Emancipación

Estoy cenando en casa de unos amigos cuando observo uno nuevo entre los múltiples cuadros que tapizan la pared. De lejos parece un desnudo femenino en una posición forzada. "Hay que mirarlo de cerca", me advierte el anfitrión, quien es, además, su autor. Voy hasta allí y compruebo que se trata de una fotografía manipulada y coloreada. El cuerpo es un cadáver, y el color ceniciento de la piel está salpicado con manchas rosadas y verdes cuidadosamente esparcidas para producir una luminosidad difusa y macabra. Debe de haber muerto por fractura de cuello, porque la cabeza, aparece en un escorzo inverosímil. Los ojos velados han sido ligeramente retocados con grafito. De cerca, en efecto, la pieza tiene la carnalidad de un Boucher. "Primero la violaron y luego, con un golpe muy profesional, la desnucaron".La obra pertenece a una serie de trabajos sobre mujeres asesinadas que expuso hace poco en una galería de Los Angeles con éxito considerable. Mi amigo está orgulloso de la factura. Compara su cadáver femenino con el de Jesucristo pintado por Holbein. "Pero en mi pintura hay, además, una intención liberadora, emancipadora, y no sólo dogmática". ¿No es una pura incitación al placer?, pregunto. "Sí, sí, también. Por un lado está el placer que produce la materia, tan delicada y apetecible; por otro, el valor emancipador del motivo". Sin ese valor emancipador, ¿quizás sería perverso gozar con imágenes de mujeres violadas y asesinadas?, pregunto. "¡No pretenderán que pinte flores!", protesta el artista. No, claro que no, admito. ¿A quién le iban a interesar? No son emancipadoras...
Después de cenar vemos La lista de Schindler en vídeo. "¡Vaya grises!", dice cuando matan a la niña del gueto.


























































