras, cada año uno o dos centímetros más altas por el calentamiento global. Es tal el amorío de cielos y mares que todo lo que dice la atmósfera lo repite el océano.

Pero sobre todo se nos quiere olvidar que mar es uno de los pocos significantes con significado pleno. Porque quiere decir lo que es. Y es cuna, placenta, sistema que destila el clima y la vida misma, origen y destino de todo lo que palpita. Nada de casual que cada una de las células que componen nuestro organismo sea en gran medida una microscópica réplica de una gota del mar. La placenta materna de los mamíferos es también una recreación de las características de lo marino. El prefijo sánscrito ma, tan presente aún en nuestra lengua, indica comienzo, construcción, continuidad, extensión... Año del mar; año, pues, de la vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 16 de enero de 1998