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Cartas al director

Mururoa, mi amargura...

Cioran quizás podría dedicarle un bello y amargo silogismo a esto: en 1972 gasté suelas de zapatos y mucho tiempo de mi vida en Auckland (Nueva Zelanda) colaborando en recabar las 500.000 firmas de una famosa Half a Million Campaign. Se consiguieron, en un país que entonces no llegaba a los tres millones de habitantes. Cabía pensar que podía tenerse fe en la humanidad.En 1982, ya con una hija pequeña en brazos y en Sidney (Australia), la amenaza nuclear volvió a levantar su fea cabeza. Eran de nuevo los mismos que querían seguir con sus pruebas. Hasta el mismísimo Patrick White, Nobel de Literatura, estaba allí animándonos a no cejar. Habían pasado 10 años y nuestra fe ya no era tan sólida.

Mi hija tiene ahora 16 años y vivimos en Barcelona. Y ya ve, señor director, lo único que ha cambiado son los policías que, a costa del contribuyente, defienden los cuatro costados del consulado francés y que, sin duda, son hijos de los de entonces. ¡Ah!, y mi hija ya anda sola por las manifestaciones.-

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