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"¡Peres, queremos la guerra!"

El primer ministro israelí, Simón Peres, ha cedido a la presión de su alto mando militar para tratar de eliminar de una vez por todas las acciones de Hezbolá (Partido de Dios).La ofensiva que se está desarrollando en las últimas 48 horas demuestra que la opción militar domina la política del Gobierno israelí a menos de dos meses de las elecciones generales y en medio de un creciente clamor popular para asestar un golpe mortal a los guerrilleros libaneses.

Durante una breve visita realizada por sorpresa al pueblo fronterizo de Kiryat Shmona, el primer ministro reiteró que por cada cohete Katyusha que estalle en Galilea, Beirut debe esperarse rápida y contundente respuesta.

Si Peres cumple con su palabra, seguramente no tardará en descubrir que la magnitud del riesgo puede ir más allá de lo que se piensa. En esa población, cuando Peres contemplaba un coche destruido por los misiles de los guerrilleros libaneses, un joven le espetó: "¡Peres, queremos la guerra, queremos la guerra!".

Embarcarse en una nueva campaña militar en Líbano puede resultar algo sumamente costoso para el Ejército israelí. Cierto, Israel posee una considerable superioridad militar y los últimos ataques de Hezbolá han contribuido a reavivar la llama del militarismo. Pero el ciudadano de a pie no puede olvidar hasta hoy los reveses infligidos al Ejército israelí durante la catastrófica Operación paz en Galilea de 1982, que costó grandes bajas israelíes y culminó con una retirada traumática.

Para multiplicar las preocupaciones de Peres están los llamamientos de sus adversarios de la derecha, que le piden que abandone toda intención de buscar una solución política al conflicto en la región.

El líder del Likud

El líder del Likud y principal contrincante del primer ministro laborista en las elecciones de mayo próximo, Benjamín Netanyahu, afirmó ayer que apoya las operaciones en Líbano, pero expresó al mismo tiempo su esperanza de que "no sean respuestas limitadas". "Si el Likud llega al poder, haremos que las vidas de Irán, Hamás y Hezbolá sean un infierno", dijo.

Hoy eso halaga el oído de muchos israelíes. Pero es un objetivo, por decir algo, muy poco factible, incluso para el electorado indeciso que la derecha del Likud está tratando de conquistar. La gran mayoría de los israelíes está disfrutando de los frutos de la paz con Egipto, Jordania y, en menor grado, con los palestinos leales a Yasir Arafat.

En Líbano, la cuestión es más complicada por su intrínseca relación con Siria.

Encuestas recientes apuntalan la impresión de que Israel cree en la paz con sus vecinos, incluyendo los libaneses y sirios. Pero esa es una meta que difícilmente uno puede siquiera soñar mientras Israel siga ocupando 800 kilómetros cuadrados en el Sur del territorio libanés y los altos del Golán, en Siria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de abril de 1996