Doloroso sentimiento de vergüenza
Hace apenas unas horas regresé de mis vacaciones. Fui a Cuba. Iba temeroso de encontrar un país empobrecido y humillado. Lo que no sabía es que descubriría en mí un permanente y doloroso sentimiento de vergüenza. Vergüenza de pertenecer a un mundo rico y sordo; de ser español y entender en un idioma común la queja de un pueblo; de no poder hacer nada; de regalar dólares para que un cubano pudiera comprar (sólo en dólares) artículos que en muchos casos son material de donaciones internacionales. Vergüenza de comerme un pastel por la calle y de ver a cientos de adolescentes ofreciéndose por una cena o por una camiseta.Me da vergüenza que el mundo permita que unos pocos instituyan el hambre, la indignidiad y la desesperación en nombre de una revolución fracasada y culpable de la destrucción física y espiritual de todo un pueblo. De regreso, en el avión, no vi los gestos de indignación que esperaba reconocer entre los españoles que volvían a casa.
Claro, en las reservas de Varadero y Cayo Coco no pueden entrar los cubanos, y los turistas de todo el mundo se equivocan cruelmente creyendo que Cuba consiste en mojitos, salsa y playas de arena blanca.


























































