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Mamá, ¿puedo volver a casa una temporada?

La recesión económica obliga a muchos veinteañeros a refugiarse en el hogar paterno

Hace 20 años, los padres solían mostrarse avergonzados y evasivos si sus hijos vivían en pecado; hace diez, puede que disimularan el divorcio de su hija; ahora, temen un nuevo pero cada vez más extendido signo de fracaso: la vuelta de sus hijos de veintitantos años al nido familiar. En EE UU, estas víctimas de la recesión de los noventa han sido apodadas Ilyas (de Incompletely Launched Young Adults, literalmente Jóvenes Adultos Incompletamente Lanzados). Son los que han vuelto a casa con los primeros reveses porque sus expectativas de éxito se formaron en los años de expansión económica y, de repente, se sienten confundidos porque las calles ya no están empedradas con oro.

Para la generación que pasó de los veinte años a finales de los ochenta, la vida era fácil, con abundantes trabajos vacacionales lucrativos, como mensajeros o camareros, y no faltaban empleos ocasionales sobre los que edificar una carrera floreciente como actor, fotógrafo o director cinematográfico. Sin embargo, justo cuando llegó el momento de establecerse, o de convertir esos contactos en un trabajo serio, las cosas empezaron a ponerse feas. ¿Qué podía hacerse sino volver a casa, con papá y mamá?No es sorprendente que los padres se sientan ofendidos cuando los amigos que vienen a comer se encuentran con la vergonzosa visión de un mozo de 25 años sin afeitar que quiere saber por qué no hay suficiente leche para su desayuno; es comprensible su desesperación por tener que revivir aquellas terroríficas trifulcas con adolescentes sobre el lavado de los platos o el préstamo del coche.

Sin embargo, lo peor de todo es la culpabilidad. secreta -especialmente cuando ven a los hijos de sus coetáneos con un buen empleo e independientes- al pensar que lo que ocurre es por culpa suya. Su temor es que por no haber conseguido infundir sentimientos de madurez o responsabilidad en sus hijos, éstos esperan ahora demasiado y se rinden con demasiada facilidad. Recordando la guerra y la depresión de los años treinta, se preguntan qué ha ocurrido con las lecciones de sus padres sobre la frugalidad y la previsión, sobre el trabajo duro y el tesón.

Regresar con deudas

Algunos hijos regresan a casa con algo más que la ropa sucia. Tienen también tarjetas de crédito en números rojos, deudas hipotecarias, negocios fracasados. "Lo peor de todo," dice un padre desesperado, con un hijo cuyo restaurante acaba de cerrar, "es la falta de energía que tienen para todo. Debe una fortuna a una amiga de mi mujer por la decoración, pero no es capaz de enfrentarse a ella y quiere que su madre le arregle las cosas. Sólo Dios sabe por qué pensaba que, para empezar, podía gastarse tanto dinero en acabados de lujo."Este padre se preocupa lo bastante de su hijo para no dejarle caer en bancarrota declarada, pero siente rabia y amargura al pensar que mientras que él ha tenido que deshacerse de su BMW y de varios muebles antiguos para pagar las deudas de su hijo, éste "sigue creyendo que puede disfrutar de cortes de pelo de 10.000 pesetas y de pantalones vaqueros de diseño".

Una mujer, que tampoco quiere ser identificada, pertenece a la generación de mujeres que dejaron de trabajar cuando se casaron, pero que animada por su hija buscó un trabajo cuando ella y su hermana se marcharon de casa. La hija se graduó en lenguas modernas y comenzó después un curso de contabilidad, pero se dio cuenta de que eso no era lo suyo. Trató de reorientar su formación profesional, pero no logró encontrar trabajo y volvió a casa, desmoralizada y desilusionada. Su abuela acababa de sufrir un ligero ataque, pero fue su madre quien tuvo que dejar su trabajo recién encontrado para cuidar de la suegra.

"Yo no sé qué ha ocurrido", explica la madre, estupefacta tras haber vuelto de forma tan súbita a su papel de cuidar de la familia. "Esperábarnos que tuviera tanto éxito... el mundo parecía a sus pies. Pero ahora ni se ha ofrecido a llevar a su abuela a las consultas del hospital. Puede que tenga razones para sentirse frustrada, pero no creo que yo me hubiera enfrentado a la situación con tan poco espíritu."

Los sentimientos de su marido, sin embargo, no son tan delicados. Piensa que lo mejor que pueden hacer por su hija es echarla a la calle para que se valga por sí misma: bastante tiene su madre con cuidar de la generación más anciana sin que esta joven adulta se comporte como una niña malcriada.

"Me siento tan atrapada..." suspira la madre. "Se suponía que ésta iba a ser mi pequeña parcela de tiempo libre. Cuando mis amigos me enseñan fotografías de sus nietos, me siento como una imbécil al quejarme de que ni si quiero puedo conseguir que mi hija deje la casa. Me siento como si hubiera sido yo quien, de alguna manera, no hubiera logrado convertirme en adulta."

Pero lo que esta generación de los ochenta debería tener en cuenta no es sólo la desesperación de sus padres, sino la generación. que rápidamente viene tras ellos, ya preparada y endurecida por la recesión y dispuesta a superar a sus acobardados hermanos mayores.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de diciembre de 1992