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Madrid es una tormenta

La tormenta purificó el aire de la ciudad quemada y Madrid fue durante unas horas de un sábado saturnal de julio un lu gar a expensas de la tempestad Como si la ciudad se hubiera quedado boquiabierta, recibió el agua y la furia como quien espera sumisa el haraquiri Después, la vida siguió igual, pero mojada, y de todos los lugares de esta urbe inclemente volvieron a surgir los que se habían protegido de los rayos apagando las luces del televisor, ensombreciendo las casas antes azotadas por el sol anaranjado de la tarde. Fue un espectáculo maravilloso, aquel cielo estremecido y tan goyesco, Velázquez dimitido en su cielo azul, y de nuevo los monstruos viejos de Madrid lanzan do venablos por esa boca que a veces le sale a la ciudad como un estampido.Madrid en tormenta es una ciudad distinta, entrañable, ensimismada, una ciudad indefensa, expuesta a la ira y satisfecha de salir de ella indemne Luego, cuando escampó, daba la sensación de que había terminado una guerra: las familia se reunificaron, la calle volvió a ser la misma y se llenaron los bares de personajes con caras de supervivientes, gente con la sensación de haber superado la prueba de seguir viviendo.

Saturno incontrolado

Dicen que la culpa es de Saturno . En este universo de fecho rías, siempre se culpa a los incontrolados, y Saturno es uno de ellos. Debe haber algo en las noches que preside este monstruo, porque todo adquiere dimensiones diabólicas, o benéficas, cuando él aparece por los altozanos que pintó Goya como escenario de los fusilamientos. Para apoyar su gesta apocalíptica hubo incluso estos días una huelga de jardineros. Armados de la paciencia de los que conocen el lenguaje de las plantas, estos sufridos trabajadores del suelo decidieron no cortar las ramas, y así Madrid se hizo una geografía romántica y desordenada.

Todo se hizo salvaje en la ciudad quemada. Incluso los seres humanos, que hasta aquel momento habían guardado las formas, se lanzaron al asfalto como si quisieran comérselo. No es verdad que la gente sea mala de natural, dicen los filósofos, pero sí es cierto que a veces parece que lo hace a propósito. En medio del asfalto, justamente, había el día de la tormenta un chico sin más ni más que insultaba a otro porque no le pasaba la jeringuilla, y en ese ámbito de solidaridad revuelta otro pasaba el artilugio como si ofreciera fuego en día de frío.

La ciudad, tan hermosa y tan tempestuosa. Se diría que Madrid es una ciudad paradójica, como el vicio. En la antesala de un cuarto de baño de un restaurante madrileño había anteayer mismo una pegatina sobrecogedora: tres chicos dibujados y alegres corren por una ciudad innombrada, y, debajo de su figura desenvuelta, una frase asegura que "somos y seremos amigos", para añadir que "uno de nosotros tiene sida". Es la tempestad sobre el poderío humilde de los cuerpos, el final de un trayecto, la evidencia de que en todas partes ya se asume que vivimos tiempos duros de enfermedad y cansancio.

La ciudad tan hermosa. Un muchacho barbilampiño que espera un autobús mira con los ojos fuera de sus órbitas y pregunta si los periódicos se venden a quinientas pesetas. Todo suena a absurdo en medio de la tormenta. O absurdo o glorioso. Un poeta -Ángel González, ovetense de la Universidad de Alburquerque- que viene de visita y viaja por España con dólares recientes hace una consideración de medianoche y parece que acaba de definir el universo en el que vive. Dice, simplemente: "Yo he cambiado tanto que casi ya no me quedan dólares". Saturno convierte en símbolos los jardines más secos.

Y es que así va la ciudad en la tormenta, convertida en una metáfora de sí misma, con toda su furia interior vertida en el cielo que Goya dejó dibujado para que nosotros no olvidáramos los otros fusilamientos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 26 de julio de 1991.

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