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Editorial:

El calor del siglo

Es MOLESTO no poder culpar a nadie del calor del siglo. Se podría decir que, en un país como el nuestro, es su condición más dura. Tozudos de sus análisis, hay quienes acusan a Husein por los incendios de p'etróleo o a Schwarzkopf por los miles de toneladas de bombas lanzados sobre Irak en tan poco tiempo. Los ecologistas, al agujero de ozono, y los tradicionales, a la traición de la ciencia, que ya se empezó a notar con el fastidioso fuego de Prometeo. Pero no hay manera de apuntarse al ideal, que sería el de envolverlo en un asunto de escándalo y corrupción, de meterlo en la ley Corcuera, de incluirlo en las sentencias bondadosas. El calor, este delincuente.Tuvimos siempre adoración por el sol: tanta, que le llevamos al punto más alto que se puede soñar en la civilización actual, el comercio y la industria. Quizá el cambio de la mentalidad de hoy mismo, que es la tendencia hacia el Norte y el rechazo hacia ciertos datos climatológicos que son propios del Sur y que, por tanto, tienen que mostrar visado y pasar aduana antes de entrar en un mundo rico, nos esté perjudicando. No es agradable que el calor del siglo se presente en un momento de devaluación y obligue a los ciudadanos a vestirse con camisa y bermudas, dándonos un aspecto de Tercer Mundo que no concuerda en nada con las ideas colectivas y la vieja profecía según la cual "del Norte nos vendrá la civilización". Tenemos mal aspecto. Y ni siquiera vienen los turistas como antes: esto nos abrasa, y no lo vendemos bien.

No se puede, en fin, culpar más que al calor en sí mismo. En-el fondo, el único consuelo es el del récord, ahora que los viejos libros de filosofia, religión y doctrina política han sido sustituidos por el Guinness (síntoma grave). Queda la resignación: una virtud odiosa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de julio de 1991