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Tribuna:

Minorías, pluriculturalismo e integración

¿CÓMO INTEGRAR LOS SUBURBIOS? Alrededor de las grandes ciudades se han ido desarrollando cinturones o suburbios que suelen albergan amplias zonas de marginación humana y urbanística. ¿Cómo integrar estas periferias urbanas? Las respuestas son tan complejas como os elementos que están en juego: desde el cambio sufrido por las ciudadades tradicionales, concebidas en un orden concéntrico, hasta la coexistencia de colectividades pertenecientes a etnias y culturas distintas, que suelen formar el tejido social de los espacios suburbiales. Tres especialistas -los sociólogos Alain Touraine y Salvador Giner y el arquitecto Oriol Bohígas abordan algunos aspectos de este problema.

Cuando se busca la mejor manera de integrar a los inmigrados o a los extranjeros en una colectividad nacional o, más concretamente, en una ciudad o un barrio, la dificultad principal no reside en la elección de los medios. Todo el mundo tiene claro que el paro, la segregación o un código de la nacionalidad fundamentado en el derecho de la sangre son grandes obstáculos para la integración.La primera dificultad surge del hecho de que las dimensiones social, cultural y nacional de la integración están muy separadas entre sí. Alemania tiene un código de la nacionalidad que hace prácticamente imposible que un turco logre la nacionalidad alemana, pero ha acogido muy bien a los Gastarbeiter [trabajadores inmigrantes]. El Reino Unido organiza comunidades, lo que implica necesariamente una cierta segregación, pero tiende a que los emigrados terminen siendo ciudadanos británicos. Francia da acceso fácil a su nacionalidad, pero permite que se desarrollen la discriminación social y, sobre todo, las expresiones de xenofobia organizadas políticamente, aunque tenga una proporción de matrimonios mixtos mucho más elevada que el Reino Unido o Alemania. Es decir, no se debería hablar gIobalmente de integración, sino, por separado, de nacionalización (entrada en la nacionalidad), asimilación (entrada en una cultura) e integración (entrada en una sociedad y una economía). La dificultad más considerable reside hoy en saber si de seamos la integración y qué entendemos por ello. Dejo a un lado a los que sueñan con expulsar a los inmigrados, no sólo por tratarse de una idea brutal y escandalosa, sino so bre todo porque en muchos países, como Estados Unidos, Reino Unido o Francia, una gran parte de esos inmigrados han nacido en el país de acogida y porque, como es el, Paso de Francia, parte de ellos, los hijos de argelinos, a los que se llama beurs, tienen desde su nacimiento nacionalidad francesa. Dado que en muchos países la inmigración está restringida desde hace ya tiempo, el problema del choque cultural de llegada no afecta más que a una parte muy pequeña de la población de origen extranjero. En Francia, que junto con Suiza es el país con mayor porcentaje de personas de origen extranjero, los recién llegados que sufren graves problemas de asimilación se limitan prácticamente a las mujeres africanas que son acogidas en nombre del reagrupamiento familiar, es decir, cuyo marido trabaja ya en Francia. En este caso, las dificultades principales residen en la poligamia (hasta una fecha muy reciente, la ley francesa preveía alojamientos familiares para varias esposas y todos sus hijos), en el analfabetismo, en hábitos como la escisión del clítoris, prohibida por la ley francesa y considerada normal por muchas familias y, más comúnmente, en un status de la mujer que origina grandes tensiones entre muchas adolescentes y sus familias. La gran mayoría de la opinión pública rechaza las prácticas que están en contradicción con valores muy arraigados, lo mismo que no acepta que los miembros de determinadas sectas se nieguen a vacunar a sus hijos. Como ha recordado valientemente Claude Lévi-Strauss, el puro relativismo cultural entra en contradicción con lo que es una cultura y una sociedad.

Los problemas reales son diferentes. Si bien casi todo el mundo cree en una integración general, que normalmente se realiza en la tercera generación -tras los problemas que suelen afectar a la segunda generación-, hay un debate seno y difícil entre los que creen en un triunfo necesario de las normas "racionales" y "modernas" frente a los hábitos "tradicionales", léase "tribales", los que defienden un multiculturalismo general, y, finalmente, los que desean una diversificación cultural, pero manteniendo siempre ciertos principios considerados como universalistas. En realidad, sólo esta tercera postura es realista. La primera choca con la globalización, que destruye las barreras que separaban las naciones. Hoy podemos observar cómo los países europeos que están invadidos por la cultura de masas estadounidense se preocupan también por preservar una cierta identidad cultural. ¿Cómo los franceses o los alemanes van a negar a los magrebíes o a los turcos lo que reclaman para sí? Y a la inversa, el multiculturalismo desemboca en la creación de guetos y, en la mayoría de los casos, en una desigualdad creciente de las oportunidades. Una minoría que da prioridad en la educación de sus hijos a la trasmisión de su herencia cultural los coloca en situación de inferioridad, pues tanto en Francia como en Alemania es más útil hablar inglés que vascuence, turco o bretón.

El caso español sólo es diferente en apariencia, ya que la amplia autonomía de Cataluña, por ejemplo, le da una independencia parcial y la lleva a comportarse con sus minorías de la misma forma y causando los mismos problemas que los Estados nacionales tradicionales. Hay numerosos ejemplos, por el contrario, de países destruidos por conflictos interculturales. Es el caso de Bélgica en este momento, como lo fue de manera más dramática el del conjunto indio al término de la colonización. La descomposición de los imperios ha hecho surgir Estados sin la tradición de los Estados-nación, por lo que es deseable lograr acomodos como los de Eslovaquia o Rumania, países en los que viven grandes minorías húngaras. Es la única manera de evitar la escandalosa solución de la "depuración étnica". Pero no hay ninguna razón para considerar tales acomodos como objetivos deseables para países que han logrado ser Estados-nación como Estados Unidos, Japón, Corea, Reino Unido o Francia e incluso Alemania e Italia.

Queda por interrogarse sobre las razones para aceptar o rechazar la diversificación social o cultural de los actuales Estados-nación, diversificación que puede reposar en el reconocimiento de las culturas de los llegados de fuera, o en el de las viejas culturas minoritarias destruidas y estigmatizadas. Ahí está el problema real: se trata tanto del reconocimiento de las culturas indígenas en las Américas como de las de las comunidades de emigrantes en los grandes países industriales. ¿Qué significa, concretamente, este reconocimiento? Durante mucho tiempo se ha mantenido, sobre todo en Estados Unidos, una separación sin problemas entre la vida pública y la privada, lo que parecía acordé con la laicidad del Estado, principio fundamental de las democracias modernas. Pero esta situación ya no es la nuestra. Ya no vivimos en sociedades edificadas por una voluntad nacional, democrática o no, que asociaba, que incluso unía en sus leyes y sus instituciones, a una sociedad con una cultura. Ahora, nuestra sociedad es, por un lado, un conjunto de mercados y de técnicas culturalmente neutros y, por otro, un conjunto muy diversificado de orientaciones culturales. Es la instrumentalización de la razón que necesariamente conlleva el fin de los privilegios acordados a nuestra cultura como portadora única del universalismo de la razón. Ello no justifica un multiculturalismo absoluto, sino más bien el reconocimiento de que una sociedad debe combinar en su seno las diversas culturas y la razón instrumental. La esencia de la democracia es hoy día reconocer que se puede manejar la razón técnica con valores culturales muy diversos a condición de reconocer esta diversidad, es decir, el derecho a la existencia de colectividades culturales, étnicas, religiosas, morales o simplemente biológicas diferentes entre sí.

Con estas reflexiones no me he alejado del problema concreto de la integración de las minorías, pues hoy en día no puede haber integración sin el reconocimiento de una cierta diversidad cultural que sólo puede estar limitada por los derechos humanos fundamentales, es decir, el reconocimiento del Otro como un ser humano tan libre y respetable como yo mismo. No tenemos que elegir entre un recurso autoritario a nuestro universalismo y el reconocimiento de un multiculturalismo sin límite. Tenemos que reconocer en cada individuo, en cada sociedad y en cada cultura el mismo esfuerzo para combinar la particularidad de una cultura con la universalidad de las técnicas y de la razón, combinación que sólo es posible si cada uno reconoce al otro como Sujeto definido por su capacidad y su voluntad de inventar tal combinación.

La mayor dificultad para la integración de los inmigrantes o las minorías no, reside en el paro, aunque evidentemente es un obstáculo considerable, ni siquiera en los prejuicios, con los que hay que contar, reside en nuestra dificultad de reconocer la identificación de nuestra propia cultura con lo universal, y, consecuentemente y por reacción, en la tentación de ir hacia un multiculturalismo extremo que, bajo un disfraz de tolerancia, lleva a la segregación y al rechazo del otro. La integración sólo tiene sentido si está totalmente asociada al reconocimiento del Otro no en su diferencia, sino en su igualdad conmigo mismo porque es tan capaz como yo de dar sentido a una experiencia que asocia la razón científica y técnica a la memoria de una cultura y una sociedad.

Alain Touraine es sociólogo y director del Instituto de Estudios Superiores de París. No puede haber integración de las minorías sin reconocer una cierta diversidad cultural

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de enero de 1995