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Tribuna:

El otro Chipre

Recuerdo que en Berlín, a primeros de junio de 1982, cuando la Armada británica desvanecía a cañonazos los sueños anexionistas de la junta militar argentina respecto a las Malvinas, un exiliado de la dictadura bonaerense solicitó mi firma para un escrito de condena de la "agresión imperialista inglesa". Su petición, lo confieso, me sacó de mis casillas. La derrota humillante de la junta, le dije, iba a provocar su derrumbe y liberar al pueblo argentino de una pesadilla sangrienta: exactamente como la intervención del Gobierno socialdemócrata de Ecevit en julio de 1974 para salvar a los turcochipriotas del exterminio causó no sólo la caída del oficial felón que se había adueñado del poder en Nicosia, sino también la de sus mentores de la junta fascista de Atenas.El paralelo entre las dos situaciones saltaba a la vista: en ambos casos, un Gobierno democrático había actuado conforme a la legalidad internacional para ayudar a una comunidad en peligro originando con ello el desplome de dos regímenes ilegítimos que sin dicha operación de socorro habrían seguido acosando a sus propios pueblos con sus escuadrones de la muerte y secuestros parapoliciales.

El público tiene la memoria muy corta, y los cambios operados posteriormente en la zona -democratización de Grecia y golpe militar en Ankara en 1980-, al invertir los papeles de demócrata y antidemócrata y favorecer así el punto de vista heleno por razones de afinidad europeísta, cultural e ideológica, no deben hacemos olvidar lo ocurrido hace 18 años y las raíces del problema chipriota que sigue afectando negativamente las relaciones greco-turcas, no obstante los continuos esfuerzos diplomáticos de Inglaterra, Estados Unidos, el Consejo de Europa y, sobre todo, del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas hasta su última y equilibrada resolución 750.

El 2 de julio de 1974, el carísmático arzobispo Makarios, presidente de la República de Chipre y, como todos los dignatarios integristas de la Iglesia ortodoxa de la isla, partidario inflexible de la enosis -union de Chipre con Grecia- por medios que no excluían la violencia contra la minoría turca, pero cuyas relaciones con Atenas habían empeorado tras la caída de la monarquía, envió una sonada carta al general Gizikis, jefe de la junta, en la que denunciaba el apoyo de ésta a las actividades conspirativas y terroristas del tristemente célebre coronel Grivas y de los extremistas de la nueva EOKA [organización secreta sucesora de la que durante los años cuarenta y cincuenta se hizo famosa por sus atentados contra el sistema colonial inglés y la minoría turca]. Según Grivas, la resistencia de Makarios a sus planes expeditivos de solución final del problema equivalía a una traición a la enosis. Tres días después, Su Beatitud era derrocado por un golpe militar dirigido por el cabecilla de la EOKA-B Nicos Sampson. Mientras el arzobispo se refugiaba en una base militar inglesa, los extremistas iniciaron su campaña de exterminio de la población turca y de los disidentes griegos, algunos de los cuales fueron sepultados vivos. Dieciséis mil turcochipriotas se vieron forzados a abandonar 38 pueblos situados en zonas étnicas griegas. El 20 de julio, en virtud del Tratado de Garantía de 1960, firmado en Londres por Gran Bretaña, Turquía y Grecia, que avalaba la independencia binacional e integridad territorial de Chipre, el Gobierno de Ankara intervino militarmente para restablecer la legalidad y proteger a los turcochipriotas. Los terroristas de EOKA-B respondieron con la matanza de casi todos los habitantes de tres aldeas turcas: un monumento erigido junto a una de ellas muestra al forastero sobrecogedoras imágenes de la exhumación de cadáveres de mujeres, viejos y niños ante la prensa internacional.

El 14 de agosto, a fin de parar el genocidio, el Ejército turco extendió su control hasta los límites que actualmente separan la República de Chipre del Estado creado en la zona norte. A la caída de la junta tras el fracaso de la enosis, los ministros de Asuntos Exteriores de los tres países signatarios de los acuerdos de 1959, reunidos en Ginebra, reconocieron la existencia de una República de Chipre con dos administraciones autónomas. Nicos Sampson se vio forzado a dimitir. Y en una entrevista concedida durante su exilio a Oriana Fallaci Makarios revelaba: "Un día el general Ioannides [uno de los jefes de la junta militar de Atenas] vino a verme con Sampson para sugerirme un plan que según ellos resolvería para siempre el problema de Chipre. Besó respetuosamente mi mano y dijo: "Su Beatitud, mi proyecto es éste: atacar por sorpresa a todos los turcochipriotas en toda la isla y eliminarlos hasta el último. Espantado, le repuse que no podía dar mi asentimiento a dicho plan". Como el patriarca Rivera -el gran apologista de la expulsión de los moriscos-, Makarios sufrió una dolorosa crisis de conciencia. Pero su actitud posterior fue con todo más digna que la vergonzante claudicación del prelado valenciano elevado a los altares por la Iglesia de Roma.

En agosto de 1975, después del retorno del arzobispo a Nicosia, los dirigentes de las dos comunidades isleñas alcanzaron un mínimo acuerdo: permitir el traslado con sus bienes de los griegos atrapados en la zona norte a la parte sur y de los turcos de la parte sur a la zona norte. Desde hace 17 años, las dos etnias de la isla, separadas por la línea divisoria controlada por el contingente multinacional de las Naciones Unidas, viven pacíficamente, pero sin contacto alguno, después de varias décadas de lucha intercomunitaria y feroces ajustes de cuentas.

La situación de discordia que condujo a esta desagregación rigurosa no existió, conviene recordarlo, durante pasados siglos. Cuando los otomanos se apoderaron de Chipre en 1571, su llegada fue acogida con júbilo por la población y la Iglesia ortodoxa griegas, duramente perseguidas por el catolicismo intransigente de los venecianos: los nuevos ocupantes respetaron la autonomía de la Iglesia e invistieron al jefe de la misma con los poderes y dignidad de etnarca. La cesión de la isla a los británicos en 1878, durante la lenta agonía del poder otomano, no modificó la coexistencia pacífica entre la mayoría helena y la minoría turca. Inglaterra se anexionó Chipre en 1914 y lo convirtió 10 años después en colonia de la corona. Los grecochipriotas iniciaron entonces su campaña en favor de la enosis. Las propuestas británicas de autogobierno fueron rechazadas por las altas jerarquías de la Iglesia ortodoxa, cuyo fundamentalismo étnico-religioso fue el caldo de cultivo de la EOKA. Desde comienzos de los cincuenta, la EOKA, dirigida ya por el coronel Grivas, aplicó en Chipre los mismos métodos terroristas que las organizaciones sionistas Irgun y Stern empleaban en Palestina contra árabes y británicos: decenas de militares ingleses, así como chipriotas de las dos etnias, fueron víctimas de las bombas y ametralladoras de los partidarios de la enosis. En 1958, la EOKA atacó 38 aldeas turcas y obligó a refugiarse a 3.000 turcochipriotas en las zonas habitadas por su etnia. La violencia de los unionistas empujó a los Gobiernos de Atenas y

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Ankara al borde de la guerra: fruto de una transacción entre la enosis reclamada por los griegos y la doble enosis propuesta por los turcos fue el reconocimiento por las tres potencias interesadas -Gran Bretaña, Grecia y Turquía- de la República de Chipre, fundado en su independencia binacional y la autonomía administrativa de las dos comunidades isleñas. Los acuerdos de Zúrich y Londres de 1959 incluían asimismo un tratado de alianza entre las tres potencias y Chipre, destinado a garantizar la integridad e independencia de la isla, y fueron firmados por Makarios y el doctor Kutchuk en nombre de la mayoría griega y minoría turca.

La república binacional de Chipre duró poco más de tres años. El llamado plan Akritas -elaborado por la cúpula de la Iglesia ortodoxa y altos mandos del Ejército griego- volvió a poner sobre el tapete la exigencia de la enosis. Las enmiendas constitucionales de Makarios a la carta de la independencia implicaban el fin de la república binacional y la helenización completa de la isla. Mientras el arzobispo denunciaba los acuerdos de Zúrich y Londres, los unionistas ejecutaban sus planes de desarraigo y expulsión de la minoría: 103 aldeas turcas fueron total o parcialmente destruidas; la histórica mezquita otomana de Bayrakta sufrió el bombardeo del Ejército y, arrasada, fue transformada posteriormente en aparcamiento; más de 20.000 turcochipriotas tuvieron que huir a las comarcas habitadas por sus hermanos. Un alto el fuego, alcanzado con la amenaza de intervención turca, dio fin a los desmanes. Pero, entre 1964 y 1967, los unionistas de Makarios -cuya política progresista en el campo de los no alineados le confería un enorme prestigio- siguieron usando de modo sistemático contra sus paisanos turcos los procedimientos de castigo colectivo utilizados hoy por las autoridades israelíes en Cisjordania y Gaza: demolición de monumentos, derribo de viviendas, acoso administrativo, bloqueo de poblaciones enteras en las que se prohibía la entrada de una interminable lista de productos estratégicos en la que figuraban, por ejemplo, artículos tan temibles como chaquetas de cuero, guantes y calcetines de lana. Los ataques masivos de los unionistas al mando de Grivas debían ocasionar aún en noviembre de 1967 la destrucción de otras aldeas turcochipriotas. Presionada por Turquía, la diplomacia americana impuso la retirada de 10.000 soldados griegos introducidos ilegalmente en la isla. Desde esta fecha, las relaciones entre Grivas y Makarios se agriaron: lo que el último quería conseguir con paciencia y astucia, el primero y la EOKA-B pretendían arrancarlo por medio de las armas. La política de la Iglesia ortodoxa griega -como hoy la de Israel en los territorios ocupados y la de los serbios en Kosovo- no originó, muy significativamente, una reacción de repudio en Europa, pese a que los extremistas, mayoritarios en ella, empezaron a complotar con el halcón Grivas la caída de Makarios. Los europeos han tendido siempre a ver las cosas de Chipre a través del prisma exclusivamente heleno, con olvido de la presencia multisecular de cien mil y pico de chipriotas distintos. Así, Lawrence Durrell, en su obra Limones ácidos, ambientada en la isla, omite toda referencia a los turcos, si bien es verdad que también en la Alejandría de su célebre Cuarteto evacuaba mentalmente de ella a toda su población árabe.

Viajar a la actual República Turca del Norte de Chipre -proclamada en 1983, después del fracaso repetido de las negociaciones para volver al punto de partida de la Constitución de 1960 y reconocida tan sólo por Ankara- convence a cualquier visitante de que únicamente la existencia de dos Estados autónomos unidos mediante una confederación de escasos poderes puede asegurar una paz duradera a la isla. Los recursos naturales de Chipre permiten un nivel de vida aceptable a los miembros de ambas comunidades. Poner en tela de juicio el modus vivendi tan duramente logrado conduciría a una libanización del problema, como la que actualmente se produce en Bosnia-Herzegovina y el Cáucaso. La reciente resolución 750 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en la que se reconoce la igualdad política de ambas comunidades y se aconseja el establecimiento de un Estado federal compuesto de dos partes, ha sido aceptada por Ankara y los turcochipriotas y recibió una acogida positiva del primer ministro de Nicosia hasta que las acusaciones de "traición" del actual arzobispo Crisóstomo le obligaron a dar marcha atrás. Como en décadas anteriores, el fundamentalismo nacional religioso de la Iglesia ortodoxa constituye el principal obstáculo a la consecución de una paz definitiva y equitable.

El otro Chipre, visitado hoy por decenas de millares de turistas del norte de Europa, brinda al forastero un compendio de las diferentes civilizaciones y periodos históricos de esta bella isla mediterránea: ruinas romanas; iglesias bizantinas; espléndidas fortalezas venecianas; monasterios griegos; alhamas, palacetes y tekkes de derviches otomanos; viviendas coloniales inglesas con verandas y techo de dos aguas. No obstante la escasez de recursos, su Gobierno lleva a cabo una meritoria restauración de iglesias como la de Salamis y la tumba de San Barnabás o las convierte en centros culturales. En Girne -la Kirenia griega-, cuyo puerto y castillo venecianos evocan los de la costa dálmata, el turista puede alojarse si le apetece en el hotel Sócrates: más respetuosos que los coroneles de la junta denunciados en el filme de Semprún y Costa Gavras -¡para quienes el filósofo corruptor de la juventud debía ser borrado de la memoria humana!-, los turcochipriotas evitan la saña etnocida y manifiestan un respeto ejemplar a los símbolos y valores ajenos, aunque la historia amarga del último medio siglo les haya convencido de la necesidad de vivir juntos, pero no revueltos.

Juan Goytisolo es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de mayo de 1992