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TRIBUNA

El peligro de dormirse

¿Cuáles serán los efectos principales de la rotunda derrota electoral de los demócratas de Bill Clinton, que sitúa al presidente de Estados Unidos ante un Congreso mayoritariamente republicano? ¿Qué gestión de Gobierno emprenderá Clinton en el resto de su mandato, ante este giro conservador del electorado? ¿Cómo resolverá esta encrucijada? Probablemente, algunas respuestas a esos interrogantes deban buscarse en las causas que motivaron el abrumador triunfo electoral republicano. Tres analistas norteamericanos -Gabriel Jackson, William Safire y Barbara Probst Solomon- ofrecen en estas páginas distintas versiones sobre la magnitud y características de lo ocurrido.

Vistos retrospectivamente, resultan más evidentes los factores que contribuyeron al desastre electoral del pasado 8 de noviembre, que acabaron con 40 años de dominación demócrata en el Congreso estadounidense. Pero con anterioridad ni los demócratas ni los republicanos comprendieron realmente que éstas serían las elecciones que harían época; que éste sería el preciso momento en el que la actitud de Gobierno del New Deal, que Roosevelt ayudó a implantar, se derrumbaría finalmente como el muro de Berlín.Lyndon B. Johnson, sucesor de Kennedy, fue el último presidente demócrata que fue un político profesional inteligente. Bill Clinton, como Jimmy Carter, había sido simplemente gobernador de un pequeño Estado del sur; se abrió camino hasta conseguir la candidatura de su partido en un año en el que no se presentaron candidatos demócratas con más enjundia porque estaban convencidos de que George Bush ganaría. Ni Carter ni Clinton tenían experiencia en dirigir el complicado baile político de Washington; nunca fueron senadores. Esto quiere decir que no tenían pericia, ninguna técnica para conseguir que sus proyectos de reforma fueran aprobados en la Cámara de Replesentantes y en el Senado. En la época de su elección, Clinton gozaba de un enorme apoyo popular; perdió el juego en los tres primeros meses de su mandato, al introducir a Hillary -los norteamericanos reaccionaron como si les hubieran puesto a Evita Perón- y sin saber cómo conseguir la aprobación de su proyecto de reforma de la sanidad, que se suponía iba a ser la versión de la Administración de Clinton del New Deal.

Si se declara la guerra al poderoso lobby médico, a las compañías farmacéuticas y de seguros y al voto conservador, hay que admitir que se está llevando a cabo una especie de revolución; hay que actuar con fuerza y velocidad. Clinton y los demócratas, divididos internamente fueron a tientas, se durmieron y permitieron que se les desviara el rumbo en el tema Hillary, e infravaloraron la habilidad de los republicanos, respaldados por la clase médica, para frustrar el proyecto sanitario de Clinton, gastándose grandes sumas de dinero en publicidad negativa. Si se debería prohibir la publicidad negativa -que equivale al asesinato pagado en televisión- en futuras campañas, del mismo modo que se prohibió el gas venenoso tras la 1 Guerra Mundial, es algo que se está discutiendo acaloradamente en la actualidad -es una podrida caja de Pandora- Pero en estas elecciones fue devastadoramente eficaz.

Una vez dicho esto, creo que hay razones mucho más profundas para que los demócratas perdieran, razones que puede que ni siquiera seamos capaces de imaginar. Existe un gran cansancio; parte de ese cansancio y de ese descontento, tanto con el Gobierno como con unos problemas que parecen no terminar nunca, es un fenómeno mundial. Las ideas izquierdistas y liberales de "ayudar a las masas" parecen ahora curiosamente en quiebra; las estancadas poblaciones conflictivas, que han sobrevivido a las, ideologías que en tiempos las englobaron, parecen ahora más amplias, más amenazadoras. Los estadounidenses creen en la actualidad que no hay la prosperidad suficiente para desenvolverse; que ingobernables segmentos de una. población inmigrante indefinida están hundiendo al país económica y moralmente.

Los republicanos han jugado con estos temores. Y gran parte de la circunscripción tradicional demócrata ya no se molesta en votar; los políticos negros no pudieron conseguir que la población negra votara en gran número, lo que hubiera supuesto la victoria para los demócratas. Los inmigrantes ilegales, que integran otro grupo presumiblemente demócrata, no tienen voto. Muchos estadounidenses creen que se dedica a éstos una parte excesiva del presupuesto de gastos sociales, y que han creado una situación en la que ya no se puede considerar el inglés el verdadero idioma del país. Las actitudes racistas poco disimuladas, que en épocas anteriores se hubieran mantenido ocultas, se consideran chic. Más escandalosa es la reciente obra publicada por los profesores Murray y Herrnstein (Herrnstein fue un eminente profesor en Harvard), The bell curve; su tesis racista, redactada con insinseras palabras científicas, demuestra que los negros tienen genéticamente un cociente de inteligencia inferior al de los blancos. Se ha convertido en el libro de cabecera de aquellos republicanos que intentan acabar con los programas sociales.

Finalmente hay que decir que los demócratas se habían vuelto perezosos. El invierno pasado me encontré asistiendo con cada vez más frecuencia a reuniones de estudio en el Harvard Club, reuniones organizadas por instituciones conservadoras tales como el Manhattan Institute de Nueva York. Puedo no haber estado de acuerdo con muchas de las conclusiones alcanzadas, pero todas las mentes pensantes de Nueva York estaban allí. Mientras tanto, los demócratas dormían. Es peligroso dormirse cuando se tienen enemigos que se consideran marginados, especialmente cuando da la casualidad de que esos enemigos son ricos, poderosos y ansiosos de poseer lo que tú das por sentado.

Barbara Probst Solomon es escritora y periodista estadounidense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 17 de noviembre de 1994

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