Tribuna:EL MAPA DE ESPAÑA / 3 - NAVARRATribuna
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De súbito tañen campanas

Llegamos a Tudela y el Nano quería comer en Casa Ignacio porque se lo habían recomendado. Pasó un joven tudelano con attachè, y le consultamos: "¿Usted sabe por dónde cae Casa Ignaclo?". ¿Se refiere al Pichorradicas?", precisó. "Cabe esa posibilidad", respondió el Nano, que semejante posibilidad no la habría imaginado ni por lo más remoto. "Pues han tenido suerte: está aquí, a la vuelta".A la vuelta era la calle de Yanguas y Miranda, que tiene túnel; antes del túnel se baja una escalinata; primero está la Casa del Pueblo, y a continuación, Casa Ignacio, restaurante sin pretensiones aparentes, como suelen ser los restaurantes de buen comer. Pichorradicas respondía al nombre con mucha naturalidad. El Nano preguntó muy respetuosamente:-"¿El señor Pichorradicas, por favor?". "Servidor de ustedes". Comimos lo que aconsejó: cogollos de Tudela y ternasco de su creación, guarnecido con un delicioso suflé,

El Nano es un ser especial. El Nano es inquieto, preguntón y pesadísimo. La verdad es que al Nano no hay quien le aguante. Apenas habíamos tornado el postre cuando ya se precipitaba a callejear Tudela, y menos mal que cruzando el túnel de Yanguas y Miranda está la plaza de los Fueros, dónde accedió a que nos sentáramos en una de sus muchas terrazas para tomar café sosegadamente y ver pasar a los tudelanos. La plaza de los Fueros tiene al centro templete de la música; uno de sus laterales es el ayuntamiento, en los restantes hay bares y comercios; las fachadas están azulejadas y blasonadas, y esa combinación de azulejos, hierro, piedra, comercios, dan gran amenidad y colorido a la plaza.

Uno de los laterales no está azulejado con blasones, sino con la Tauromaquia de Goya. El Nano, cuyo vicio es preguntar, preguntaba: "¿Ese quién es?". "Martincho en un alarde". "¿Y esotro7. "El licenciado de Falces recortando al toro". "¿Y dónde está Falces?". "Falces está a media hora de aquí".

Falces es un pueblecito peculiar, que a poniente se cierra con la altísima pared de un cordal. Subimos al monte por una larga carretera, que muere en la basílica de San Salvador. Mereció la pena, pues desde allí se contemplaba un impresionante panorama. Abajo, el pueblo a vista de pájaro; más allá, las piscinas y el campo de fútbol; luego, el río Arga, y la gran llanura de cultivos hasta el horizonte de un serrijón celado por las calimas, que linda con las Bardenas Reales. Por los parajes de esta montaña que corona la basílica, los falcenses celebran encierros al estilo de los sanfermines de Pamplona, pero no calle de la Estafeta arriba, sino monte abajo, que tiene mucha más emoción: siempre hay posibilidad de que ruede por las carrascas algún forastero, y el toro también.

Cruzamos Caparroso, Mélida, Carcastillo, en busca de las Bardenas Reales; una Navarra totalmente distinta a la agrícola de La Ribera y radicalmente opuesta a la agreste y umbría que llaman la Navarra húmeda. Entrábamos en las soledumbres de una Navarra inhóspita donde a veces surgían campos de cereales, pero el panorama que surcaba la carretera estaba hecho de vastas parameras, resecas cortaduras, alguna rnota parduzca ondulando el yermal.

Poco antes de llegar a Careastíllo habíamos hecho un alto en la abadía cisterciense de la Oliva, y allí fue donde el Nano entró en olor de santidad. Algo misterioso ocurrió... El monasterio de la Oliva no es ni el único ni el más impresionante que pueda encontrarse en Navarra. Por el contrarío, en Navarra, los monasterios abundan. Tiene especial fama el monasterio benedictino de Leire -en el mismísimo Camino de Santiago-, donde fue abad aquel san Virila que salió a pasear, estuvo meditando sobre la eternidad mientras oía el canto de un ruiseñor, y cuando regresó habían transcurrido 300 años. Algo bueno se habría podido dar para que de nuevo cantara el ruiseñor y al Nano le sucediera lo mismo. El monasterio de Leire, abrigado por los altos farallones de la sierra y cerca del pantano de Yesa, que se extiende abajo entre arcabucos y sotos, es sobrecogedor por su entorno y también por su cripta, donde yacen los primeros reyes de Navarra. Verla vale 20 duros. Sucede que está en la oscuridad más absoluta, según corresponde a las criptas con fundamento, pero metiendo 20 duros en un ingenio electrónico se enciende la luz.

Al Nano le inducía a la meditación trascendental aquella naturaleza ruda y boscosa. Sin embargo, no habría de ser nada comparado con las sensaciones que habríamos de sentir camino adelante, en demanda del Pirineo. Hicimos ese camino surcando el valle del Roncal. No es un largo viaje. En Navarra se cambia de paisajes, de climas y hasta de costumbres con sólo dos revueltas. En Roncal comimos Pochas, degustamos queso y recordamos a Gayarre, cuyo nombre aparece por todas partes. Las calles son empedradas; las casas, de piedra también, para resguardarlas de las nieves y los fríos pirenalcos. Conversamos con solícitos roncaleses y con simpáticas roncalesas. Una le cortó la cabeza a Abderramán, pero eso fue hace más de mil años. Ahora son muy amables.

La carretera serpentea por la sierra de Uztarroz, luego por los bosques de Irati, atravesando parajes bellísimos, enormes hayedos y abetales, florestas de pinos, olmos, avellanos y bojes por todo el ámbito montoso que se va empinando hacia el grandioso anfiteatro azulenco del Pirineo. Adentrándonos en una breña y trepando luego un peñasco que no era el Everest, pero que nos hizo sudar como si lo fuera, nos asomamos a una garganta profunda por donde discurría el río Irati. Un buitre que revoleaba de altanería a lo lejos derivó abatiéndose hacia donde estábamos, quedó en contenencia sobre el vacío de la garganta y nos medía con Ojos de rapiña. El Nano, que es bajito y narizotas, era presa fácil, y servidor no hubiera tenido inconveniente en utilizarlo de cebo, pero al buitre no debió de apetecerle bocado tan desagradable, batió alas, caló vertical y desapareció trasmontes.

Baztán es un valle de gran personalidad y encanto. Hicimos la entrada por Urdax y era la hora de almorzar. Lloviznaba, nos envolvía un aroma dulce de hierba fresca, rumoreaba el riachuelo, pasó una moza conduciendo par de vacas..."Esto es lo que esperaba encontrar", comentó el Nano, "la Navarra auténtica, aún no contaminada por las sofisticaciones de la civilización. Entremos en este restaurante, donde degustaremos la gastronomía autóctona". Leímos la carta, y ofrecía como especialidad de la casa "paella valenciana". El Nano pidió explicaciones a la camarera: "Oiga usted, joven, ¿a qué viene esto de la paella valenciana, aquí, en Urdax, si puede saberse?".

Comer es un gozo en Navarra. En cualquier parte hacen golosina de los pimientos del piquillo, el ajoarriero, los espárragos, la borraja y restantes verduras, las carnes y los pescados. En Pamplona tienen fama Josetxu y Rodero, aunque el Nano y un servidor preferíamos El Álamo o los asadores de Zubiondo y el Martintxo de Zizur Menor, donde sirven un cogote de merluza que quita el sentido. Pamplona, fuera del estruendo de los sanfermines, es una ciudad apacible donde los niños son más niños que en ninguna otra parte del país. Entre los niños y los adultos hay una permanente relación de ternura. Es mentira que ya no haya reyes de Navarra. Los reyes de Navarra son los niños.

La fragura de Navarra va suavizándose según baja hacia el Sur, hasta convertirse en vergel por La Ribera y en erial cuanto más al Este. Por Tafalla y Olite ya es franca la llanura y huele a cultivos y abonos. En los hachos hay fortalezas y castillos, vigías de los llanos. Al santuario de Javier acuden cada día peregrinos. Ujué tiene fortaleza e iglesia románica, santuario y ermita, mesón donde guisan migas, y venta de almendras garrapiñadas.

Desde allí queda a dos trancos el monasterio de la Oliva. Fuera zurean palomas, y en la penumbra de la iglesia hay un silencio sepuleral, sólo alterado por las pisadas ligeras del Nano y un servidor. De súbito tañen campanas. Y ante nuestra sorpresa van apareciendo monjes de andar sigiloso, las caras escondidas bajo la albura de sus capuchones. Se llegan al coro, y al oírse el último campanazo emprenden el canto gregoriano: "Yo soy poobre, pero el Señor cuuuida de miií...".

El Nano y un servidor hacemos lo que hagan los monjes: ¿Que se ponen de pie? Nosotros, de pie. ¿Que se arrodillan? Nosotros, de rodillas. ¿Que se inclinan en profunda reverencia? Nos inclinamos en profunda reverencia. Los monjes jóvenes desafínan y entonces aún tiene mayor encanto el gregoriano, que resuena profundo y misterioso en las altas bóvedas.

Anochecía cuando abandonábamos el monasterio, conmovidos y transfigurados, el Nano en loor de santidad. Dijo: "Después de esto, te juro que no volveré a decir jamás rehostia". Se arrellanó en el asiento del coche y permaneció en silencio, ¡Dios bendiga la orden cisterciense! Luego se durmió y hubo una iiimensa paz, hasta Soria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 02 de agosto de 1991.

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