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Tribuna:

Escribir

El caso es que me preguntó el diablo si le daría la mano izquierda a cambio de escribir Las moradas, de Santa Teresa. Cuatro dedos, le dije, la mano entera no. Insistió y acepté antes de dormirme porque en realidad me pareció un buen trato. Cuando dos días más tarde la perdí, en el hospital no comprendían mi sonrisa beatífica, pero me puse a ello y acabé el libro en un mes. Al poco, el diablo volvió en sueños, como siempre, y me ofreció el Cántico espiritual a cambio de lo que me quedaba del brazo izquierdo -le había gustado la mano y quería tener todo el conjunto- y tres dedos del pie derecho. Yo sabía que si empezaba con ese lado ya no podría pararse, pero la oferta era tan buena que me dio miedo regatear y acepté enseguida. Esta vez estuve dos meses en el hospital, pero al salir ya tenía en la sangre el ritmo de los versos y los escribí en dos semanas.Nada más acabar el Cántico volvió Satán, esta vez con Los ejercicios espirituales y La imitación de Cristo. A mí La imitación de Cristo no me interesaba, pero habría dado la mano izquierda por escribir Los ejercicios espirituales, de manera que puse alguna objeción, pero él dijo que se trataba de un lote y que si quería una cosa tenía que cargar con la otra, parecía un agente literario. Se llevó la pierna izquierda y los últimos dedos de la derecha. Por mi parte, disfruté mucho escribiendo Los ejercicios, aunque me atasqué varias veces con La imitación.

Cuando volvió Luzbel, le pregunté si no podía conseguirme La montaña mágica o Madame Bovary, y me explicó que por su condición sólo podía traficar con mercancía religiosa, pero me traía la Biblia y le entregué el alma, de manera que ahora ardo en el fuego eterno mientras la multitud me venera en los altares, lo que demuestra que la forma más eficaz de salvarse es marcharse al infierno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 24 de septiembre de 1993