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El Sur en Madrid

El autor expone aquí el problema que sufren los inmigrantes marroquíes, llegados en busca de una vida mejor, a los que la sociedad madrileña explota y margina. Es una avalancha que hace ineficaz el empeño por reforzar las fronteras.

Los he visto cubiertos de porquería hasta la cintura mientras limpiaban cloacas. Su mirada no traslucía ninguna clase de rencor. Los he visto también trabajando de madrugada, por la noche, cualquier día de la semana, en labores duras y difíciles. Nunca aprecié en sus ademanes malestar o algo similar. .Un halo de silencio les ha envuelto siempre. Surgían de la oscuridad con timidez, evitando llamar la atención. Tal vez por eso constituyen el colectivo más desconocido de España, de Madrid. Son los marroquíes, los moros o los del Sur, pues son numerosos los apelativos con los que se les nombra por estas tierras. Empezaron a llegar a principios de los años ochenta. Eran pocos y silentes. Nunca se pudo diseñar una invasión con menos alharacas, y aunque ésta no estaba programada de antemano, su avanzadilla impuso unos cánones calcados hasta la saciedad. Yo sé que no querían molestar; solamente esperaban un gesto, que se hacía tozudo. Muchos han muerto en la aventura de una travesía hacia la esperanza. El viento de este otro desierto inesperado para ellos, repleto de incomprensión, ha acallado las, huellas de su dolor.

Ellos han elegido para vivir en Madrid, los arrabales de los yuppies, allí donde se acumulan los desperdicios del consumo. Cerca de la sociedad rica y triunfante, han construido sus hormigueros con paredes de cartón y tablas. Han sabido permanecer escondidos, sin pedir nada, abrigados unos junto a los otros,

Recientemente, sus senderos, sus caminos recónditos, crecieron en el trasiego diario y permanente de ida y venida. Sin duda era la señal de algún gran acontecimiento. Antes de que el sello de algún torvo funcionario les cerrara la puerta y de que papeles y pasaportes se interpusieran en su trayecto deseaban estar dentro del hogar europeo.

El hormiguero ha crecido hasta los límites de lo imposible. No parece importar. Vinieron buscando un hermoso sueño: lograr una vida mejor, sin escasez y sin humillaciones. Pero aquí han soportado algunas cosas con un. estoicismo digno de leyenda. Nunca podré olvidar cómo piadosos padres de familia y modernos y hasta progresistas profesionales o ejecutivos del lugar les contrataban de viva voz. para ahorrarse unos duros. Ocurría esto, sobre todo, durante los fines de semana. Por muy poco dinero, vecinos de los pueblos , del noroeste de Madrid alquilaban por horas-una mano de obra dispuesta a trabajar en cualquier cosa y a un precio ridículo. Los he visto en las plazas de estas poblaciones antes de que el sol alumbrara, ateridos de frío, esperando que alguien comprara su mercancía.

Posturas simples

Al menos, muchos se habrán percatado de la absurda imagen del árabe fanático y terrorista, pero tengo serias dudas de que ellos, nuestros visitantes del Sur, más remisos que sus hermanos negros de África para salir a la luz, hayan disipado la sensación que les abruma sobre los occidentales ariscos. Son posturas demasiado simples que tardan en desaparecer, pero la dura realidad de este Sur que rodea Madrid las hace más inevitables.

Los he visto vendiendo en la plaza y he oído comentar que estaban bien pagados, puesto que el pecunio recibido era. una fortuna en su país de origen. Pocos españoles tuvieron que escuchar una estupidez similar durante su periplo migratorio por tierras europeas en un pasado cercano, aunque ya sea dificil de recordar.

Viven apiñados; ahogando la espera, pero con la fuerza que les concede la ilusión por un futuro que se les niega en su propia tierra. Nadie con responsabilidad, con medios, quiere resolver su situación. Recuerdo la frase de un político que advertía del riesgo que representaría para su municipio mejorar las condiciones de habitabilidad de estos magrebíes. "Vendrían entonces como moscas desde otras zonas de Madrid", se atrevió a decir mi interlocutor..Se les retira el pan porque son muchos los que tienen hambre; pero, anécdotas aparte, lo que se observa es una falta de coordinación sobre este particular casi patética. O un vértigo, o un marasmo hacia unas masas cercanas que están llamando a nuestra puerta. Por eso se perfeccionan las fronteras sin que nadie se atreva a afirmar que sea ésa la mejor solución ante la avalancha. Una marcha silenciosa que ya ha iniciado sus primeros pasos y que, más tarde o temprano, se colará por todas las rendijas.

Baltasar Magro es periodista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0003, 03 de noviembre de 1991.