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La llama olímpica no brilló en Madrid

En el año 1965, el Gobierno presentó la candidatura madrileña para los Juegos de 1972

Los alemanes se quedaron de piedra. Corría diciembre de 1965, y a Múnich, la gran favorita para erigirse como sede de los Juegos Olímpicos de 1972, le había salido una inesperada rival. El Gobierno español acababa de presentar la candidatura madrileña, empañando así el deseo alemán de enterrar el regusto amargo que el Berlín hitleriano le había dejado en 1936.Gonzalo de Benito, jefe del Departamento de Planificación Deportiva, ex campeón de España de esgrima y coronel de artillería, fue uno de los encargados de transmitir la apuesta española. "Nos animó el propio Comité Olímpico Internacional", asegura el militar, hoy jubilado. "El COI había celebrado la última asamblea general en Madrid y se quedó muy impresionado por las condiciones que reuníamos para celebrar un acontecimiento de esa categoría", añade De Benito. Sin embargo, como contaba un diario de la época, en Alemania, después de la sorpresa inicial, reinaba la sorna. "Digámoslo con franqueza, todas las simpatías que nos muestran no hacen subir un ápice el concepto en que nos tienen como organizadores. Lo más que nos conceden es la capacidad para improvisar genialmente una juerga o una comilona", decía un cronista alemán de la época.

El Comité Olímpico Español (COE), dispuesto a romper el tópico, presentó un programa "serio y realista", que incluía, entre otras cosas, la construcción de un estadio olímpico para 100.000 personas, un velódromo, una piscina olímpica, un polideportivo, dos polígonos de tiro y, según asegura otro rotativo, "como novedad quiere introducir la pelota vasca, muy extendida en otras naciones".

La propuesta sembró la polémica y polarizó las opiniones, lo que demuestra, según De Benito, que el Gobierno no tenía intención de rehabilitar su maltrecha imagen internacional a través del deporte. Por un lado estaban los defensores acérrimos, como Manuel Fraga, José Solís, Fernando Castiella o el mismísimo Franco. "El generalísirno", asegura De Benito, "respaldó la idea en el Consejo de Ministros y afirmó que no le importaba que la ciudad olímpica, proyectada en la carretera de Colmenar, penetrara en el monte de El Pardo".

En el lado opuesto se situaron los titulares de las carteras económicas, una parte de la prensa y algunos responsables municipales, entre ellos el alcalde Arias Navarro, que no acudió a Roma para dar el espaldarazo final antes del veredicto del Comité Olímpico Internacional. Más que oposición, De Benito cree que existía una ceguera momentánea ante los 10.000 millones del presupuesto.

La entonces astronómica cifra impedía, "pese a la buena situación. económica de los años sesenta", valorar los dividendos que ganaba la imagen nacional o las infraestructuras que iba a conseguir Madrid. "La ciudad siempre gana mucho con los Juegos. Múnich, por ejemplo, consiguió el metro". Nuestros responsables municipales, pese a su falta de fervor, habían echado cuentas y ya pensaban construir la autopista a Toledo, canalizar el Manzanares para evitar que todas las pruebas náuticas navegaran hacia Barcelona o, como sugería un diario, lograr que "el minúsculo pulpo de nuestros transportes subterráneos extienda sus preciosos tentáculos".

Sin embargo, al repasar la hemeroteca es fácil comprobar la cantidad de adeptos que tenían los ministros más reticentes. "Si continuamos acumulando honra sobre. Madrid", aventuraba un cronista de un diario local, "el día menos pensado tendremos que asistir a nuestras propias honras fúnebres". "El Ayuntamiento, tal como está su economía, lo más que podría aportar es el tradicional vino de honor a los visitantes", corroboraba otro. Pero la decisión estaba tomada, y tanto el COE como la diplomacia española se entrenaron en la contrarreloj de las alianzas internacionales, con el agravante de tener que desmentir la noticia de la retirada de la candidatura madrileña, propagada tres días antes del veredicto final.

"Todavía no hemos sabido quién nos hizo esa faena", asegura De Benito, "puede que fuera alguna de nuestras contrincantes [Moscú, Montreal o Múnich], pero nunca se descubrió. El caso es que tuve que ir al aeropuerto de Roma y, a pie de avión, negar a los representantes de los distintos países la veracidad de la noticia". El esfuerzo diplomático garantizó el voto de todas las delegaciones latinoamericanas e hizo caer un muro más insalvable, al menos para España, que el de Berlín: el bloque soviético. "Rusia, que en la primera ronda votó a favor de Montreal, en la segunda vuelta dio su apoyo". Una decisión nada sorprendente si se leen las declaraciones del delegado ruso: "Antes los Juegos Olímpicos en una isla de enfermos de lepra que en Múnich".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 1994

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