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CARTAS AL DIRECTOR

Casi todo

Soy nacida y criada en Galicia, pero mi familia no es de aquí, y aunque adoro esta tierra, siempre me sentí foránea. A los 24 años tuve la suerte de irme a vivir a Andalucía; allí me encontré con mis raíces familiares, me sentí en casa, me enamoré perdidamente de ese sur que me pertenecía por generaciones y nunca más podré, ni querré, renunciar a él. Permanecí allí durante ocho inolvidables años, pero hubo una cosa, una sola cosa, que me dolió profundamente y de la que reniego: el racismo tan brutal que vi con los magrebíes (con los gitanos también, pero eso es cosa de toda España). ¿Dónde está el espíritu abierto de la antigua Al Andalus?

No faltará quien quiera justificarlo aduciendo razones sociales: ¡mentira! Desgraciadamente fui testigo, en numerosísimas ocasiones, de insultos y desprecios sin nombre hacia personas -dignas y pacíficas (recuerdo a un amable anciano que intentaba vender con dificultad sus pesadas alfombras entre los habitantes de la Costa del Sol) provenientes de acomodados dueños de bares de las zonas de la playa a los que no faltaban clientes a ninguna hora del día. Han sido los episodios más dolorosos de mi vida, porque me sentía impotente y avergonzada. Además, cuando salía en su defensa intentaban agredirme a mí y los magrebíes tenían que ayudarme.

Entre los españoles payos hay miles de delincuentes por razones sociales o cuales fueren, pero son eso.... mala gente, casos aislados; ahora bien, si el delincuente es gitano o magrebí, entonces... es que es su condición de tal lo que lo hace intrínsecamente malo... ¡Por favor!

Reconozcamos que somos ignorantes e incultos y, por tanto, racistas. Pero no, aun encima no queremos (mejor dicho, quieren) reconocerlo.

Sólo pido que los agresores se vean un día en la obligación de emigrar a otras tierras y que se encuentren con lo mismo que ellos están haciendo ahora. Así verán lo que se siente cuando al dolor de la pobreza, el desarraigo y la soledad se suma el odio de aquellos que tienen la suerte de vivir entre los suyos sin que les falte de nada; bueno, es un decir, les falta el corazón y la cabeza, o sea, casi todo."-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de enero de 1998