Oferta de pintadas
Ya que nosotros, ingenuamente, pensamos que las pintadas son una cosa horrorosa cuando no vandálica, no tenemos más remedio que sentirnos aludidos por la carta, más bien exabrupto, de Iñaki Desormais publicada en su periódico el 29 de abril. En ella, con un lenguaje enteramente camp, se nos explica que casi cualquier clase de destrozo está justificado, puesto que se trata de una especie de protesta o reívindicación de clase. De qué clase contra qué otra queda enteramente oscuro.Ya que, aparte de enterarnos de que el firmante está enfadadísimo con todo y todos, poco más queda claro en esta especie de proclama en favor de la destrucción general. ¿Por qué no pintar un chafarrinón sobre Las meninas, o cientos de diminutivos ingleses sobre la Cibeles? ¿A quién le importan estas muestras de opresión? ¿Por qué no acabar lo que dejó a medias el Cojo Manteca? Si la ley lo prohibe, mejor aún; la democracia (¡qué engaño burgués de tontos prepotentes!) está para no cumplirla.
Contra Desormais, algunos intelectuales al uso, y hasta este periódico en ocasiones, nos vemos obligados a reivindicar el sentido común y la limpieza de las paredes, de los monumentos, de los vagones del metro y de todo lo demás que tanto se envidia luego en los lugares en que esta fiebre pasó o no se ha permitido. A algunos nos gusta así de aburrido y también pagamos impuestos. Todos pagamos las consecuencias de la mala imagen y de la sensación de pérdida de control que este fenómeno cultural, que no cultura, produce.
Como compensación, Desormais podría darnos su dirección, con el fin de que un grupo de alumnos muy motivados de nuestro centro vaya a pintarle con grafitos los techos y paredes de su casa, el coche -si lo tiene- y hasta a él mismo, para que se complazca en lo que tanto le gusta.-
y dos firmas más. Profesores del Instituto José Luis Sampedro.
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