Tribuna:MARIO BENEDETTITribuna
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La democracia 'light'

Hace algunos años, el humorista argentino Carlos Warnes, más conocido por César Bruto, inventó una cita memorable: "Si razona el caballo, se acabó la equitación". Lo cierto es que la mayoría de los actuales jinetes de la política basan a menudo su estrategia en que el caballo no razona. Hay que reconocer que, en general, les da buen resultado. Nunca, como en este último decenio, se usaron tantas palabras profundas para expresar tanta frivolidad. Conceptos como libertad, democracia, soberanía, derechos humanos, solidaridad, patria y hasta Dios se han vuelto tan livianos como el carnaval, el aperitivo, el videoclip, los crucigramas o el horóscopo.Si alguien quiere hoy restituir a la palabra libertad su antigua enjundia, ha de desbrozar previamente tanta frívola maleza que al final sucumbirá abrumado por el tedio hermenéutico. Si otro, más ingenuo aún, pretende fundamentar la democracia en sus raíces etimológicas, se encontrará con que le sobran la corrupción y otras desinencias. La solidaridad no suele vincular a prójimo con prójimo, sino a multinacional con multinacional. La paz ya no es la aceptación, sino la abolición del otro.

La profundidad light estalla, radiante, no bien se oprime el gatillo mágico: de la televisión. En todos los enclaves de la llamada civilización, y salvo meritorias excepciones, los bustos parlantes exhiben luna sonrisa para los concúrsos de belleza y casi la misma para los muertos de Ruanda; una fúrtiva lágrima para las bodas de la jet-set y otra no tan bien maquillada para los pingüinos de la Antártida.

Ni siquiera_la indiferencia lustral de los posmodernistas se asienta en la más o menos fundamentada inercia filosófica de sus mentores. Aunque pocos de esos neófitos se molestan en leerlos, ello no impide que citen desde lejos al sesudo Lyotard y veneren con certeza y cerveza a Bukowski. Quizá por eso nadie pone el grito en el cielo cuando un fatuo Fukuyama resuelve, sin previa consulta a los oráculos de Delfos y Wall Street, acabar con las ideologías y con la historia. Pobre filosofía. La distancia que va de Hegel a Fukuyama sólo es comparable a la que media entre la Acrópolis y Disneylandia.

Hasta las religiones se frivolizan. Y no sólo a través de los célebres telepredicadores norteamericanos, modelo Jimmy Swaggart, o Marvin Gorman, o Jim Baker, o Billy James Hargis, verdaderos Savonarolas místico-financieros, puritanos en lo sexual y verdaderos leones de las finanzas, que suelen espiarse mutuamente para registrar, y hasta filmar, sus deslices extraconyugales. De prédica sabihonda y práctica cachonda, los telecatequistas han sabido organizar, con un riguroso sentido del marketing, el multimillonario perdón de sus pecados de lecho y cohecho. Todos son, por supuesto, inexpugnablemente conservadores, y sus buenas razones tienen: sin ir más lejos, a Jimmy Swaggart se le atribuye una_renta anual de 130 millones de dólares. Dios aprieta, pero no ahoga.

Por otra parte, la Santa Madre Iglesia, no la marginal, sino la oficial, con su henchido currículo de cruzadas e inquisiciones, debería estar más atenta a sus parroquias. Lo cierto es que algunas de ellas cultivan alarmantes frivolidades. Recientemente, los obispos argentinos, imbuidos de la actual intolerancia vaticana, hicieron pública su indignación ante la realización de partidos de fútbol en Viernes Santo, considerándola poco menos que un agravio a Jesucristo. Es claro que semejante cólera episcopal bordea el ridículo, sobre todo si se tiene en cuenta que a partir de la reciente y espeluznante confesión del capitán. Scilingo surgieron vanos y convincentes testimonios acerca de la secreta connivencia de varios obispos (y otros pastores de almas) con los torturadores militares. A pesar de mi agnosticismo, me resisto a creer que el fútbol ofenda a Cristo (quien, como se sabe, padeció su propio calvario) mucho más que el trance abominable de los martirizados que no resucitan.

Por otra parte, es admisible que en el controvertido tema del aborto se puedan esgrimir serios argumentos a favor y en contra. Pero tengo la impresión de que el papa Wojtyla se pasa de trivial cuando asevera (en Polonia, 1991) que el aborto es un crimen mayor que el genocidio nazi o que la destrucción atómica de Hiroshima. ¿Y a la Santa Inquisición dónde la dejamos? Con toda razón, la Virgen de Civitavecchia llora con lágrimas de sangre su reincidente desconsuelo.

Para desfrivolizar el tema del aborto, habría que empezar por reconocer que cada mujer tiene más derecho que el Sumo Pontífice para decidir qué hace con su propio cuerpo y su propio futuro. Pero, como señala Tomás, Abraham, "la religión es una tecnología del poder, y su aplicación no está en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento ni en el Corán". Como Estado, el Vaticano es liliputiense, pero, de todas maneras, su pequeñez no es comparable a la de Mónaco, ni a la de Andorra, ni a la de San Marino. Si bien tiene aproximadamente mil habitantes, su real influencia abarca a 550 millones de católicos. Y este detalle no es, por cierto, trivial.

Cuando, en las últimas décadas, algunas de las más férreas dictaduras de América Latina fueron cediendo paso a estructuras democráticas, y en consecuencia desaparecieron, o al menos disminuyeron, la represión, las torturas policiales, la imposición ideológica, la censura, así como los motivos de exilio; cuando es6cambio por fin se produjo, la sociedad en su conjunto respiró aliviada, sintió que recuperaba su equilibrio. Al poco tiempo (o sea, a medida que iban siendo decretadas las anmistías a torturadores, la martingala de Punto Final y las coartadas de obediencia debida), la inicial euforia comenzó a declinar. Sin embargo, aquel periodo de transición, signado por un regocijo que era, entre otras cosas, expresión de deseos, le sirvió al sistema para encubrir o disimular un rápido desarrollo que, partiendo del maldito autoritarismo militar, engranó cómodamente con el bendito neoliberalismo salvaje. Y así, casi sin advertirlo, nos fuimos insertando en la democracia light. Que no es, por cierto, atributo exclusivo de América Latina. En este revuelto fin de siglo no hay mercado ideológico en el que no se venda gato por liebre.

La democracia light tiene la hechura, la armazón, el entramado de la democracia propiamente dicha, es decir, la que el diccionario define como "doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno". Sin ser todavía un dechado de virtudes, la democracia es por ahora el sistema más propenso al equilibrio social, el mejor diseñado para salvaguardar los derechos del ciudadano y su representación. La., democracia light, en cambio, introduce la liviandad, la irresponsabilidad, la desvinculación de toda ética, y un elemento fundamental: el culto del dinero, ya no como necesidad ni como factor esencial para la subsistencia, sino como clave de poder. No siempre se trata de un poder relevante, decisivo, sino incluso de un podercito, moderado, pero suficiente para provocar un hedonismo de poca monta.

Aunque por lo común aparezca como dividido en nomenclaturas varias, el verdadero poder queda casi siempre en pocas manos. Es claro que éstas pueden ser manos de títeres, pues ocurre a veces que el poder real no es ejercido por quienes aparentemente lo detentan y ostentan. La democracia light es en el fondo una parodia, una burla de la democracia verdadera. En cada país existe una Constitución que despliega su intención democrática; la democracia light es justamente el revés de esa trama, y suele favorecer un pragmatismo de la corrupción. La Operación Manos Limpias llevada a cabo en Italia, así como otros casos de sobornos y pingües negociados descubiertos en España, Francia, Bélgica, Venezuela, Brasil y Argentina, muestran los variados matices de ese viciado pragmatismo y en algunos casos su extensión multiclasista y pluripartidaria.

En 1989, en pleno entusiasmo por la caída del muro de Berlín, el presidente checo, Václav Havel, pronunció una frase para el mármol: "La historia y la moral se están reconciliando". Sin embargo, sólo seis años después, la historia y la moral andan a las patadas. En los países del Este, precisamente, la democracia light entró como Perico por su casa. Las nuevas, improvisadas Constituciones llenaron las formas; la corrupción, en cambio, aportó los contenidos. Y como si eso fuera poco, el exceso en los escaparates se enfrentó con las carencias de los mirones.

Hay que admitir que el estilo trivial se había instalado previamente en el Occidente de las desigualdades: el famoso Estado de bienestar se fue transformando en un Estado del consumismo. No faltaron ni faltan los profetas del cambio, mas por lo general abogan por un revisionismo superficial, signado por la búsqueda de lo flamante, el fanatismo de las privatizaciones, las averías de la ética. O sea: al César lo que es del César.

También el hambre, la sed, las guerras (especialmente si son lejanas), conocen su trágica profundidad light. Para muestra, basta el botón del Golfo: durante esa guerra absurda, las puntuales y perfeccionistas cámaras de la televisión norteamericana se esforzaron en mostramos la infalibilidad de los bombardeos con la misma lúdica seducción con que los pasatiempos electrónicos catequizan a niños y adolescentes. Y sin embargo...

Sin embargo, el bienestar del espíritu aún importa, el zumbido de la conciencia todavía es audible, la aspiración a la justicia enardece al poder, el impulso solidario sobrevive. A duras penas, pero sobrevive. Es posible que, como reza la propaganda de cualquier refresco o pócima diet, la frivolidad baje el colesterol. Pero a esta altura tal vez sea más digno morir de mucho colesterol que de poca vergüenza. Sólo me queda espacio para reiterar la cita de César Bruto: "Si razona el caballo, se acabó la equitación", y dedicarla a los nuevos jinetes del Apocalipsis.

Mario Benedetties escritor uruguayo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 04 de mayo de 1995.

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