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Editorial:

El peso de China

LA ACTITUD de China en los últimos meses parecía provocadora con respecto a EE UU: cuando liberaba a algún disidente, pronto otro -o incluso el mismo- pasaba a ocupar su puesto entre los miles de presos de conciencia que tiene el gigantesco país asiático. Pekín demostraba así su escaso deseo de cumplir la condición que Clinton había puesto a la prolongación de la cláusula de nación más favorecida, fundamental para desarrollar el comercio entre los dos países. Finalmente, el 26 de mayo, la Administración norteamericana ha decidido mantener esa cláusula, con independencia de la conducta de China en el terreno de los derechos humanos. Clinton reprochó a Bush, durante la campaña electoral, su posición excesivamente conciliadora hacia el régimen chino. Hoy se alinea con las tesis de su antecesor. Este viraje es un indicio de la importancia del paso que ha dado ahora el presidente de EE UU.No se debe exclusivamente a la presión de los empresarios interesados en el comercio con China, aunque, sin duda, ha sido fuerte. China es el país cuya economía ha crecido a mayor ritmo el año pasado, y los intereses norteamericanos implicados en este comercio bilateral son enormes. Pero el problema de la cláusula de nación más favorecida se inscribe dentro del ámbito más general de las relaciones entre EE UU y Asia.

No parece casual que, casi en la misma fecha en que modificaba su actitud ante China, Washington adoptaba asimismo una actitud mucho más flexible en su negociación con Japón para intentar abrir los mercados nipones a los productos de EE UU. Atrás quedan las amenazas. Hay, pues, un problema más general: el peso de Asia en la economía mundial crece sin cesar y la presión para imponer la hegemonía de los principios occidentales ya no funciona.

Los argumentos del presidente Clinton para justificar su actitud -expuestos ayer por él en este periódico- son ampliamente razonables y merecen ser tenidos en cuenta. Es verdad que hay formas diversas de trabajar para que progresen los derechos humanos en China. Sin embargo, existe un peligro real en separar por una barrera impermeable, en la política exterior, los aspectos económicos de los políticos. Podría ser una forma de dejar la cuestión de los derechos humanos en el vagón de cola, para sólo echar mano de ésta si resulta útil. Es difícil, pero necesario, distinguir entre una política exterior moralizante, antesala del fracaso, y una política sin principios.

No cabe duda de que existen dificultades serias, en EE UU y en Europa, para entender y asumir el nuevo peso que tiene Asia en la economía mundial, así como las consecuencias políticas que ello implica. Al mismo tiempo asistimos, en varios países de Extremo Oriente, a un esfuerzo ideológico intenso por oponer los valores asiáticos a los valores europeos, entre los cuales se encontrarían los derechos humanos, que perderían así su carácter universal. Entre los valores asiáticos, la libertad del individuo quedaría en un lugar secundario. Para la diplomacia occidental (en su sentido político, no geográfico) será cada vez más compleja la tarea de intensificar las relaciones con Asia, dando a esta inmensa, laboriosa y próspera región el lugar nuevo que ocupa, sin hacer dejación de la defensa de unos valores de ámbito universal como la libertad y el respeto al individuo. Es una empresa difícil, pero imprescindible para mantener unos principios irrenunciables.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 1 de junio de 1994