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Tribuna:

Gente que llama a la puerta

No sé cómo conseguimos atender a tanta gente, somos unos anfitriones perfectos: no se acababan de ir los de la colza acampados en Ferraz, cuando ya estaban llegando los del sida a la puerta del Ministerio de Asuntos Sociales. Los de la colza nos dieron mucho trabajo: había que bajarles bocadillos y dejarles usar los cuartos de baño y charlar con ellos cada poco para que no se desanimaran Nos pusieron la casa patas arriba, por el corte de tráfico, y no había quien aparcara en esa zona. Pero, bueno, parece que al final se marcharon contentos con el trato que les dimos. Lo que hace falta ahora es que tengan suerte en los pasillos de la Administración.Y no habíamos acabado de barrer Ferraz, cuando la federación de asociaciones de vecinos ponía en marcha una campaña de recogida de alimentos para Somalia. Se trata de hacerles llegar arroz y aceite, y para colaborar no tienes más que acercarte a la asociación de tu barrio y comprar un vale de arroz o uno de aceite, o los dos; en el precio va incluido el transporte y los seguros de la mercancía: un prodigio de diseño que esperamos esté dando excelente resultados.

Total, que íbamos de Ferraz a la asociación para salir corriendo enseguida a limpiar el Arco de Triunfo, que estaban a punto de llegar, agotados, los de la marcha del hierro, cuando va y se nos muere Luis Rosales. La gente se distribuyó para poder atender a todo y el poeta fue despedido en Cercedilla, con un día de sol que parecía de encargo. Y a todo esto había que prestar alguna atención también a los que venían en autocares para asistir al mitin de Felipe González en Las Ventas. Colocamos los autocares como pudimos al borde de la M-30 y parece que salió todo bastante bien, aunque leí aquí o dos páginas más allá, no sé, que algunos militantes se quejaban de la calidad del jamón del bocadillo. Pero los madrileños no tuvimos nada que ver en eso: me parece que se los habían dado en su federación.

Y por fin llega el lunes -el pasado, digo-, llaman los asturianos y los vascos, les abrimos la puerta, y se encuentran con más de 40.000 personas aplaudiéndoles y con la policía cortando el tráfico por donde ellos pasaban, que parecían ministros. Hasta Claudio Aranzadi, que siempre había dicho que a él no le gustaba meterse en estas cosas y que no tenía por qué invitar al primero que se presentara, aunque viniera andando, los recibió en su casa y estuvo de acuerdo con ellos en que la clase obrera va al paraíso, pero les explicó también que ahora desde Madrid ya no se llega al cielo: lo más lejos que se va es a Maastricht, y aun eso haciendo trasbordo en el paro.

El lunes ese que digo nos tuvimos que multiplicar porque empezaron también en la Casa de Velázquez unas jornadas de homenaje a Triunfo, que hace ahora 10 años que desapareció. Además de los de Madrid, vinieron amigos de Barcelona, de Valencia, de París.

Que llevamos unas semanas de no parar, ya digo, pero nos sale tan bien la cosa ésta de recibir gente y de inventar artefactos de solidaridad que al quedarnos solos, aunque estemos agotados, empezamos enseguida a inventar otra historia. Madrid es una casa grande, una pensión con muchísimas habitaciones, y en cada habitación pasa una cosa diferente, pero luego nos asomamos al pasillo y allí suceden todas al mismo tiempo. Ahora voy a arreglarme un poco, que estoy hecho un desastre, porque me ha dicho el portero que van a venir dos militantes del PSOE vestidos de mormones para explicarnos en familia los éxitos del decenio socialista. Por cierto, que mañana he quedado también con unos Testigos de Jehová; me gusta esta "gente que llama a la puerta", según feliz título de Patricia Highsmith, porque siempre se te ocurre, escuchándoles, alguna historia, aunque sea de terror. Madrid y yo somos así, señora.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de noviembre de 1992

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