Resistir o claudicar
SALAMANCA, MADRID, Valencia, y, ahora, León: los terroristas han extendido el escenario de sus crímenes para que nadie pueda sentirse fuera de peligro. Los que ayer asesinaron a un comandante y mutilaron a su hija escucharán hoy las llamadas de la gente a la radio, leerán los comentarios de la prensa, les llegarán los ecos de la indignación de los vecinos, y exclamarán: "¿Veis cómo nos odian?". Y alguno de sus amigos, en rueda de prensa, ahuecará la voz para confirmar: "Los españoles no nos entienden". Su esperanza es que el odio que generan sea compatible con el temor que suscitan, de manera que esos mismos oyentes, comentaristas y vecinos comiencen a reclamar la rendición: a qué espera el Gobierno, por qué no negocia ya, nosotros qué culpa tenemos. Eso buscan: que la mayoría se desentienda e inste al poder legítimo a aceptar las exigencias de la minoría violenta.Qué ridículos resultan en estos momentos los distingos de algunos políticos a la hora de establecer las condiciones de su participación en el frente democrático contra los violentos; qué ridículos sus discursos a la luz descarnada de estos 10 nuevos cadáveres: los anotados desde que, hace 12 días, un joven a quien le habían dicho que su patria estaba siendo pisoteada disparó su escopeta contra dos ertzainas. Y qué irresponsables algunas iniciativas tendentes a vestir de sagacidad política la rendición, desacreditando lo que une a los demócratas -la Constitución, el Estatuto, los pactos de Ajuria Enea y Madrid- en aras de una corazonada mil veces desmentida por los hechos y también por las palabras.
Nunca ha habido atajos en la lucha contra el terrorismo. No lo fue la guerra sucia ni lo serían las concesiones. ETA sólo dejará de matar cuando se convenza de que hacerlo no le es rentable: que no sirve para arrancar los objetivos políticos que no es capaz de obtener mediante el convencimiento pacífico de los ciudadanos. Cuanto más pronto reafirmen ese mensaje los partidos democráticos, menos tiempo faltará para la paz.
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