Tribuna:Relatos de VeranoTribuna
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Yacaré (6)

Triste, solitario y finalPor LUIS SEPÚLVEDA

A SHKEANUMARÉ, "EL QUE viene del agua", abrió los ojos y se vio rodeado por la bruma de la muerte. Todo era blanco, el color más estéril y triste, y aunque la estera sobre la que estaba tendido era mullida y también blanca, sintió que la muerte se alojaba en sus huesos alejados del calor simple de la tierra. Había dos hombres junto a él, dos hombres de la tribu de los jeashmaré, "los que odian el agua", aquellos de: los que se había mantenido apartado gran parte de su vida. Uno era gordo y mordisqueaba una astilla; el otro era flaco, cubría sus ojos con dos máscaras de resina transparente y en su rostro crecía un musgo gris. Lo miraban con el recelo con que se observa al reptil herido. Terribles brujos los jeashmaré, se dijo, "el que viene del agua", al levantar una mano hasta su cara. Una larga trompa crecía en el lugar donde debía tener la boca. Tal vez lo transformaban en un oso hormiguero.-Tranquilo, hombrecito. No te muevas -dijo el detective Chielli.

-No te entiende. No creo que entienda italiano -apuntó el comisario Arpaia con evidente desazón.

Aquel hombrecillo frágil que sudaba la blanca almohada y los miraba con ojos espantados era al mismo tiempo un potencial asesino y, un testigo de primera importancia. Buscando al otro cazador -habían decidido llamarlos de esa manera-, la policía milanesa dio con un verdadero tesoro. En las bodegas de Marroquinerías Brunni encontraron miles de pieles de animales bajo protección, caimanes y otros reptiles teóricamente protegidos por una legislación internacional tan rimbombante como ineficaz. Pero del otro cazador encontraron apenas unos rastros: unos huesos de roedor y de avecillas y unas cagarrutas que los del laboratorio interpretaron como de niño, porque en ellas no descubrieron rastros de alcohol o de tabaco.

-Me gustaría saber qué diablos piensa el pequeñajo -murmuró el detective Chielli.

-Además de fiebre tiene miedo, y el miedo difícilmente deja pensar -comentó el comisario Arpaia.

Dany Contreras abrió la puerta e hizo una seña a los dos hombres para que salieran. Se notaba molesto. Unas horas antes había telefoneado a Zúrich y la satisfacción de Zöller le pareció ofensiva, pero no sabía por qué.

-Para Aseguradora Helvética todo es miel sobre hojuelas. Vitorio Brunni no murió de muerte natural y, como si tanta dicha no bastara, el beneficiario del seguro no existe. Misión cumplida, Contreras. ¿Cuándo regresa? -dijo Zöller.

-Me quedo un par de días. No sé cuántos. Quiero conocer el final de todo este asunto.

-No se meta en líos, Contreras. La pasma italiana se encarga del caso. A usted no se le ha perdido nada en Milán.

-Lo sé, pero es una cuestión personal. Usted no podría entenderlo.

-¿Entender qué? Un par de indios mataron a un cliente nuestro. Agarraron a uno y muy pronto caerá el otro. Le ordeno que regrese en el primer avión.

-No. Volveré cuando todo se haya aclarado.

-Es usted un sentimental, Contreras -exclamó Zöller con desprecio antes de colgar.

Arpaia y Chielli salieron. "El que viene del agua" se quedó solo.

El sendero de la fiebre le condujo hasta él Turupaqui, y se vio en la gran canoa junto a Anahumaré, "el que canta como el agua". Siete jornadas habían hecho, las más dando paletadas contra la corriente, las menos cargando la nave para esquivar los rápidos. Volvían de Matogrossensé sin carga, pero en el viaje inicial habían transportado más de un centenar de crías de yacaré. Los reptiles no medían más de un palmo y se agitaban como larvas en el fondo de la canoa. Tenían hambre, pero no importaba; tampoco el sueño y la fatiga, pues era necesario lo que hacían. Ellos eran anaré y cumplían una ley tan vieja como el mundo, porque en el comienzo de todas las cosas el mundo era de agua, y los hombres y los animales vivían sobre la espalda del gran yacaré. El reptil soñaba frutos y había frutos, soñaba peces y había peces, soñaba tortugas y también las había. Pero un día apareció el primer jeashmaré y clavó un dardo incandescente en el corazón del gran reptil. Éste, herido de muerte, azotó el rabo partiendo las aguas, los días y las noches. Dejó mil hijos, algunos tan pequeños como una larva y otros grandes como un cazador, pero no dijo cuál de ellos lo reemplazaría. Por eso los anaré debían cuidarlos a todos, para que volviera el tiempo dulce de los sueños sobre la espalda del gran yacaré.

-¿Qué ha dicho el doctor Cacucci? -consultó Contreras.

-Lo de siempre. Que no se le puede administrar ningún medicamento. Un muerto en Paraguay, otro en Barcelona, dos en Milán, y no podemos interrogar al principal sospechoso -se lamentó Arpaia.

-Es lo malo de no saber idiomas, jefe -indicó el detective Chielli.

-¿Algo del otro? -preguntó nuevamente Contreras.

-Lo busca toda la policía milanesa -respondió Arpaia.

-Buscan un tipo bajito que anda medio en bolas o disfrazado de cocodrilo. No es una investigación muy clásica -dijo Chielli mordisqueando el toscano.

-No quiero más muertos. Uno más y me cortan la cabeza -suspiró Arpaia.

La llegada del ascensor les interrumpió. Ornella Brunni avanzó con pasos enérgicos hasta el comisario.

-Su gente revisó mi piso, ¡cómo se atreve! -increpó.

-Es un procedimiento legal. Sabemos que usted simpatiza con esos tipos que, entre otros, han asesinado a su padre -contestó Arpaia.

-Y puede haber otros nombres en la lista -agregó Chielli.

-No habrá más muertes -enfatizó Ornella Brunni.

Y cómo lo sabe? Me parece que usted está al tanto de varios secretos que debería compartir conmigo. Es su deber. Puedo arrestarla por sospecha de complicidad -amenazó el comisario, pero no pudo continuar porque desde la habitación les llegó la voz del prisionero.

El pequeño hombre se había quitado la máscara de oxígeno y, sentado en la cama, miraba con expresión de pánico la aguja del suero inyectada a uno de sus brazos. Una extraña y monótona letanía escapaba de sus labios.

-Chielli, llama al médico -ordenó Arpaia mientras, ayudado por Contreras y Ornella Brunni, tendían al prisionero sobre la cama.

"El que viene del agua" miró a la mujer y supo que la muerte lo llamaba. Aquella hembra tenía la selva en los ojos. Entonces sonrió, y en su lejana lengua del Matogrossensé le narró que, junto a "el que canta como el agua" habían hecho lo justo al venir a la tierra de los jeashmaré, porque al regresar a la aldea luego de transportar los últimos yacarés la encontraron arrasada y sembrada de muertos. Supieron entonces que ellos eran los últimos, que no podrían salvar a los caimanes de la forma en que venían haciéndolo, y eso los obligaba a matar a los jefes de los jeashmaré. Con la paciencia de los solitarios esperaron a que cazaran miles de animales. Largo, paciente y sin regreso había sido el viaje, ocultos entre las pieles de los yacarés.

Cuando el doctor Cacucci entró, el pequeño hombre miraba a Ornella Brunni con ojos desorbitados, estiraba hacia ella los brazos y recitaba su desesperado discurso. De pronto, su pecho se agitó convulsivamente y se quedó quieto.

El doctor Cacucci movió la cabeza, lo auscultó, y luego le cerró los ojos.

-No negará que la conocía, habló con usted y quiero que me repita todo lo que le dijo -ordenó Arpaia arrinconando a Ornella Brunni.

-No sea estúpido. No entendí una palabra.

y de haberlo hecho no se lo diría -respondió la mujer.

-Comisario, déme un par de minutos. Y usted venga conmigo, Ornella -dijo Contreras tomándola de un brazo.

Caminaron en silencio hasta la cafetería del hospital. Contreras ordenó dos tazas y se sentaron frente a frente. El investigador le entregó una servilleta para que se secara las lágrimas.

-Está metida en un buen lío y hasta el cuello. Para cualquier policía ese hombre le habló y le dijo algo. ¿Qué?

-No entendí nada. Sé un poco de ellos, pero no conozco su lengua. Unos pocos misioneros la conocen. Además nunca estuve en el Pantanal.

-Ignoro por qué demonios estoy de su parte, Ornella. No soy un policía, pero lo fui, y eso me permite asegurarle que está metida en un tremendo lío. Conforme. No entiende el idioma de los anaré. La creo. Sin embargo, hace un rato aseguró que no habrá más muertes. Ornella, usted sabe dónde está el otro.

-Y si es así, ¿qué? No pueden obligarme a delatar.

-No, pero su arrogancia no salvará la vida del otro indio. Se encuentra muy mal, ¿verdad? Usted vino al hospital no para hablar con el comisario o con el detective Chielli. Tampoco lo hizo para verme. Estaba interesada en saber cómo hacía Cacucci para salvar al anaré, para luego hacer lo mismo con el otro. Tal vez a esta hora también ha muerto.

-Ellos mataron a Guido. Era mi compañero. Lo amaba -dijo la mujer con sus bellos ojos verdes anegados de llanto.

-De acuerdo. Ellos mataron a Guido Vincenzo y tal vez a muchos indios, directa o indirectamente. Pagaron, Ornella. Pagó Schiller, pagó Estévez, Carlo Clecarelli, y su padre pagó dos veces porque lo enloquecieron de pánico. ¿Quiere salvar la vida del anaré?

-¿Para entregarlo a la policía? ¿Para que lo asesinen lentamente en una cárcel?

-Usted no es ni la diosa de la ética ni la diosa del Pantanal, Ornella. No es más que una burguesita mimada y llena de odio. Quería vengar la muerte de su compañero y lo entiendo, pero no actuó, sabe por qué? Porque los burgueses jamás han tenido valor y siempre se han valido de otras manos para sacar las castañas del fuego. ¿Dónde está el otro indio? Dígalo de una maldita vez.

-Si ha de morir, que muera en libertad.

La mano de Contreras trazó un semicírculo antes de estrellarse en el rostro de la mujer. Saltaron lágrimas y babas. Una taza de café se volcó sobre la mesa, pero el líquido no lavó el orgullo derrumbado.

-Usted me da asco, Ornella. Está bien. Que muera si eso salva su conciencia de burguesita de izquierdas. Será acusada de complicidad en por lo menos tres homicidios: el de su padre, el de Ciccarelli y el del último anaré. Y yo seré testigo de cargo.

-Maldito policía. Es igual a esos dos.

-Tal vez, sólo que ato cabos más rápidamente. Arpaia y Chielli llegarán a las mismas conclusiones, Ornella. Fue un error venir al hospital, porque el anaré la reconoció; es decir, que volvió a verla. La primera vez fue en Barcelona. Al saber de la muerte de Estévez, similar a la de Schiller, viajó a España y encontró a los indios. Se escondían en las bodegas. Nunca sabremos cómo llegaron tan lejos, tal vez ocultos entre las pieles, ya que las transportan en barco. Schiller y Estévez fueron presas fáciles, pero sin su ayuda no habrían llegado jamás a Milán. ¿Los trajo como animales, en el maletero de su Alfa Romeo? No. Creo que les ayudó a pasar en el último cargamento preparado por Estévez. Sí. Así fue. Los dos olían a pieles de yacaré y por eso los perros de Ciccarelli, acostumbrados a ese olor por la cercanía de las bodegas, no pudieron dar con ellos. Le espera una larga condena, Ornella, y el único atenuante es salvar la vida del otro indio. Decida.

Al ver a Ornella Brunni cabizbaja, el comisario Arpaia comprendió que se encontraba muy cerca de cerrar el caso. El detective Chielli también entendió la situación y fue el primero en bajar hasta el auto. Cuando Contreras, Ornella Brunni y Arpaia llegaron a la calle, los esperaba con el motor en marcha y un titilante hongo azul sobre el techo del carro.

No tuvieron que ir muy lejos. Avanzaron hacia el norte por la Vía Manzoni, y, a una indicación de la mujer, Chielli detuvo el auto frente a las puertas cerradas del Giardini Pubblici. Un empujón del corpulento detective bastó para hacer saltar el candado.

Acurrucado en un rincón de una jaula vacía que antaño sirviera para los leones del parque encontraron al buscado. Su cuerpo estaba frío bajo la piel de yacaré, porque la noche era fría, y fría es la muerte en Milán, como en todas partes.

-Nada que hacer -dijo el comisario Arpaia, y regresó al auto para pedir por radio un vehículo de la morgue. Los demás lo imitaron, y ahí quedo el último de los anaré, triste, con la tristeza de los que no tienen retorno; solitario, con la soledad de los derrotados, y al final de un sendero por el que nunca debió transitar.

En la calle, el detective Pletro Chielli esposó las manos de Ornella Brunni y cumplió con el ritual de bajarle la cabeza para obligarla a entrar al auto. Danny Contreras la miró a los ojos. Aquellas pupilas verdes lo miraron desde una dimensión lejana que le hizo temblar, y para eludir cualquier tentación de piedad tardía se echó a caminar en pos del hotel, del calor del bar, del whisky, hasta sentirse a salvo del frío, que una vez más odiaba con toda el alma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 25 de julio de 1997.

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