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Tribuna:EL FUTURO DE LA TELEVISIÓN PÚBLICA

La crisis terminal de RTVE

El autor afirma que los presupuestos de RTVE para 1998 revelan la gravísima crisis del ente, que ha dejado de ser un problema político para convertirse también en un escollo económico.

El proyecto de presupuestos de RTVE para 1998 ha venido a poner de relieve, más fuertemente que nunca, la dramática crisis en que se encuentra la radiotelevisión pública central en España. Y sin embargo, el debate despertado ha durado apenas unos días, como evidencia de hasta qué punto ha llegado la indiferencia y la resignación de la sociedad española en este tema de extrema gravedad.Las cifras oficiales son espeluznantes: una deuda prevista de casi 600.000 millones de pesetas , unos gastos que triplican a los ingresos estimados, unos gastos financieros insoportables... RTVE ha dejado de ser así solamente un grave problema político para convertirse también en un serio problema económico en la época de Maastricht y de la reducción del déficit. En ambos planos, además, se trata de un caso insólito en Europa, sin parangón con la crisis matizada del resto de las televisiones públicas del continente.

Ciertamente, el problema viene de muy atrás y la responsabilidad corresponde mancomunadamente a muchos Gobiernos: UCD fue incapaz de democratizar en serio la radiotelevisión pública y sus cortos avances en ese sentido fueron seguidos de profundos retrocesos. A los Gobiernos socialistas les corresponde haber retirado toda subvención desde 1983-1987 y haber expropiado la red de difusión, empujando a RTVE a una vía comercial absoluta en condiciones imposibles para la competencia anunciada; sin contar con que, bajo sus mandatos, se dieron numerosos casos de censura y control partidista. Todos los grupos parlamentarios importantes sin excepción han participado además en el descontrol democrático de la radiotelevisión pública, al mantener un Consejo de Administración de escasas funciones y composición partidista que permitió siempre una gestión autoritaria de la formación gubernamental y sus aliados.

Nada de eso puede, sin embargo, aminorar ni justificar las pesadas responsabilidades que el Partido Popular ha acurmulado en su corto periodo en el Gobierno. Más allá del incumplimiento" notorio de su programa electoral -director general no militante, pluralismo, etcétera- hay que destacar la evidencia de que estamos ante una manipulación partidista sistemática de RTVE que no se veía al menos desde los tiempos de la transición democrática, quizá con el breve interregno de Robles Piquer. Así, por ejemplo, cualquier análisis de contenido elemental evidenciaría que durante todo el pasado verano la información de RTVE se ha comportado como la televisión única de un régimen de partido único, en la que unos pocos ministros -Cascos, Rato, Arenas- y el presidente Aznar aparecían cada día como en un serial televisivo, dando diversas versiones de las mismas realizaciones gubernamentales; mientras, el resto de los partidos, incluso aliados, desapareció casi totalmente a beneficio de la información de sucesos y accidentes.

Más grave y sostenida es aun la "ideologización" profunda de buena parte de la programación, incluyendo la caza de brujas sistemática interna y la incorporación paralela de periodistas afines y de auténticos propagandistas que dirigen programas sobre economía, cultura u otras temáticas. Una política que se ha visto notablemente agravada por el fichaje para esta temporada de conocidos periodistas de ideas ultras como inverosímiles árbitros de programas de debate o información. Más ostentoso todavía es el mantenimiento a ultranza, pese a costosos fracasos de audiencia, de muchos de esos nuevos programas, mientras se intenta mantener la cuota de mercado con una intensa programación de telebasura, contrapuesta a toda lógica de servicio público.

Ciertamente se puede alegar que RTVE no es la única en este camino y que no pocas televisiones autonómicas están copiando fielmente el modelo a su escala regional. Pero los casos más flagrantes siguen correspondiendo a terceros canales de autonomías gobernadas por el PP, como la del País Valenciano en donde la falta de todo pudor político comienza por un director general esposo de la dueña y directora del periódico regional más ultraderechista, o como la televisión de Galicia que ni siquiera en el periodo electoral ha podido. presentar una mínima apariencia de pluralismo.

La situación de RTVE es evidentemente mucho más grave por su trascendencia nacional política y económica. Porque este delirio de control autoritario por el poder se ejerce en medio de un fracaso de gestión sin precedentes: caída notable de la audiencia, duplicación del endeudamiento, hiperagresividad comercial en la captación publicitaria, incremento de los gastos, aumento de la plantilla... La RAI de la democracia cristiana italiana de los años setenta era, hasta ahora, el mejor ejemplo conocido de un Gobierno que manipula a ultranza la televisión pública mientras la conduce hacia el desprestigio y la quiebra. El Gobierno del Partido Popular está a punto de superar este dudoso récord histórico, y su dirección en RTVE colabora estrechamente al generar un círculo vicioso imposible: la petición de un pacto de Estado que ningún partido de oposición podría aceptar mientras se mantenga ese grado de manipulación gubernamental y de instrumentalización propagandística.

El Parlamento Europeo y el Consejo de Europa han destacado en varias ocasiones la importancia del servicio público y de la gestión pública para el funcionamiento de una sociedad democrática, y han llamado a garantizar su permanencia y estabilidad económica. Pero señalando la condición indispensable de sufragar actividades inequívocas de servicio público sin las cuales el dinero público se convierte en "ayudas" incompatibles con la Unión Europea y sus reglas de la competencia, y de mantener institucionalmente la independencia de los Gobiernos. Dos elementos tan vitales como inexistentes en RTVE para quienes seguirnos creyendo, contra viento y marea, que la radio y la televisión públicas pueden y deben jugar un papel esencial en el mantenimiento del pluralismo, en la generación de un espacio público abierto y participativo, en la construcción permanente, en fin, de un consenso y una identidad nacional.

Peor aún que la situación de quiebra de RTVE es, sin embargo, la ausencia de todo proyecto de, viabilidad y la resignación y el silencio de agentes sociales fundamentales en este terreno. El plan estratégico del final de mandado socialista fracasó por falta de consenso.

Los sindicatos, que en 1993 y 1996 presentaron sendas propuestas de futuro, y en enero de este año preparaban un Manifiesto en defensa de RTVE, parecen haber abanderado toda esperanza. Algunas declaraciones de dirigentes sindícales y políticos de la radiotelevisión pública se instalan incluso entre el cinismo del "así es la política" y la comodidad corporativista e incluso personal. Y la dirección del Partido Popular que, a principios de 1997, elaboró un confuso plan de renovación nunca presentado ni debatido siquiera con su propio Gobierno se limita ahora a contabilizar la vertiginosa subida de la deuda acumulada.

Esta actitud tiene necesariamente que alimentar todas las sospechas sobre los designios del Gobierno. para el futuro de RTVE, incluyendo la peor: su liquidación y venta a empresas políticamente afines. Más aun cuando el Partido Popular ha olvidado ya totalmente sus veleidades de oposición sobre la creación de un Consejo Audiovisual que el Senado, en versión descafeinada sobre el modelo europeo, propuso al final de la anterior legislatura. Y se empeña en confiar ahora las competencias sobre el control de la televisión Pública y privada a una Comisión del Mercado de Telecomunicaciones, cuya total inexperiencia en este campo sólo viene compensada por su nombramiento y su control hegemónico desde el poder.

La crisis terminal de Radiotelevisión Española adquiere así una nueva luz, la de una de las partidas fundamentales en donde se está jugando la disyuntiva entre autoritarismo o democracia en la sociedad española del próximo futuro.

Enrique Bustamante es catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la Universidad Complutense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de octubre de 1997

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