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La alegre juventud de Papá Noel

La invasión juvenil de la plaza Mayor para festejar las vacaciones acaba con 70 intoxicados por el alcohol

No hacía falta atender al calendario de bolsillo, ni al parpadeo centelleante de los grandes almacenes, ni a las bombillas municipales extendidas en el cielo de los edificios. En el corazón de la ciudad ayer se notaba que la Navidad es una realidad irrefutable -e ineludible- en el nutrido tropel de jóvenes que pululaban por sus calles tocados con algún aderezo de la imperante línea Papá Noel. A fe que hay cosas que se resisten a cambiar, como que los chavales sigan rindiendo tributo a la única moda conocida que triunfa de un año para el siguiente sin necesidad de variar un ápice sus atributos: el gorrito rojo rematado en simpática borla, el cinturón de hebilla cuadrada y demás atuendos del uniforme de temporada más reproducido entre la chavalería local.Unos 25.000 adolescentes tomaron ayer las calles de Madrid para homenajear al simpático viejecito carmesí y, fundamentalmente, para celebrar que no habrán de pisar las aulas durante tres semanas. La fiesta se concentró, como siempre, en la plaza Mayor y sus alrededores, aun que el cada vez mayor celo policial en la zona hizo que distintas oleadas juveniles se dispararan a lo largo de la mañana hacia la plaza de los Mostenses, Princesa, Moncloa, Argüelles, Malasaña o Barceló.

El esparcimiento en los años púberes casa mal con los fieles servidores del orden público, por más que éstos dieran muestras de amabilidad exquisita a la hora de husmear en carteras y mochilas en busca de elementos contundentes o, sencillamente, indeseables. "Gracias, chaval, a divertirse", recomendaban algunos agentes tras cada registro. Los más salados contestaban con una sonrisa y cordiales deseos de felices fiestas. Otros se limitaban a tragar saliva: comparecer ante la autoridad siempre es un trago. El oficial José Luis Morcillo, jefe del dispositivo navideño, confirmó que los objetos incautados en mayor número fueron botellas de sidra y esos vaporizadores de nieve que, francamente, siempre dejan hechos un cristo a viandantes inocentes.

Beber por beber

El alborozo se fue transformando en desmelenamiento a medida que avanzaba el día, pero la fiesta había empezado muy pronto. Los chavales se presentaron en sus institutos a primera hora, recogieron los boletines de notas y pusieron pies en polvorosa. Fuera para celebrar los éxitos escolares o por olvidar los desatinos, el resultado era el mismo: alegría, alegría y placer. "Aquí se viene a beber por beber", anunció en plena euforia Sergio, de Orcasitas.Cuando hay predisposición, hay tiempo suficiente para la exaltación de la amistad, el recordatorio cutre ante un objetivo de fotomatón, el furtivo flirteo con la nicotina, las torpes caricias iniciáticas, los tórridos besuqueos de los alumnos más aventajados o el exabrupto de los zagales a los que peor les sienta el atolondramiento adolescente. El desenfreno festivo se cobró, como siempre, varias decenas de víctimas del alcohol. Setenta jovenzuelos fueron atendidos por el Samur, el Insalud y la Cruz Roja debido a intoxicaciones etílicas.

Mientras los escolares se aplicaban a esta versión bisoña del epicureísmo (el placer por encima de todo), algún comerciante les observaba con porte estoico. José Antonio, el castañero de la calle de Esparteros, languidecía: "Vendemos menos. La juventud no compra y a nuestra clientela habitual nos la espanta". En la calle de Postas, dos amigas buscaban fuentes de placer más tangibles que el alcohol frente a un escaparate de fetiches futbolísticos. El debate no se refería a la calidad de los regates: sin hacerle ascos a Víctor ni a Lardín, una se quedaba con Raúl y la otra ("tiene los labios más carnosos, tía") con Morientes. Se lo pedirá a Papá Noel, pero sabe que no le hará ni caso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de diciembre de 1997