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Tribuna:CIRCUITO CIENTÍFICO

Las relaciones Universidad-empresa

Al leer las convocatorias de ayudas financieras al desarrollo tecnológico que periódicamente promocionan las diferentes administraciones, estatales y europeas, se llega a la conclusión de que, para nuestras autoridades, la suma de universidad y empresa siempre equivale a innovación. Esto probablemente se deba a que, además de constatar que Europa pierde competitividad tecnológica y que el esfuerzo de España: en I + D industrial es mínimo, políticamente es agradecido hablar de complementariedad entre universidad y empresa, ya que por el mismo precio se contenta a dos estamentos. Sin embargo, se suele obviar la discusión acerca de cómo deberían ser estas relaciones para que los resultados de la. colaboración mejorasen sensiblemente.Tradicionalmente, las relaciones universidad-empresa, en España no han sido particularmente eficientes. A la des confianza histórica entre ambas instituciones, se suma el hecho de que muchos departamentos universitarios, sobre todo de escuelas de ingeniería han funcionado como oficinas de consultoría técnica en su relación con la industrial sin llegar a estar realmente involucrados en los procesos de I + D de ésta. La innovación tecnológica, por el contrario, requiere que recursos humanos de alta cualificación actúen, durante periodos extensos de tiempo, con objetivos claros, estrategias bien definidas, reparto adecuado de tareas y responsabilidades compartidas.

Para conseguir una buena relación es necesario, en primer lugar, que el equipo universitario tenga la certeza de que junto con el beneficio económico, puede incrementar su prestigio profesional mediante la difusión, salvando las cautelas debidas, de resultados en publicaciones especializadas. Además, el interlocutor industrial debe tener una formación que garantice que la comunicación con el equipo universitario es fluida. En España, desgraciadamente y no como en otros países, la tradición de formar doctores para que luego trabajen en la industria es muy limitada y esto impide que el entendimiento sea el adecuado.

En segundo lugar, para trasladar de manera eficiente, una idea innovadora desde el laboratorio hasta el consumidor, es necesario sincronizar una serie de actividades que tienen tiempos característicos muy diferentes. En particular, la producción y la comercialización hay que relizarlas en tiempos cortos, el análisis y diseño de sistemas o equipos requiere plazos intermedios, y el desarrollo de las metodologías necesarias para llevar a cabo dichos diseños y análisis es un trabajo de largo plazo. En lo relativo a la organización del trabajo, puede decirse que, en general, no es posible aplicar recetas universales que sirvan para todas las áreas y todas las situaciones; aunque' suele ocurrir que el trabajo de la universidad tiende a encajar mejor en aquellas tareas de carácter exploratorio y también de puesta en perspectiva de los aspectos innovadores del desarrollo.

En definitiva, lo que se debería intentar es conseguir que las ayudas públicas a la innovación tecnológica no tuviesen un impacto meramente puntual, sino también estructural; esto es, que contribuyesen a adecuar a los tiempos que corren la filosofía con la que muchas veces se afrontan las actividades de I + D de aplicación industrial. En la práctica, para alcanzar este objetivo no es necesario definir grandes directrices o escribir libros blancos, sino que bastaría con incidir en aspectos más modestos, tales como: asegurar que el personal involucrado en el trabajo del día a día tenga la mejor cualificación posible, cuidar que un número elevado de socios no dificulte el funcionamiento de los consorcios, evaluar las propuestas considerando solamente su contenido sin descartar ideas innovadoras surgidas fuera del establishment industrial, e introducir criterios, objetivos de valoración de los resultados tales como su posible publicación en revistas de prestigio.

Ángel Velázquez López es profesor del Departamento de Ingeniería Mecánica de la Universidad Carlos III de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 1 de octubre de 1997