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Tribuna:

El 31

No hay una cultura octubre, ni una cultura del mes de junio. Pero existe una cultura de agosto por la cual el mundo, gordo y más desnudo, trata de crear un simulacro de eternidad, sin poder judicial, sin horarios ni chaqueta, abolido el trabajo y gratuito el mar.No sólo se olvidan las ciudades en cuanto lugar de residencia sino como sedes de penitencia. Las costas lucen como utopías hacia donde la población llega con el simple pretexto de descansar pero con la intención real de acabar de una vez con todo lo real. Desde allí, sin teléfono, sin ordenadores, sin jefes, cada individuo abraza la fantasía de haberse librado del progreso. La playa es la figura de un vaivén que se reitera en un hacer sin quehacer y donde la fantasía de permanecer en la intemporalidad permite contemplar el mundo como una cinta de noticias y amenazas acabadas.

Fugarse, escapar... huir a través del viaje hacia un horizonte horizontal, feliz como el mar y exento de asechanzas como la ola definitiva de los cielos. Es verdad que siguen merodeando !eres humanos, enormes campamentos de refugiados en la contigüidad, pero todos han sido reprocesados en vecinos desprovistos. Si por agosto fuera, el tiempo seguiría una órbita de interminable giro hacia el paraíso absoluto. Todo el mes rodaría sobre sí mismo, se referiría sólo a, su banalidad y dando vuelta iría adensándose como una bola azul cada vez más voluminosa y compacta hasta crear un planeta donde no se perecería jamás.

Cada verano se vive este ideal de juventud a la vuelta de la esquina, pero cada agosto una nueva fatalidad a fin de mes viene a refutarla. En mitad del bronceado saludable, cuando todo parecía mejor y para siempre, el alma de las mujeres y los hombres padece de nuevo el extraño precepto de regresar a la carbonización.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 31 de agosto de 1996