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Tribuna:

Y me pellizco

De Ricardo Molina es aquella sentencia sin resquicios: "No conozco a nadie que sea en su especialidad lo que Antonio Mairena es en el flamenco". Mairena, hoy relativamente olvidado, fue un cantaor grandísimo. Nunca compartí la apreciación de ciertos gitanistas para los que el patriarca era una suerte de cantaor muy lubrificado, incapaz de conmover. Su labor de rescate de cantes y maneras flamencas es ejemplar y de poco vale sustraerle grandeza a base de insinuar cuánto había de invención propia en esa arqueología. Por supuesto que Mairena añadió soluciones propias a muchos pasajes incompletos de la tradición; que pudo elaborar un canon particular haciéndolo pasar por ley de herencia: pero eso es lo que hace implícita o explícitamente cualquier arqueólogo. Su grandeza sigue intacta. En la cima, sin embargo, hace años que está compartiendo grandeza. En realidad, no conozco a nadie que sea en su especialidad lo que Paco de Lucía es en la música. Tal vez conozca poca gente.Llevo semanas escuchándolo obsesivamente. Los viejos discos con Camarón. Los primeros, tímidos, encorbatados escarceos solistas. La media docena que desde Fuente y caudal constituye el logro musical más asombroso de la música española del siglo. Su reciente, depuradísima, antología. Es una música peligrosa para llevarla en el coche: ella lo va llevando. Está en mi vida esa música. Observo que no está en la vida de todos y me pellizco a fin de creerlo. De cuando en cuando me acuerdo del maestro Sabicas. Ante el joven Paco, viendo lo que se le venía, comentaba displicente: "Ese joven que corre tanto... y no se le entiende". Hasta el más. desaprensivo de los nuevos flamencos sabe que nada hubiera sido posible sin la insurgencia de Paco.

Acabaré sin lírica. Escuchándole, uno se cree capaz de escribirlo todo. Conviene no caer en esa trampa sutil de los genios.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 18 de abril de 1996