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CARTAS AL DIRECTOR

Lapso de miseria

La mujer sentada sobre un cartón en el suelo, abrigada con 10 harapos de 10 colores descoloridos, cabizbaja, con esa desesperación perenne, tranquila, incorporada a la monotonía. Embarazada. Él está levantado, con esa barba que caracteriza a todos los mendigos, también vestido sin orden ni consonancia, de pie y suplicando en voz alta, mientras agita un prospecto de medicina en su mano izquierda: "¡Ayúdenme!, se lo ruego, mi mujer está embarazada y necesita tomar esta vitamina, ¡por favor, ayúdenme!". Atravieso toda la escena retraído, triste, no le doy nada, sólo llevo 125 pesetas en el bolsillo.A esta pareja me la cruzo todos los días, los dos sentados, él toca la flauta y ella, a su lado, no sé si escucha, siempre lo mismo hasta hoy, siempre el mismo cartel: "Mi mujer está embarazada, tenemos hambre". Hoy ha reaccionado y, en voz alta, de pie y con los brazos extendidos, suplicaba para vitaminas para su mujer, para su hijo. Y mañana, el mismo banco, la misma esquina, él tocará la flauta y ella parecerá que escucha mientras amamanta a su hijo. Qué nos importa a nosotros su existencia; total, es sólo un lapso de miseria matinal cuando nos dirigimos a nuestra oficina. Ahí termina su miseria hasta mañana a la misma hora, como ese buzón o esa farola, tan sólo otro pequeño detalle más de nuestro decorado.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 25 de marzo de 1993