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Tribuna:

Escribir / 2

Había conseguido dejar el tabaco, cuando se me apareció el diablo en forma de enfermera, con una bata de raso Satán, y me aseguró que si volvía a fumar los artículos se me escribirían solos. Al día siguiente, encendí un cigarro con la misma llama con la que había dado fuego al ordenador y comprobé que cada vez que daba una calada aparecía una línea en la pantalla. No paré de fumar o de escribir, no sé, en todo el día. Por la noche tenía mucha tos, pero había dado a luz una excelente reflexión sobre la privatización de las empresas públicas y un sesudo análisis sobre el Tratado de Maastricht, además de una razonada crítica sobre la cesión del 15% del IRPF. Al poco volvió Satán con un botón de la bata negra abierto, y los pezones, como dos nudos oscuros, dibujados sobre el raso, y me propuso mejorar la producción: sólo tenía que añadir a los dos paquetes de tabaco diarios 18 cafés. Dudé un poco, porque el café me sienta mal, pero estaba atravesando una mala época y pensé que esto me ayudaría a salir del bache. De manera que puse la cafetera junto al cenicero y, tacita a tacita, fueron apareciendo en la pantalla textos definitivos sobre el conflicto de la antigua Yugoslavia y el campesinado polaco, y hasta un análisis que lograba poner en relación la lucha de clases con la crisis interna del PSOE. Hasta entonces había escrito de esas cosas aparentando tener una opinión sobre ellas, aunque en realidad estaban muy alejadas de mi capacidad de comprensión. Soy un chico de barrio. Así que, cuando regresó Luzbel y me ofreció unas anfetaminas a cambio de ser capaz de escribir todo eso en inglés, tomé el frasco escondido entre sus tetas y diluí su contenido en una taza de café. Luego me dio un infarto y mientras me moría advertí que la frontera entre el éxito y la muerte era más fina que una hoja de huecograbado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 1 de octubre de 1993