Los poderes públicos
Después de llorar de rabia y de impotencia, pensé cómo podría terminar de desahogarme, y llegué a la conclusión de que mi parte de culpa tendría que trasladarla a otros. Pero, seguí pensando, ese traslado ya se había producido (se produce periódicamente) cuando en 1977 voté por primera vez y, posteriormente, acudí a las urnas para unirme al clamoroso sí de los españoles a la Constitución. Entonces creí que sus normas iban a ser la panacea y que por sí mismas, por la fuerza que le habíamos dado todos los ciudadanos, iban a garantizar la convivencia idílica que podía desprenderse de su lectura... ¡Cuánta ingenuidad! Bien es cierto que aún hoy, gracias a Dios, sigo siendo ingenua, aunque cuando oigo, veo y siento lo que pasa en este país mi ingenuidad queda tan zarandeada que me considero realmente idiota. Sin embargo, ni los tejerazos, ni los mariocondazos, ni las rastreras luchas económicas y políticas, ni los latrocinios a gran escala, ni tan siquiera el paro -con ser la cruz que llevamos a cuestas con más trabajo-, han sido capaces de despertar en mi ese dolor que ha levantado la noticia de que cuatro niños (19 y 20 años los padres, y edad sin determinar los hijos) han aparecido muertos, por inhalación de los gases de un brasero convencional, en una vivienda que carecía de luz eléctrica... Cuando los padres eran niños pequeños, en España nos estábamos dando unas normas de convivencia, cuyo artículo 47 proclama el derecho de todos los españoles a disfrutar de una vivienda digna y adecuada, y el artículo 39 nos asegura la protección oficial, económica y jurídica de la familia. Estos artículos de la Constitución están dentro de su título I, junto con los artículos que nos garantizan una justa redistribución de la renta, el pleno empleo, la Seguridad Social, la protección a la salud, el acceso a la cultura... Posiblemente, estos dos coetáneos de la Constitución que han fallecido con sus hijos ni siquiera lo leyeron. Creo que los poderes públicos tampoco.-
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