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Tribuna:

El absurdo como norma

Si no se conoce la organización del mundo editorial soviético, es imposible entender la realidad de los problemas que plantea la relación escritor-editor (en mi opinión, ningún extranjero está en condiciones de entenderla. Para ir haciéndose una idea, habría de tener siete cabezas, todas diferentes, o bien haber nacido y vivido durante bastante tiempo en Rusia). Ante todo, y es lo esencial, hay que hacer abstracción del sentido común para sumergirse en las profundidades del absurdo. No hay ni una sola estructura que no esté afectada por la mentira, la codicia, la ambición o la perfidia, pero con un poco de energía creadora ninguna de estas taras es capaz de impedir el progreso ni constituye en sí misma un peligro mayor del que podría imaginarse. Pero en Rusia, donde la razón es escarnecida por tradición (Dostoievski, venerado por todo el mundo, veía en ello una invención del diablo), donde la energía siempre es sospechosa, donde la iniciativa es objeto de sanciones, donde el hombre acepta el peor de los desamparos a condición de que el vecino no lo pase mejor, donde muchas veces la belleza remite a la mediocridad y despierta el instinto de destrucción, donde la noción de personalidad se diluye en la bruma, donde toda propiedad es vergonzosa cuando se compra, aunque loable cuando se roba, en un país semejante el absurdo se hace norma, las expectativas quedan recubiertas por la niebla y la oscuridad y nadie sabe ya de qué será capaz mañana. Pueden encontrarse explicaciones históricas a esta situación. Desde hace tiempo, los filósofos, los pensadores, los periodistas y los escritores rusos se han dejado encantar por los aspectos más originales del carácter ruso, eso que exportamos comúnmente bajo el nombre de alma rusa. Para explicarlo suele invocarse la pasividad adquirida a lo largo de 300 años de dominación tártaro-mogola; los eslavos absorbidos por las apacibles, pacientes, dóciles poblaciones finlandesas que vivían en el territorio de Rusia; la religión ortodoxa, con su misticismo, su ascetismo y la lentitud oriental de los ritmos bizantinos; la inmensidad de las llanuras sin límite de la tierra rusa; los tres siglos de servidumbre que han aniquilado en el hombre el respeto por la propiedad (él mismo pertenecía a otros), y el respeto a la persona humana (él mismo estaba reducido a simple mercancía). Suele señalarse la degeneración de la conciencia tras siglos de alcoholismo. Suele invocarse, en fin, lo que hay de innato, de enigmático en el alma rusa, de la que se dice que es por esencia femenina, húmeda, sombría y sumisa, en oposición al alma occidental seca, masculina, activa. Que en una u otra de estas explicaciones haya algo de verdad, algo de sensato, o que haya que ir a buscar en otro lugar la respuesta, lo que es cierto es que existe un carácter ruso, hecho de una aleación única, y que cada uno de nosotros posee, aunque nada más sea una pequeña parcela de esta herencia común, lo que no es óbice para que, dado que el pueblo ruso es tan diverso, haya alguien que desmienta esta definición.Volviendo a la relación escritor-editor, diré solamente que en Rusia hay hambre y sed de palabra, que es a la vez objeto de temor y de veneración. Hay una creencia profunda, casi religiosa, en el poder mágico del verbo, y nadie es más perseguido, más frecuentemente vituperado, pero también más respetuosamente reverenciado, que el escritor. Basta con escribir para gozar de ese asombroso privilegio, pero ¡ay del escritor que decepcione las esperanzas de sus invisibles admiradores! Apasionadamente afanoso por ser distinguido, la indiferencia de sus fieles le provoca asombro, tristeza, cólera, envidia, rabia, como si se hubiera propuesto conquistar un trono. Y de poder es de lo que se trata, ya que hasta el más perfecto incapaz, una vez en el trono (es decir, en posición de publicar sus obras con regularidad con cualquier editor corrupto, aunque le abandonen sus lectores), se convierte en el más terrible de los tiranos, a imagen de esos déspotas insensatos del Oriente medieval. Como un verdadero tirano, ejerce el derecho de vida y de muerte sobre otros escritores, mantiene una corte de aduladores, acapara los espacios privilegiados de las revistas, arroja sobre sus enemigos pez hirviente, piedras y hasta fuego griego. Un autor muy conocido, lleno de ambición, encargó un día a uno de sus esbirros que le escribiera un artículo laudatorio. Éste no escatimó las comparaciones: Homero, Eurípides, Aristóteles, Lope de Vega, Dante, Shakespeare y muchos otros eran pura bazofia a su lado. Un crítico literario que se disponía a abandonar la provincia para ir a Moscú se permitió un atisbo de sonrisa al respecto y nuestro tirano presionó sobre las autoridades hasta obtener la anulación del traslado, y ya se preparaba a dar el golpe de gracia al provinciano cuando este último pudo hallar su salvación con la llegada al poder de Gorbachov. El tirano en cuestión ocupa hoy un alto cargo. Es el jefe de fila de un importante grupo de escritores fascistas, para quienes todo el mal proviene de los judíos, de los extranjeros, de los heterodoxos, y hace muy poco el grupo ha pasado abiertamente a las amenazas físicas mediante comandos lanzados contra todos los que piensan de otra manera. La oposición derecha-izquierda, o, más exactamente en el contexto actual, fascistas-demócratas, está hoy en el ojo del huracán de los conflictos que dividen el mundo de los escritores.

Un conflicto que no se limita, claro está, a los escritores de oficio, ya que entre los líderes de estos movimientos de izquierda o de derecha se hallan, al lado de los escritores y de los periodistas, unos recién llegados que de pronto han descubierto el don -o el vicio- de la palabra. La politización del medio literario es tal que muchos son los escritores que se lamentan de no tener ni el tiempo, ni la fuerza, ni la tranquilidad de ,espíritu indispensable -en principio, sosegada y apacible- para la creación literaria. Y ya no se trata solamente de tiempo perdido en salir a la calle, bajo la irresistible presión de la prensa y de la televisión, para sumarse a la masa que se manifiesta bajo sus ventanas, o para expresar su rabia con un artículo político. Más terrible aún para el escritor es el peso de sus propios fieles. De naturaleza apacible, consagrado desde siempre a sus poemas líricos, en los que puede cantar a las mariposas y a las nubes, de golpe se le viene encima un aluvión de llamadas telefónicas que se avalanzan sobre él. Se le reclama en la tribuna donde debe tomar la palabra, se le elige diputado, le gritan "¡Hurra!" o le gritan "¡Fuera!"; ante miles de personas debe afrontar una cascada de cuestiones: ¿qué piensa de Dios?, ¿de Lenin?, ¿del comunismo?, ¿de la economía?, ¿de la agricultura?, ¿de los enfermos del,sida?, ¿de sus colegas?, ¿de la censura?, ¿de Stalin?, ¿de la emigración? Se le pregunta si el fin del mundo está cercano y si, en consecuencia, habría que

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emigrar; si Iván el Terrible fue un tirano y por qué se fusiló a la familia del zar; si la dominación tártaro-mogola le parece haber sido beneficiosa (sólo que concluyó hace 600 años); qué piensa de los poetas absurdistas de hoy. Unas mujeres histéricas lloran y le envían pequeños iconos envueltos en un pañuelo de bolsillo mientras otra, borracha, se abre camino a través de la gente y le pide ayuda: era dependienta, robó y la han despedido; tiene que ayudarle a encontrar otro trabajo. Después llegan los emisarios de otra ciudad. Le apremian, le exigen que vaya con ellos y que hable -le pagarán lo que pida-; si hay que hacerles caso, toda la ciudad le espera, sin que nada más les importe, y lo cierto es que no exageran. Al principio, el escritor está confuso, se ríe, se muestra como alterado, pero poco a poco le va cogiendo gusto al asunto y acepta este fervor popular como si fuera un homenaje que le es debido, y si le vienen ganas de presentarse al Sóviet Supremo y dirigir el país, o fundar un partido, o ser líder de la oposición o de cualquier movimiento político, nada hay más fácil, las puertas están abiertas.

Toda nuestra existencia se ha hecho tan absurda, tan inimaginable, tan inconcebible que hace que los escritores espontáneos crezcan como los champiñones después de la lluvia; para todo se reclama un artista, en el sentido estricto de la palabra, todo exige ser descrito, quedar fijado para siempre sobre el lienzo o en el papel. Para nada sirve ir más lejos, ni siquiera salir de casa: la absurdidad demente de la vida está ahí, te sale al encuentro, te guiña el ojo a través de la ventana, llama a tu puerta, derriba la puerta de tu apartamento. No se trata de una metáfora; hay que tomarlo al pie de la letra.

Cuando me preguntan de dónde saco los temas de mis relatos me entran ganas de gritar: pero cómo, ¿no creen acaso que nuestra vida, por su misma absurdidad, es un tema inagotable y que cada uno de nosotros es un personaje apto para formar parte de una novela? Vean ustedes mi casa, miren dónde vivo: ¿temas? No tengo más que escoger donde me plazca.

A veces tengo la impresión de que en estos días de enorme locura muchos escritores viven, como yo misma, una especie de desdoblamiento de personalidad. Se halla el escritor en la situación del pintor que quiere observar con detalle, fijar y reflejar sin deformarlo el caos de nuestra vida. Pero en tanto que individuo responsable, que ciudadano, tiene que resistir a este caos, combatirlo en la medida de lo posible. El escritor es como ese zoólogo que tiembla de emoción ante una variedad todavía desconocida, araña, serpiente o sapo; encuentra su felicidad en las pesadillas que le ofrece la vida de todos los días, pero nunca aceptará vivir en el zoológico expuesto a los caprichos de unas criaturas venenosas y descerebradas. Recuerdo que un día -hace de esto ya algunos años- iba de tienda en tienda buscando fruta para mis hijos. No encontraba nada hasta que me llamó la atención un objeto, un artículo de recuerdo que se veía en los escaparates de las tiendas: un pequeño frutero de arcilla lleno de una imitación de frutas: plátanos, una manzana, una pera, uvas. Un producto de importación. Un responsable del Ministerio de Comercio Exterior había conseguido unas divisas no para comprar fruta auténtica, sino para imitaciones de plástico. Nadie parecía asombrado ante tanta estupidez, pero todo se comprende fácilmente, ya que toda nuestra vida está hecha como de imitación: una economía de plástico, una ideología de plástico y, sobre todo, un Gobierno de plástico. El mundo de la vida y de la naturaleza cede su lugar a las quimeras, a los extraterrestres, a los fantasmas, a las brujas. La televisión muestra por las mañanas a cierto doctor. Se calla tras haber invitado al telespectador a que coloque ante el aparato un recipiente lleno de agua. Tras una sesión de magia se supone que esta agua ha adquirido virtudes curativas capaces de sanar todos los males. Hay enfermos que juran que esta agua les ha ayudado. Los paralíticos andan, las mujeres tienen hijos. La mismísima Lourdes envidiaría estos resultados. Según unas estadísticas difundidas por la televisión, de 50.000 cartas recibidas en los estudios, 21.000 estaban dirigidas al doctor. La radio, por su cuenta, ha tenido que recurrir a unas sesiones mágicas equivalentes.

Durante una entrevista, una joven religiosa ha revelado que antes no era creyente. Había concluido la universidad y dibujaba con cierto talento. Después, un día, encontró la fe, comprendió que "la razón engendra el pecado", y entró en un convento. Un escritor famoso toma la palabra durante un congreso. Todos los males, según él, tienen su origen en las fotocopiadoras. En el comité consultivo de los fondos de beneficencia encargados de recoger dinero para la lucha contra el sida se lamenta un cirujano. El hospital en el que trabaja es el único que admite parturientas afectadas del mal. Se ha cortado ya seis veces mientras operaba, y el hospital no dispone de guantes. "Os lo suplico", exclama, "os lo ruego encarecidamente, ayudadnos a obtener guantes...". Un eminente profesor, miembro de la Academia de Medicina, le responde con una sonrisa llena de condescendencia: "Todo eso no son más que tontadas; lo esencial es actuar para conseguir una mayor moralidad. Bastaría con arrestar a todas las prostitutas y todo se arreglaría".

"La razón engendra el mal". Renegar del pecado es lo mismo que renegar de la razón. Y ya se sabe que "el sueño de la razón engendra monstruos".

Ese es uno de mis temas favoritos. O al menos es uno de los que más inspiran mis relatos.

T. Tolstoi es escritora rusa. Traducción: J. M. Revuelta

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de febrero de 1992