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Los camareros del bar de la casa de Besteiro resisten la segunda orden de cierre

Allí estaban, por segunda vez en tres meses, en la calle Mayor, frente a la cafetería de la casa del dirigente socialista Julián Besteiro. Los camareros, las señoras de los camareros y sus niños, representantes vecinales y los clientes asiduos del café Chiky. Se negaban a que el Ayuntamiento les cerrase el bar para arreglar la "ruina inminente parcial" de este edificio de protección integral. Consideran que la casa se puede reparar con ellos dentro y que sólo es un truco para que se marchen. La tentativa municipal volvió a fracasar.

La casa de Milaneses 2, donde jugó de niño Julián Besteiro, tiene sólo dos inquilinos: Nicasio Abramo, Chiky, al frente de su cafetería, y un vendedor de accesorios de motocicletas. Son los últimos resistentes en una guerra que se desencadenó en 1986, cuando los propietarios del edificio, los hermanos Díaz Rodríguez, pidieron la ruina de la casa, ordenada por el Tribunal Supremo en marzo de este año.Abramo no cejó. Dice que tiene informes de dos arquitectos, uno del Juzgado número 3 y otro del Tribunal Superior de Justicia, en el que afirman que la casa se puede reparar por medios normales. "Además, Bellas Artes de la Comunidad de Madrid [que vela por los edificios protegidos] está también de acuerdo", dice Chiky. El Ayuntamiento decretó la "ruina inminente parcial" de la trasera del edificio y, con orden judicial, desalojó al último vecino de su casa, situada en el segundo piso.

En julio, se produjo el intento de clausura de la tienda y el café, "provisional", según el municipio. Los nueve empleados de Chiky y sus familias -apoyados por la Federación de Asociaciones de Vecinos- se negaron a abandonar el local. Ayer se repitió la escena estival, dos veces a lo largo de la mañana. A la hora de comer, el secretario de la Junta, Enrique Mezquita, le dijo a Abramo que si no se iba, el Ayuntamiento se querellaría por desacato.

Las acusaciones se cruzan. Abramo mantiene que, desde mayo, los dueños sólo han desmontado las luceras y los balcones y que la casa se está resintiendo aún más, "pero siempre en la parte trasera, que es la afectada. Pueden hacer las obras con nosotros dentro". Jesús Díaz, uno de los propietarios, dice que desmontando los balcones "se aligeraba peso" y que hay que clausurar los locales porque puede haber peligro durante las obras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 28 de octubre de 1993

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  • El edificio tiene protección integral