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Tribuna:

Extremaduras

En la plaza Mayor de Trujillo, Pizarro pone cara de inadaptado. Centenares de jóvenes han ocupado el ámbito para interpretar una fiesta (las fiestas deben ser interpretadas sin respetar el orden de aparición escénica) contra el racismo, y entre el juventío se abre paso una caravana de más de 200 bibliófilos extremeños hacia su encuentro anual en el Museo de Coria. El viajero que huye no ha tenido más remedio que detener su andar, emocionado como sólo pueden emocionar la geometría y la compasión, la historia y la vida, en Extremadura. El país ofrece lo mejor de su inmejorable primavera y lo mejor de sí mismo, la síntesis de la gravedad histórica y de la inocencia del paisaje. La memoria en la piedra, instalada con placer junto al árbol del paraíso. La encina, naturalmente.15 de marzo. Trujillo ofrece el imaginario de la cultura total, la cultura como patrimonio, los bibliófilos, y la cultura como consciencia crítica, los muchachos que se curan en salud de la previsible epidemia de racismo. Rodeado de reivindicaciones poscolombinas, Pizarro no sabe qué hacer con el caballo, si devolverlo a la cuadra o abrirse paso al grito de "¡disuélvanse!". Inútil orden: imposible disolver, está demostrado, un bloque formado por bibliófilos y jóvenes antirracistas, aunque aparentemente los unos y los otros se crucen por la plaza hacia fiestas separadas, en el fondo no distintas. El esplendor del paisaje suma la inesperada complicidad de la geografía y la magia del día acalorado añade la solidaridad, de las estaciones.

Ante el papel en blanco no he tenido más remedio que escribir sobre este día excepcional vivido en Extremadura, bajo la advocación de Félix Grande, poeta entre Mérida y Tomelloso, descubridor de que a veces existen iluminados oscuros folios en blanco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de marzo de 1997