Ocho 'bionautas' enflaquecidos respiraron ayer su primer aire libre en dos años

Concluye el proyecto Biosfera 2 de recrear vida en una 'burbuja' en Arizona

Los cuatro hombres y cuatro mujeres que han pasado los dos últimos años dentro de una enorme burbuja en el desierto de Arizona (EE UU) salieron ayer al aire libre, enflaquecidos, pero aparentemente satisfechos del desarrollo de su experiencia, no exenta de polémicas. Los ocho científicos participantes en el proyecto Biosfera 2 se han sometido voluntariamente a vivir en un medioambiente aislado del mundo exterior por unos bloques de cemento, vidrio acero con objeto de avanzar en el conocimiento de la ecología y servir de modelo a olonias espaciales.

Ataviados con trajes azules de estilo futurista, los ocho participantes en el proyecto fueron recibidos por unas 2.500 personas, mientras iban saliendo del invernadero levantado sobre 1,26 hectáreas de terreno, donde han estado viviendo aislados del exterior desde el 26 de septiembre de. 1991."Es un momento extraordinario. Decían que no era posible, pero aquí estamos, sanos y felices", declaró Mark Nelson, uno de los participantes en el experimento. Los bionautas, de edades comprendidas entre 29 y 69 años, han perdido el 13,75% de su peso. Linda Leigh dijo al salir que "se respiraba una atmósfera distinta" y que esta experiencia "fue como vilumbrar el paraíso".

Los biosferanos, como ellos mismos se han bautizado, han renunciado a hablar de sus discusiones o aventuras sentimentales durante los dos años que han permanecido juntos. Sin embargo, Roy Walford, el mé dico de la misión, de 69 aflos, había declarado días atrás a la prensa a través de un sistema de intercomunicación, que en el mundo exterior "nadie puede irritarse tanto como algunos han hecho dentro de la burbuja". Los responsables del proyecto estiman que el simple hecho de que ocho personas hayan podido vivir juntas en un mundo artificial y autártico casi totalmente constituye ya un éxito.

Del desierto al océano

Esta experiencia, financiada por el magnate tejano del petróleo Edward Bass, intentaba demostrar que el hombre podía vivir en autarquía (en un sistema de autoabastecimiento), especialmente para entrenarse a vivir en otro planeta.El invernadero, construido cerca de la pequeña localidad de Oracle, a unos 50 kilómetros de la ciudad de Tucson (Arizona), fue concebido como un microcosmos de la Tierra. Albergaba un bosque tropical copiado de la selva amazónica, un "océano" de 3.500 metros cúbicos de agua con barrera de coral, un desierto, una sabana y pantanos, así como 3.800 especies distintas de animales y plantas. "En 10 minutos podía ir de un desierto tórrido a un bosque tropical y después ir a plantar arroz como hacen los habitantes del sureste de Asia. Es un estilo de vida completamente agradable", dijo Nelson ayer.

"Hemos demostrado que la biosfera sintética puede sostener la vida humana y tiene una aplicación para el espacio", dijo la británica Jayne Poynter, a lo que el ecólogo Taber MacCallum añadió: "El cielo ha dejado de ser el límite".

Uno de los mayores contratiempos ha sido la reducción del oxígeno del ambiente hermético a dos terceras partes de lo normal, lo que ocasionó a los encerrados síntomas similares a los producidos por el mal de altura. Desde el exterior fue necesario insuflar oxígeno, lo que desencadenó una controversia que restó credibilidad al experímento. Además, una de las investigadoras, la británica Jane Poynter, tuvo que abandonar temporalmente el invernadero el 11 de octubre de 1991 -dos semanas después de entrar- para ser intervenida tras la amputacíón de un dedo de la mano. A su regreso llevó consigo numerosos suministros, como bolsas de plástico, mapas, libros y planos.

En los últimos contactos con el exterior, Mark Van Thillo, un belga de 32 años, declaró haber perdido nueve kilos al entrar en el proyecto, ya conocido como el Arca de Noé del siglo XX, de los cuales ha recuperado la mitad. "Todo ha ido muy bien. No ha habido nadie que dijera: ya basta, quiero salir, lo cual es en sí mismo un logro". Jane Poynter, de 35 años, dijo que el grupo ha sido capaz de producir el 80% de sus alimentos.

La experiencia, que ha costado casi 20.000 millones de pesetas, se ha convertido en una gran atracción turística, la más popular de Arízona después del Gran Cañón del Colorado. 450.000 personas han pagado unas 1.700 pesetas cada una para ver el invernadero.

El próximo mes de febrero, un nuevo equipo entrará en este invernadero especial para continuar la experiencia. Será: Biosfera 3.

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