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El Estado

¿A qué tanto lío? Después de todo Cascos y González se mostraron de acuerdo en que el de los GAL fue un terrorismo menor: incidentes normales para uno, mero bandidaje de bodeguilla para el otro. En cualquier caso, los dos parecen coincidir en que ni el número de muertos ni su valor cinegético justifican la etiqueta de terrorismo de Estado. Por si hubiera alguna duda, el profesor Fraga aclaró que puede hablarse de crimen institucional cuando se liquida a un oponente político (la muerte de José Calvo Sotelo durante la Segunda República, por poner un ejemplo). Es decir, que el asunto no depende sólo del que mata, sino del que muere. Pongamos que el Estado asesina a un mendigo. Eso no es nada, hombre: que no se hubiera puesto en medio.Una vez oídas estas consideraciones de gran calado teórico y de hondo contenido humanista, hay que decir que uno creyó advertir en las palabras de Álvarez Cascos un deje de decepción machista, como si las pequeñeces criminales de las que acusaba a su oponente le parecieran una cosa de nenazas: una mariconada, por decirlo en un lenguaje de su propia cultura. Terrorismo de bodeguilla, toreo de salón, crímenes de casita de muñecas, en fin, chapuzas de mequetrefes sin cuajar. Uno no pudo menos de acordarse de aquella entrevista en la que Aznar afirmaba que si los GAL hubieran tenido éxito no estaríamos donde estamos. Más de lo mismo.

Una historia de pusilánimes, pues, para el PP y un conjunto de pequeños equívocos sin importancia para el PSOE. La línea divisoria entre ambos conceptos no justifica el malestar actual. Entretanto, el contribuyente continúa sin saber en qué parte de La Moncloa termina la bodeguilla y comienza el Estado, ni si se va a potenciar éste o aquélla. Deberían decírnoslo: en defensa propia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 03 de octubre de 1996.

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