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Tribuna:

Negro, con nombre y apellidos

El autor relata la historia de un refugiado, injustamente acusado de violación, cuya identidad fue aireada por los medios de comunicación. Sin hacer uso de la obligada presunción de inocencia, se describieron hechos que resultaron falsos.

"Acaban de darlo por la radio. César es el músico detenido por violar a una mujer. Seguro que es él, lo han dicho con pelos y señales: negro, africano, refugiado y con tarjeta de Cruz Roja".Cuando Rosa terminó de decirlo, me quedé pensativo. Yo le tenía por un hombre educado, servicial, profundamente sensible a la injusticia y al dolor ajenos. Recientemente había colaborado con nosotros en varios coloquios con escolares de EGB sobre la situación de los refugiados extranjeros en España.

La música era su forma típica de expresión: cogía su guitarra y entonaba canciones de su tierra. Recuerdo una de sus creaciones preferidas, donde evocaba los grandes nombres de la independencia africana: Lumumba, de Zaire; Nasser, de Egipto; Mandela.... e iba repitiendo a modo de estribillo: "Fue un gran líder". No habrían transcurrido dos horas cuando me pasaron la llamada de una joven refugiada chilena: "Lo de César, ¿han oído la radio esta mañana? Yo he estado varias veces con él en su casa, a solas, y sé que es incapaz de humillar a una mujer".

Entre tanto, la radio seguía repitiendo machaconamente la misma noticia: un negro africano y refugiado, al que identificaba con su nombre y apellidos, había violado a una mujer española a la que había atraído a casa mediante un anuncio de prensa.

Podría pensarse que se trataba de un depravado, pero César era una persona culta, de modales afables y distinguidos. Su padre, un personaje de gran relevancia política, le mandó a una universidad Europa. Los avatares políticos de su País le obligaron a exiliarse. Su primera intención fue pedir refugio en Portugal, la antigua potencia colonial de su país, pero al darse cuenta de que no era un lugar seguro para él optó por pedir asilo en España. El exilio en Madrid significó una quiebra de su estado económico y social, pero lo prefirió a la pérdida de su libertad.

Al día siguiente apareció la noticia en los periódicos. Los hechos se describían con todo lujo de detalles. Al violador se le identificaba por el color de su piel, por su procedencia africana e incluso por su nombre y apellidos: César Gomes Cabral, nada de meras iniciales. Para alejar dudas, se daba también el nombre de su país: Guinea Bissau. Y se completaba la noticia con detalles tan sustanciosos como éstos: que estaba refugiado en España y que recibía ayuda económico-social a través de Cruz Roja, tal vez para mostrar cómo corresponden los refugiados africanos al trato que reciben del Estado español.

Los hechos se daban por probados y se describía con todo lujo de detalles lo ocurrido: cómo la mujer española fue a este "aprendiz de brujo" para que le curara de sus dolencias y cómo éste utilizó sus artes para llevarla a casa y violarla. Para que todo resultara verosímil y claro, algún periódico reprodujo el anuncio de César en Segunda Mano, respetando, eso sí, hasta los errores de redacción: "... problemas sentimentales, comerciales, deportivos... estériles, pareja, bellos (sic), etcétera. Discreción absoluta. César".

A media mañana se presentaron en Cruz Roja Ana y Luz, dos jóvenes refugiadas, dispuestas a presentarse ante el juez para testimoniar la inocencia de César.

Localizar el calabozo

Había que localizar el calabozo donde lo tenían encerrado. Mientras lo intentábamos desde Cruz Roja, una de las refugiadas telefoneó al domicilio de César con la esperanza de que alguien le diera pistas sobre su paradero.

" Dígame... Sí, soy yo, César".

Al mismo tiempo que varios periódicos y emisoras de radio le daban como violador de una mujer española, ésta retiraba su denuncia y el juez le ponía en libertad sin cargos. Sucedió el día 9 de abril, en la cuarta planta de los juzgados de la plaza de Castilla. El señor magistrado juez decidió "que no procede decretar el procesamiento del denunciado por no concurrir indicios racionales de criminalidad y sí, por el contrario, de falta de veracidad en el contenido de la denuncia".

"Puede usted irse a casa".

Y César, pausadamente, se fue. ¿Quién le devolverá ahora su fama y honor, injustamente arrancados? ¿Quién hará que los radiooyentes mañaneros y los lectores de periódicos vean del derecho una historia que les contaron del revés?

Hasta aquí, una historia con nombre y apellidos. La historia de un negro, extranjero, refugiado... en Madrid.

es director del Servicio de Refugiados de Cruz Roja, Asamblea de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de junio de 1991

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