Salvaje indiferencia

Eduardo vive en la enfermería. No tiene más que dos meses, se aferra a un osito de peluche y grita cada tres horas pidiendo el biberón. Eduardo, un jibón de manos largas, reconoce probablemente a Natalia, la bióloga especializada en primates que se lo lleva a casa por las noches para cuidar su manutención. Después, cuando Eduardo sea un macho adulto, no querrá saber nada de ella.
Los animales salvajes no se relacionan con los humanos, salvo crianzas o situaciones muy especiales. Eso sostienen los veterinarios Enrique Sáenz y Manuel López, echando por tierra el sueño sobre el leopardo que entabla amistad con su cuidador.
No eran esas escenas idílicas las que atrajeron al zoo a Lola Molina. Ella se ocupa de los 80 ejemplares de serpiente de este parque zoológico, a los que alimenta cada 10 o 15 días con ratones vivos. "No me conocen, y si alguna se te enrosca cariñosamente es porque siente tu piel tranquila y calentita. Harían lo mismo con un tronco tibio".
Víboras en celo
Los hermanos de Lola hacían antes el mismo trabajo que ahora cumple ella, que muestra con orgullo cada una de sus serpientes. Hace notar, por ejemplo, el nerviosismo de las víboras machos, que están en celo y sin hembra. No sólo Chu-Lin sufre de soltería.
Marcus no habría podido soportar este trabajo porque lo que más le gusta del suyo es que sus animales le proporcionan una respuesta, un resultado inmediato. El suizo Marcus Johann, jefe de entrenadores de los delfines, ha sabido elegir. Los delfines son los más afectuosos y expresivos animales de un zoológico. "Son como niños", dice Carlos de las Parras, uno de los ayudantes,de Marcus. "Les gusta que juegues con ellos, que les hagas cosquillas y les premies". Son tan receptivos los delfines que Marcus tiene por norma disimular sus preferencias para evitar celos entre los seis ejemplares del delfinario.
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