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El congreso de los 'tories' británicos soslaya el debate sobre la unión europea

Europa es la espada de Damocles que pende sobre John Major. Y su partido lo sabe. Los organizadores del congreso anual del Partido Conservador británico, iniciado ayer, consiguieron que en el debate sobre política exterior ningún delegado agitara demasiado la peligrosa cuestión europea -que ya acabó con Margaret Thatcher en noviembre pasado- ni formulara la pregunta prohibida: si Major está a favor o en contra de la unión monetaria.

Blackpool, un Benidorm frente a un gris y ventoso Atlántico, deprimido hasta el extremo de no recordar con exactitud cuándo vivió tiempos tan poco prometedores. Y en cuanto a Europa, la posición oficial de los conservadores se hizo coincidir ayer con la poco esclarecedora propuesta que Major llevará en diciembre a la cumbre comunitaria de Maastricht: el Reino Unido, que insiste en la ampliación de la CE por el Este, acepta un acuerdo limitado sobre la futura unión política y económica, pero exige a cambio que el Parlamento británico pueda revocar ese acuerdo. De esta forma se mantendrá la incertidumbre. Y la unidad del partido.Hoy habla Thatcher

Margaret Thatcher, que interviene hoy en la conferencia conservadora, ha hecho saber a través de sus más fieles colaboradores que exigiría públicamente un referéndum si Major cediera a las "pretensiones federalistas" de Bruselas. Con lo cual abriría una guerra intema en el partido justo en vísperas de unas elecciones que se presentan muy reñidas, según los sondeos.

Los nuevos dirigentes conservadores temen de tal forma al carisma de la ex primera ministra entre los militantes que han organizado una entrada simultánea de Thatcher y Major en la sala para que no puedan compararse los aplausos que hoy reciban una y otro.

El presidente del partido, Chris Patten, pronunció ayer un discurso inaugural dedicado en su mayor parte a ridiculizar al Partido Laborista. Los demás oradores siguieron una línea similar, sin detallar cuál es la oferta conservadora del posthatcherismo.

Mientras, en el exterior del palacio de congresos de Blackpool, un grupo de médicos protestaba por la decadencia del Servicio Nacional de la Salud (uno de los puntos flacos de la gestión conservadora), y en Londres se anunciaba inoportunamente que la privatización de las minas prevista por el Gobierno causaría la desaparición de más de 40.000 puestos de trabajo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 9 de octubre de 1991

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