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Tribuna:

Izquierda y cristianismo

REYES MATEHan sido necesarios dos largos lustros para que fuera de nuevo posible organizar un encuentro entre intelectuales, políticos y cristianos. Estas cosas fueron corrientes en el tardofranquismo y durante la transición. Pero la cura de realismo que supuso la gestión de la democracia alejó a los intelectuales críticos y a aquellos cristianos de la política.

La democracia ha tenido un doble efecto, a primera vista contradictorio; por un lado, ha separado los campos: en política ha dominado el principio de realidad, el intelectual se ha dedicado a sus teorías y el cristiano crítico ha cultivado recoletamente la utopía. Por otro, la razón y la religión han entablado un callado pero intenso diálogo filosófico, al tiempo que la cruda realidad descubría al político la importancia (política) de la religión. ¿Sería posible poner al habla ciudadanos progresistas, revestidos unos de lo político, otros de lo filosófico y otros de lo cristiano, para reflexionar sobre la relación de la religión, la razón y lo político en vistas a un proyecto emancipatorio? El empeño ha costado años y ha sido finalmente posible en Madrid, los pasados días 11, 12 y 13 de diciembre, gracias al simposio Euroizquierda y socialismo, organizado por la Fundación Ebert y el Instituto Fe y Secularidad.

No se podía tratar de una reedición de los encuentros marxisto-cristianos de entonces. El escenario era otro: en lugar de un comunismo moralmente hegemónico, la conciencia de su fracaso político y moral; en lugar de un marxismo guía indiscutible del camino a seguir, un marxismo bajo sospecha; en lugar de un cristianismo de izquierda, reserva privilegiada de las esencias utópicas, la conciencia crítica de haber cobijado utopías que menos mal que no se han llevado a efecto.

Había sentido autocrítico, clara conciencia de fallos y nuevos desafíos, pero sin perder la cara, porque se sabía que las preguntas seguían sin responderse. Era un reencuentro, como decía Aranguren, distinto en los acentos, pero semejante en las preocupaciones.

Raimon Obiols -se agradeció la presencia inusitada de un dirigente socialista en este tipo de debates- pedía "modestia epistemológica". Demasiadas expectativas frustradas, demasiadas novedades como para reeditar las certezas de antaño. Esta modestia que, en su opinión, debería traducirse por una filosofía política de nuestro tiempo y no por una nueva filosofía de la historia, tomaba distintas formas, según los participantes. Unos, como Adam Schaff, querían una convergencia estratégica del socialismo y de este cristianismo para defender valores democráticos y humanizantes. Según su conocida tesis, el desarrollo tecnológico acabará con el trabajo asalariado y, por tanto, con el capitalismo; se abre entonces un nuevo orden social que puede conformarse totalitaria o democráticamente. Será el momento de una intensa batalla espiritual. Otros, como M. Azcárate, veían en la tradición internacionalista del cristianismo una fuerza a tener en cuenta para superar los nacionalismos y poder construir unidades supranacionales. Por el lado cristiano, J. García Nieto se planteaba la recuperación de la utopía realista, una tarea para la que hacen falta convicciones como las de los herederos o supervivientes del cristianismo radical y del socialismo crítico.

No faltaban, sin embargo, quienes llevaban la modestia epistemológica un poco más lejos, a las fronteras de la cultura política, planteando no tanto colaboraciones prácticas, sino reflexión sobre la inexistencia o la debilidad de respuestas alternativas a tanto reto, tal el caso de R. Díaz Salazar, F. Fernández Buey o J. M. Mardones o I. Sotelo.

La diferencia entre las dos posturas (más formal que real) reside en la valoración de las crisis. ¿Pueden, por ejemplo, los cristianos por el socialismo sentirse la reserva utópica cuando han albergado utopías totalitarias? ¿Qué credibilidad puede tener un comunismo que no se siente afectado por el derrumbe de la III Internacional o que, como decía Baget-Bozzo del comunismo italiano, quiere arreglar sus problemas desde el pragmatismo y el olvido? ¿Podrán los socialistas nuclear una alternativa de izquierda sin una profunda revisión de la parcialidad y particularidad de su modelo de bienestar socialdemócrata?

Para evitar caer en los mismos errores hay que ser capaz de mirar hasta el fondo. Y, en el fondo, los cristianos radicales descubrirán una querencia fundamentalista o gnóstica (bueno es el demiurgo, mala la materia política), que hace sospechoso su utopismo; los políticos Podrán ver en el mismo fondo que desde el poder no es f1cil captar la hondura de la desesperación de los que no tienen poder: si para que América Latina tenga en el 2000 el mismo nivel de pobreza de hace 10 años hay que invertir 95.000 millones de dólares, el reformismo progresista europeo no puede seguir al mismo ritmo.

Una nueva cultura política es ir muy atrás, a las fuentes de una cultura que se está agostando y que son las de la modernidad. La crisis de la Ilustración, que es el subsuelo en el que nacieron el liberalismo, el socialismo o el comunismo, obliga a buscar nuevas fuentes, por ejemplo, en los nuevos movimientos sociales y también en la religión. W. Benjamín hablaba de la necesidad de una experiencia total para responder al empobrecimiento de la cultura política moderna; quería que todas las tradiciones europeas, superadas rivalidades coyunturales, estuvieran presentes en la conformación de una nueva cultura. El test de la totalidad de la experiencia lo cifraba en la valoración de la experiencia mística como momento de la vida política. Era a lo que se refería Azaña con su "paz, piedad, perdón". Es otro mundo, otra sensibilidad desde la que es posible ver cómo en Occidente hemos reducido la verdad y la justicia a los límites del nacionalismo, es decir, de una universalidad raquítica.

Que estas gentes, centradas en la búsqueda de una cultura política, estén condenadas, como decía Ignacio Sotelo, a darse calor en la marginalidad, es posible. A. Luciani, un exhaustivo conocedor del socialismo cristiano, llamaba la atención sobre el abrazo a la religión de los pueblos sometidos al socialismo real. El problema político de la religión se puede enfocar por arriba, tratando de neutralizarlo -con el consiguiente riesgo de quedar neutralizado, lo que, según Baget-Bozzo, ocurrió al PCI- o mediante el viejo invento del diá-logo por abajo. Esto es más incordiante, pero más creativo.

es director del Instituto de Filosofía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de enero de 1991