Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

Calcuta

Sin duda hay en el mundo miles de mujeres mucho más heroicas que Teresa de Calcuta. He conocido algunas en el campo de refugiados de Benako, en Tanzania, donde la humanidad limita ya directamente con el infierno. Allí he visto a muchas enfermeras y médicos laicas y progresistas entregadas a paliar la miseria sin esperanza alguna de ir al cielo por ese trabajo. Cuando una persona que no cree en Dios se entrega a los demás sin esperar nada a cambio, ni siquiera la propia salvación, su actitud alcanza una pureza misteriosa. Teresa de Calcuta ha sido una heroína. Hay otras monjas extraordinarias que llevan también su generosidad hasta límites insospechados, pero su trabajo se debe a la caridad, y esta virtud parte del hecho de que el dolor y la pobreza en este mundo son irremediables. Incluso se puede afirmar que la caridad sirve para dar carta de naturaleza ala injusticia. La glorificación que en vida tuvo que soportar Teresa de Calcuta y la elevación de su sepelio a categoría de un jefe de Estado, secuestrado por el Ejército, honrado por el establecimiento capitalista mundial, suponen la consagración planetaria de la escuela económica de Chicago, que reserva a los marginados de la tierra los remedios de sopa y policía, entendiendo por sopa cualquier auxilio divino a través de tómbolas, roperos, rifas benéficas y misiones religiosas entre las cuales Teresa, de Calcuta alcanzó la santidad mediática previa a su entrada con todos los honores en la patria celestial. Cuando alguien debe su gloria a la miseria humana tal vez en su inconsciente está deseando que la miseria no acabe para que esa gloria se perpetúe. La caridad necesita pobres. La justicia los redime y al mismo tiempo hace innecesarios a los misericordiosos. Pero hoy la pobreza todavía es el mar más profundo de la tierra. Seguida por un cortejo de reyes, habiendo sido ahuyentados los leprosos, y los mendigos, ayer se dio sepultura en Calcuta a una mujer heroica, primera dama mundial de la caridad, que quiso vaciar ese mar con un cubo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de septiembre de 1997