Tribuna:NUEVO MAPA POLITICOTribuna
i

El voto cautivo

El voto cautivo está mal visto. Se identifica con el voto comprado, del que se dice despreciativamente que atenta contra una democracia de ciudadanos libres; sin embargo, entre el voto comprado y el voto recabado por el propio interés del votante hay una vidriosa comunicabilidad; no está tan claro cuando se pasa de la compra al razonable imperativo de la conveniencia propia legítima. Si alguien propone dar subvenciones a un grupo social, o aliviar su carga tributaria, probablemente obtendrá los votos de los afectados por políticas tan benignas. Podremos pensar que esa política es nefasta para los intereses colectivos (cualquier cosa que quiera entenderse por esa realidad a veces evanescente), aunque probablemente los beneficiados no lo entenderán así.Hay otro sentido más profundo de la cautividad del voto. Los votantes son cautivos, normalmente, de sus convicciones, o prejuicios, o temores, o resentimientos, y esto es lo habitual. La mayor parte de la gente no modifica fácilmente el sentido de su voto usual, lo que se exterioriza en eso que se llama el suelo de un candidato, o el techo del otro, que es una manera invertida de ver el mismo fenómeno. Ya puede, el candidato de su devoción, hacer fechorías notorias.; con distintos expedientes mentales (negar la evidencia, valorar positivamente la fechoría, comprender bondadosamente la debilidad del actuante, que tuvo un mal momento; achacar la autoría de la fechoría a su hombre y a todos los demás, como suele suceder en asuntos de corrupción) se vuelve a votar al propio y a rechazar al ajeno.

Las oscilaciones electorales suelen ser pequeñas en las democracias asentadas; cuando los comentaristas dicen, enfáticamente, que el pueblo ha respaldado un cambio, lo que ha sucedido es que, por ejemplo, entre 40 millones de ciudadanos, menos de un millón ha cambiado la opinión; sobre todo, si el sistema electoral no es, como casi nunca lo es, proporcional puro; en estos casos se nota más la modestia del cambio del voto , lo que estimula, además, el propio sistema. Pero, aunque no sea así, una mayoría de gente tiene el voto cautivo, y muchas veces sin saberlo. Las mutaciones se producen lentamente, a lo largo del tiempo, y en la medida en que inciden cambios demográficos, o generacionales, o crisis importantes en la permanente evolución de las sociedades.

Por ello, en muchas democracias, la gobernación se hace difícil, porque la alternancia queda muy mitigada, y se hace, de verdad, casi imposible. Es lo que ha sucedido en Italia durante 40 años y sigue sucediendo en otros países europeos, como Bélgica y Holanda. El sistema permite traducir a escaños el pluralismo social, que es variopinto, de modo muy estable en el tiempo; esa pluralidad presenta la realidad como ingobernable, porque no hay mayoría eficaz, y la única solución posible es el pacto; en otros países con sistema mayoritario también el voto es cautivo, pero en éstos el cambio de opinión de unos pocos, que son los pocos que no tienen cautivado el voto, facilita la alternancia clara.

España no es una democracia madura, y se nota en que los políticos no han aceptado un modo evidente de hacer frente al pluralismo disperso, que es el pacto, pero tampoco toman las medidas para que el sistema no exija, elección tras elección, ese pacto, y que es esencialmente la implantación de un sistema electoral mayoritario, lo que tiene sus dificultades enraizadas en la existencia de nacionalismos territoriales más o menos históricos. El pacto estable tiene sus riesgos: esencialmente, el reparto corrompido de parcelas de poder y de presupuestos; pero también tiene sus ventajas, como es la atenuación del enfrentamiento entre opuestos, lo que en un país con la historia del nuestro no es mérito menor. Lo que es absurdo, al final, es que la dialéctica de la trinchera ideológica irreconciliable, de la oposición inquebrantable, se combine con la necesidad de pacto y coincidencia. Al fin, esta democracia no es el resultado de ninguna victoria, sino del pacto que siguió a la extinción natural del dictador; y, a pesar del deslumbramiento que haya producido no la hegemonía sino el dominio del PSOE durante muchos años, no parece una situación reproducible con este sistema electoral, que es también el resultado de su origen. Quizá la perspectiva no es muy brillante. Pero, ahora, es la que es; y en vez de echar leña al fuego, con memorias de guerras civiles y otras evocaciones, o con insultos desaforados, el predominio del voto cautivo nos fuerza a pactar; paciencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 06 de marzo de 1996.

Archivado En:

Te puede interesar

Lo más visto en...

Top 50