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Guardiola, decepcionado por su mala actuación

El partido había acabado y también la cena. Los jugadores se despedían de sus familiares, que regresaban a España. Un futbolista, generalmente extrovertido, parecía circunspecto, un poco abatido. Seguía con el partido en la cabeza. Lo desmenuzaba para encontrar respuestas a su mal juego y a la decepción que sufría. Es mejor decirlo: Guardiola. "Tienes que criticarme", me dijo. Estaba herido porque nadie asume un compromiso más rotundo con lo que hace en el campo que el medio centro del Barcelona.El malestar de Guardiola tenía que ver con una forma de interpretar el fútbol. España había ganado y acababa de conquistar un puesto en los octavos de final. Una postura cínica de Guardiola le hubiera permitido agarrarse al resultado para rebajar su sentimiento de culpa. Al fin y al cabo, hay gente que considera que lo único importante en el fútbol es el resultado. Puestos a mirarlo de esta forma, la selección había ganado su primer partido en el Mundial, había logrado su mayor cuota de goles y se había pasado a la segunda fase. Pero el jugador miraba más lejos, como lo hace en el campo. Esta clase de futbolistas son sensibles con su trabajo. Habían jugado mal, lo sabían y se sentían responsables.

La postura de Guardiola tiene grandeza, pero es demasiado desgarrada. Su mal juego es criticable, como el de Guerrero, o el de Caminero en la primera parte. Pero el nivel de culpas tiene que ser compartido. Un buen equipo no se hace sólo con algunos buenos futbolistas. Es la lección que aprendimos frente a Bolivia. Lo trascendente es la idea, la decisión de seguir un camino sin dudas. Es un problema histórico de España, también evidente en esta Copa del Mundo.

Jugaron varios de los buenos, pero, ¿a qué jugaron? A nada. Ellos ofrecen la posibilidad de cambiar de modelo, salir de la indeterminación que ha lacrado históricamente al fútbol español y tomar una vía atractiva y eficaz. Cada uno de ellos lo ha demostrado en su club: Guardiola en la dirección del gran Barca; Guerrero en la conversión radical del Athletic; Caminero en su extraordinaria progresión en el Atlético. Podría discutirse si pueden jugar todos juntos, o si en algún caso pueden solaparse, como parece que ocurre entre Caminero y Guerrero. Pero lo importante es trabajar en una línea, con tiempo, con comprensión, sin colocarles en el paredón. Cierto, jugaron mal y ellos lo han sentido como una tragedia. Es la grandeza de estos futbolistas, su identificación con un compromiso nuevo. La verdadera realidad es que un mal partido de unos pocos obliga a la reflexión, pero no justifica la larga historia de óxido y miseria del fútbol español.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de junio de 1994