Tribuna:28 MAYO
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Carta abierta a Belloch

Si echo la vista atrás de una muy larga biografÍa política, me siento humildemente orgulloso de haber intentado introducir -con algún éxito, creía, hasta ahora- una regla, no escrita pero respetablemente observada, en la vida pública: la de subrayar la existencia de una básica solidaridad entre cuantos hemos ejercido, en distintos Gobiernos y aún de distinto color político, la muy áspera responsabilidad de gobernar el Ministerio del Interior. Existen muchas razones en apoyo de esa conducta, pero baste con citar la que está en el ánimo de todos: la asignatura pendiente del desafÍo terrorista etarra contra el que todos hemos luchado.Aquella solidaridad implica mantener discretos silencios sobre las discrepancias, apaciguar las actitudes críticas incluso de los propios compañeros de partido, subrayar, con explícita notoriedad, los apoyos y coincidencias. Y esta actitud implica la forzosa contrapartida de adoptar un templado distanciamiento de los núcleos más duros de la pendencia política, incluso en campañas electorales. A esa regla de conducta me he atenido siempre. Y sin meterme a enjuiciar aquello en lo que nadie me llama, pienso que a ella se atuvieron sustancialmente sus predecesores.

De ahí mi estupor y sorpresa ante los estrepitosos términos de su irrupción en la campaña electoral, términos de tal radicalismo conceptual y tal violencia verbal. Términos, en cualquier caso, que difícilmente se corresponden con la sobriedad y el empaque institucional que todos los españoles quisiéramos reconocer en el hombre en cuyas manos tenemos confiada nuestra propia seguridad y, aún más, si a dicha función se superpone la todavía más solemne de ministro de Justicia y notario mayor del reino; es decir, fedatario de la verdad.

Ni aún con las licencias en que todos los políticos solemos incurrir en campaña -y de las que usted viene haciendo tan generoso abuso- son de recibo dislates tales como que "el aspecto estético de la derecha produce náuseas"; "la falta de pudor es la verdadera seña de identidad de la derecha"; "a los electores del Partido Popular la corrupción les da igual porque les parece normal"; "la corrupción forma parte del código genético de la cultura de la derecha"; "para los votantes del PP la ética no existe en su escala de valores"... y otra traca de atrocidades, en las que no resulta fácil conocer ni al ministro de Justicia e Interior ni al apacible Juan Alberto Belloch de los diálogos privados.

Sería cosa de tomarlo a broma de no ser triste el que desentierre vuestra excelencia el hacha de la más cerril intolerancia, del dogmatismo maniqueo, de la satanización del adversario, del falso antagonismo letal entre españoles de derechas y de izquierdas, afortunadamente no vigente ni percibido en el seno de la sociedad española y que todos quisimos definitivamente desterrar en el pacto de reconciliación subyacente en la Constitución de 1978. Siempre luché entre los míos contra el tópico caricaturesco de la izquierda intrínsecamente perversa, heredado del comprensible antagonismo de una guerra civil. Oyéndole, resulta que los peores excesos, las más grotescas caricaturas del "florido pensil" de nuestra infancia, palidecen ante la caricatura de la derecha "genéticamente corrupta" que vuestra excelencia propala.

Participo activamente en esta campaña. Mis compañeros organizadores de los actos conocen mi cordial debilidad por las ciudades con obispo y sin gobernador -aunque, como vuestra excelencia sabe, nada tengo contra esta irremplazable figura política y administrativa- Porque son ciudades, con poso y con peso, conservadoras en el más noble sentido del término, pero nada insolidarias, vivamente sensibles a la angustia de los menos favorecidos, nada propicias a los excesos del fundamentalismo ultraliberal que me resulta tan ajeno.

Ante estos auditorios, me resulta fácil hacer frente a los clichés de que el PP es el partido de los ricos, ha hecho una oposición poco responsable y no dispone de una visión nacional de España.

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Con el recuerdo de los admirables logros de la UCD en la consolidación del Estado de bienestar, pese a lo impropicio de las circunstancias económicas, me basta para hacer frente a la primera imputación.

El recuerdo de la conducta del grupo parlamentario socialista, incluso en materias de orden público, de 1977 a 1982, me basta para destruir la segunda. No puedo ni siquiera imaginar qué hubiera sido de mí si hubiera tenido que dar cuenta del asombroso vodevil de los papeles de Laos. No le oculto mi envidia, ciertamente no por su cargo, sino por poder contar con la oposición responsable que ejerce el PP, recordando la irresponsable y desaforada que yo padecí.

En fin, la claudicante supervivencia del Gobierno central, dependiente de un puñado de votos nacionalistas, descalifica, por sí sola, la imputación de la carencia de un proyecto nacional popular.

Sin embargo, pongo un especial empeño en hacer entender a mis auditorios la exhumación de los peores fantasmas de las dos Españas de labios de vuestra excelencia, a quien tantas veces me han oído defender en público.

Recordará vuestra excelencia que, en los tiempos posteriores a la victoria socialista de 1982, participamos juntos, casi siempre acompañados por el hoy diputado de IU Diego López Garrido, en numerosas reuniones relacionadas con los argumentos de la seguridad y de las relaciones entre los ámbitos judicial y policial.

Recordará también vuestra excelencia mis esfuerzos -casi siempre en clave de humor y con el apoyo de mi devota lectura del BOE- por convencer a los más temerosos de que la izquierda que había accedido al poder poco tenía que ver con la montaraz de medio siglo antes.

Por ejemplo, he evocado muchas veces aquel telegrama de Miguel Maura en el que, ante el vandalismo pirómano de mayo de 1931 y habiéndole solicitado instrucciones al gobernador de Málaga, el ministro de la Gobernación respondía "que podían quemar dos iglesias, pero pequeñas". Y ha contrapuesto aquel triste suceso con el Real Decreto, de 11 de abril de 1989, en el que se disponían los honores militares al Santísimo Sacramento, equiparados, por cierto, en numerosos cañonazos a los que se dispensan al vicepresidente del Gobierno, a la sazón Alfonso Guerra. Había llovido mucho, y para bien, desde la quema de conventos hasta la discusión normativa de si correspondía mayor o menor número de cañonazos de ordenanza a Guerra o al Santísimo Sacramento.

Mi amigo, y también suyo, Luis Terrón, presidente de la Asociación de Policías Republicanos -a los que tuve la jubilosa ocasión de rehabilitar-, me anunciaba en las últimas navidades su intención de pasar buena parte de las fiestas en un convento de monjas en Cazorla. A Terrón le cogió en Cazorla la guerra civil y esa circunstancia determinaría su expulsión del cuerpo. Con arreglo al cliché de sadismo que a mí me enseñaron de la policía republicana -y que en términos contrapuestos ahora vuestra excelencia reproduce respecto a la derecha-, Terrón debería haber exterminado a aquellas monjas a cuya hospitalidad ahora se acoge.

Del hilo de esta anécdota, me vienen al recuerdo las monjas de la abadía benedictina de San Andrés del Arroyo que me entregaron unos dulces con el ruego de que los hiciera llegar a Alfonso Guerra, por cuya persona -me dijeron- rezaban todos los días; aunque es dudoso que lo hagan también por sus intenciones.

Anécdotas aparte, vuestra excelencia no podrá privar a este "corrupto genético" de centro derecha el orgullo de haber sido el primer ministro del Interior, probablemente de los anteriores 170 años de nuestra historia que, por órdenes de Adolfo Suárez no tenía en la cárcel ni un solo preso por motivos políticos ni un solo exiliado fuera de nuestras fronteras por las mismas causas. Algunas de las disposiciones que con dujeron a tan feliz resultado fueron elaboradas por los Gobiernos de UCD con la cooperación de mi amigo, adversario y colega Enrique Múgica.

Como la política, en caso de ser ciencia no es, desde luego, exacta, me tocó dirigir, primero, la detención y, después, la liberación de Santiago Carrillo, así como la cuidadosa operación de la legalización del partido.

Como, en su condición de ministro de Justicia es vuestra excelencia el responsable de la dispensa de grandezas, honores y títulos permítame que le recuerde el asombro con el que Adolfo Suárez me comentó un día que, a la hora de despachar con el Rey en relación con la atribución de cierta dignidad nobiliaria, Su Majestad no tenía nada claro si tenía superior dignidad el título de conde o el de marqués.

Oyéndole, se pensaría que vuestra excelencia añora una España en la que las monjas no recen por Alfonso Guerra ni alojen a Luis Terrón, presidente de los policías republicanos; en la que yo no pudiera ser amigo de Múgica, Carrillo o, por supuesto, de vuestra excelencia; o en la que el principal saber del jefe del Estado, encarnación monárquica de la soberanía nacional, fuese el exacto conocimiento de la materia nobiliaria. Todo ello respondería al más arcaico diseño de las "dos Españas". Me temo que a algunos de su cuerda -y quizá a algunos de la mía- tan espantoso maniqueísmo les produciría una gran satisfacción. Es muy superior la satisfacción que a mi me produce la convicción de que tales actitudes confrontan radicalmente con el sentir de la inmensa mayoría de nuestro pueblo.

Coincido absolutamente en la esperanza de que "nunca más, por ninguna razón, por ninguna causa vuelva el espectro del odio a recorrer nuestro país, ensombrecer nuestra conciencia y destruir nuestra libertad" así rezaba la declaración institucional del Gobierno con ocasión del 500 aniversario del comienzo de la "incivil" guerra civil, suscrita por el señor presidente del Gobierno, que debería llamar a vuestra excelencia al orden, porque está vuestra excelencia exhumando y lanzando a los vientos de España aquel "espectro del odio".

Hubiera deseado no tener que escribir esta carta, pero se está haciendo vuestra excelencia sobradamente acreedor a ella. Debería reparar en que no ya el aplauso fervoroso de los incondicionales en un mitin, ni siquiera unos centenares de votos, ni, si me apura, el gobernar o el dejar de hacerlo en un par de comunidades autónomas o en 20 Ayuntamientos más o menos justifican sus excesos.

No le oculto mi deseo de que el señor presidente del Gobierno, por supuesto tras unas elecciones, deje el poder. También, con la misma intensidad, deseo que lo deje en las mejores condiciones de honor y decoro que creo merece. No me parecería democráticamente saludable que aquel al que le tocó presidir los fastos de 1992, conmemorativos del comienzo de la unidad de España, le tocara también presidir los del 2015, conmemorativos de la incorporación de Navarra y, consiguientemente, de la conclusión de aquella unidad. O, por lo menos, no parecería saludable que pudiera presidir éstos, sin interrupción, después de haber presidido los de 1992. Y ya que vuestra excelencia es, como decíamos, ministro de honores y dignidades, me gustaría que fuese el presidente del Gobierno Aznar quien gestionara el otorgamiento de los pertinentes títulos ducales para los herederos de los presidentes republicanos Alcalá-Zamora y Azaña, objetivo que pretendí con mayor ahínco que éxito cuando tuve oportunidad. Y no me escandalizaría nada el descubrir que el Rey seguía teniendo algunas dudas acerca de las jerarquías de las dignidades nobiliarias.

Si me permite vuestra excelencia el consejo, propio de la antigüedad en el oficio, pienso que los españoles prefieren ver a los ministros del Interior entregados a la atención de sus ingratos asuntos, consumidos en la inagotable duración de sus jornadas de despacho, afrontando el riesgo, al final indefectiblemente solitario de las decisiones; que no entregados a los excesos retóricos de las campañas electorales. No pierda de vista aquel aforismo anglosajón: "Todo lo extremoso es trivial". No caiga en la. trivialidad vuestra excelencia".

Rodolfo Martín Villa fue ministro de Interior con UCD y es miembro del Comité Ejecutivo Nacional del PP.

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